Titulo Noticias
2018.07.19
Sexo, kebabs y "realities": así se convirtió Puerto Banús en el nuevo Magaluf
Miles de británicos han tomado este viejo reducto del buen gusto/ El Mundo
Sexo, kebabs y
Autor: El Mundo
María Callas, entre Hohenlohe y Onassis, en Puerto Banús. A la derecha: imagen del reality que ha puesto el enclave en el punto

BERTA G. VEGA

EL MUNDO

 

 

 

 

 

 

 

Una despedida de soltera de Bristol pasa por la puerta de un doner kebab. Las chicas van recatadas para lo que suelve verse al caer la noche en la calle trasera de Puerto Banús: pintadas como puertas y con una banda plateada que anuncia sus ganas de vivir una noche de desenfreno. Entre las 40 mujeres se adivina a la cincuentona mamá de la novia y a la prima más joven, con su rapado pseudopunk. Son las típicas fans del reality británico The Only Way is Marbs, que es como conocen allí a Marbella.

La tendencia Magaluf se ha adueñado de lo que un día fue un reducto de buen gusto y de copas al atardecer ante ese mar color plata que hoy hace juego con las coronas de plástico que lucen unas inglesas, ataviadas con camisolas transparentes sobre bragas negras. En total, cinco millones de turistas visitan este puerto cada año, 40.000 al día en la hora punta de agosto.

Cuando se inauguró, su estilo pasaba por la sencillez de las alpargatas, acorde con Casares, el pueblo de las cercanas montañas en el que se inspiró el arquitecto suizo Noldi Schreck para diseñar el puerto deportivo, inaugurado en 1970. Ahora, la preocupación de los vecinos por la deriva del enclave turístico coincide con la publicación de un libro que recoge la historia de un lugar que fue mítico y que, gracias a Alfonso de Hohenlohe, evitó durante décadas su actual masificación.

Cuenta Jorge Lemos en Puerto Banús: historia de un ambicioso proyecto que el aristócrata dueño del Marbella Club amenazó a José Banús con abandonar Marbella si seguía con su plan inicial de construir 15 torres en primera línea de playa. El empresario catalán fue razonable y, además, sabía lo que supondría que Hohenlohe y sus amigos de la jet set se fueran alarmados por la ruptura con todo lo que pretendía ser Marbella: el lujo discreto de los jardines de buganvillas, paredes encaladas y suelos de barro.

Scherck era garantía del respeto a ese estilo y, a la vez, con su profundo conocimiento de Beverly Hills, sabía lo que gustaba a los millonarios. Y así fue. Allí se levantó un puerto que era una especie de pueblo andaluz, con los yates de lujo en los amarres, todo bajo el perfilado imponente de La Concha, la montaña que preside la línea de costa de Marbella.

Es difícil evocar aquello en la cola de un parking detrás de un Cayenne amarillo. O al pie de Gray D'Albion, la urbanización de mármoles y dorados que construyó el capital sirio cercano a los Assad en los 80, un primer golpe que Hohenlohe ya no pudo parar. En una pasarela de madera, un mendigo pide con un cartel en inglés mientras empiezan a sonar los taconazos de las británicas, algunas con esos novios que lucen tatuajes y peinados propios de un futbolista de Segunda.

Ya han cerrado los clubes de playa, con sus camas balinesas a cientos de euros y desfase de cóctel de champán al atardecer. Algunos resistirán y se irán ya cocidos hasta la zona fiestera de Banús. Lo cuenta una pareja de policías locales que sitúa la deriva cutre del enclave hace unos ocho años. Fue entonces cuando empezó The only way is Essex, el show que manda a sus concursantes de excursión a Marbs. Un vistazo al público del News Café confirma lo eficaces que son aquellas estrellas televisivas como influencers.

«Venga dentro de dos horas: aquí no se cabe y hay prostitutas por todas partes», cuenta uno de los policías que ha visto el declive de Banús. «Son, sobre todo, de Europa del Este y Latinoamérica. Se acercan a sus víctimas cuando están borrachos, les acompañan al cajero, se quedan con el número de la tarjeta, los llevan a pisos y les roban. Y no van a denunciar para tres días que están aquí».

¿Por qué no se ataja este desmadre? «No se puede hacer mucho hasta que no se apruebe un reglamento de convivencia en el que trabaja el Ayuntamiento», añade el policía. Tampoco hay mucha esperanza sobre la eficacia de las multas a los que van medio en bolas por la calle: «¿Se las mandamos luego a Inglaterra?».

Todo eso ocurre en la segunda línea de Banús, en una callejuela donde antes apenas había bares. Ahora todo son karaokes, pantallas de plasma, kebabs y pizza en porciones. La cara A está muy cerca, a apenas 20 metros, donde aparecen las tiendas con las joyas de Bulgari, los trajes de baño de Vilebrequin y los vestidos de Versace.

Es Banús por capas. En primera fila, el lujo carísimo que llegó con los árabes, con las fiestas de Khashogi, y continuó con los rusos. En segunda fila, la horterada de los realities y la moda de las despedidas de solteros. Todo junto. Y el mismo mar color plata de testigo.

A cinco minutos en coche, el Marbella Club resiste, lo mismo que Puente Romano. Ambos respetuosos con la estética de pueblo andaluz,  con los jardines frondosos, con el principio no escrito de que ninguna edificación sobrepase las copas de los pinos. Hace años, Pablo Hohenlohe, sobrino de Alfonso, lideró las protestas contra un proyecto de rascacielos que se evitó. Pero es más complicado protestar contra este público de Banús, aunque ya se ha intentado.

Será difícil mientras siga la moda de The Only Way is Marbs. Con purpurina, tacones, escotazos y las transparencias. Mientras, algunos seguiremos yendo allí como al zoo, igual que de niños en los 80, cuando veíamos a los que se tomaban el aperitivo en la cubierta de los yates. Cuando el Nabila, de Khassogui, dominaba todos los muelles. Lo acabó comprando Donald Trump.

 

 

 

 

 

Fuente: http://www.elmundo.es/papel/lifestyle/2018/07/19/5b4f6286ca474105288b4694.html

 
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