SECRETOS JERONIMOS
2009-06-18
SECRETOS JERONIMOS

 

 

Secretos Jerónimos

 

“Más vale la pena en el rostro y no la mancha en el corazón”

Anónimo

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

 

Madrid, España.- La convocatoria para conocer de cerca el desempeño de la Real Asociación de Caballeros del Monasterio del Yuste había motivado al aventurero Zalacaín a modificar algunos planes, pasar unos días cerca del sitio elegido por el hombre más poderoso del mundo para pasar sus últimos días, era un buen pretexto cultural y más aún gastronómico.

Extremadura siempre había brindado a Zalacaín aventuras sin igual, como aquella noche a escondidas en un bar de Mérida para devorar los “pajaritos” al lado de su cómplice. Zalacaín siempre había mantenido una discusión respecto del mejor jamón de cerdo ibérico pata negra, el Jabugo sin duda el más famoso, pero los jamones de Montánchez, Extremadura, le parecían con más aroma y más sabor en la boca. Sólo una carencia había encontrado siempre en sus viajes a Extremadura, los vinos, nunca había probado un buen vino de esa región.

La palomilla lo había convencido de asistir a la ceremonia de iniciación y prometieron sorpresas gastronómicas y enológicas. Y así sucedió.

Camino de Yuste y gracias al GPS la comitiva no perdió tiempo “a 800 metros gire a la derecha y tome la segunda salida” recitaba el aparatito colocado en el parabrisas del auto, Zalacaín escuchaba las sesudas reflexiones sobre el temperamento e importancia del último emperador coronado del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V y Carlos I de España, el hombre más poderoso sobre la tierra gracias al dominio de todos los territorios del imperio.

Carlos I –los españoles se refiere a él así, como su rey- era un hombre de buen comer, a su mesa llegaban los mejores manjares y vinos, los más afamados artistas, las mujeres más bellas –no en balde sus amoríos con Bárbara de Blomberg le dieron un hijo natural, Juan de Austria conocido coloquialmente como “Jeromín”, nombre del esposo de Bárbara-.

El Emperador tenía varias debilidades, la comida, la bebida y el amor; todas ellas fueron dejadas a un lado cuando decidió abdicar en favor de su hermano Fernando la parte del imperio romano-germánico y de su hijo Felipe II el trono de España y sus dominios, para ir a vivir al Monasterio Jerónimo ubicado en Cuacos del Yuste. La orden de los jerónimos era reconocida por el emperador como la mejor para reconciliar su conciencia.

Zalacaín empezó a saborear el menú a degustar, mientras el vehículo avanzaba a la zona popularmente conocida como La vera, de donde es originario el pimiento de donde se extrae el “pimentón de la vera”, picante o dulce tan codiciado en los guisos españoles. Sus amigos charlaban sobre el Rin-Ran, uno de los platos más antiguos de la zona, con tomates rojos, pimientos, cebollas, pimentón de la vera y aceite de oliva de la misma región; la Caldereta de Cabrito y las Migas Veratas con huevo de campo, la identidad de Extremadura se da en esta simple mezcla de tiras de pan de horno de leña, bacon, pimiento verde, cebolla, ajos, tocino de jamón ibérico de Montánchez, aceite, agua y por supuesto el pimentón picante de La Vera.

En eso estaba cuando alguien insistió en el tema de los jerónimos, esa orden del siglo XIV tan beneficiada por Carlos I y cuya expansión en la Nueva España estuvo de la mano de los conquistadores extremeños. En su natal Puebla, Zalacaín había visitado varias veces la iglesia de San Jerónimo y alguna el convento de monjas, donde ciertos sucesos habían sucedido tiempo atrás. El tema se había guardado en secreto, de por medio estaban varias personas aún vivas, pero una monja había impedido la visita de Zalacaín debido al cierre del convento en favor de un alto personaje de la vida política de México en el pasado.

Carlos I decidió vivir en Yuste para ser como los jerónimos, dedicar el resto de su vida a corregir los errores de su imperio; padecía gota y diabetes, nunca dejó de comer y beber bien, pero no murió de eso, murió a causa de la fiebre palúdica contagiada por uno de los miles de mosquitos de la zona. Su cuerpo fue enterrado bajo las lozas del altar del Monasterio, la cabeza y el pecho de fuera a fin de ser pisados por los monjes cada celebración de una misa, en total fueron 30 mil.

La recepción fue magnífica, la ceremonia envuelta en un protocolo austero y donde la imagen y el concepto “europeo” de Carlos V ponderados en cada intervención.

La hora de la comida llegó y Zalacaín ciertamente fue sorprendido por sus amigos, en la mesa el más grande los vinos extremeños, Habla 5 de Viñedos Trujillo, el primer coupage de la casa con Tempranillo, Cabernet Sauvignon y Petit Verdot con 14.5º de graduación, sin duda el mejor compañero en Yuste aparte de los recuerdos sobre los jerónimos.

Zalacaín cerró un poco los ojos para gozar del retrogusto de Habla mientras por su mente se cruzaba el nombre de aquel viejo y poderoso político, humillado en su profesión, cuando luego de un secuestro se acercó al convento de San Jerónimo en Puebla de la mano de su esposa, pidió lo dejaron solo, absolutamente solo frente al santo por un buen tiempo, hecho un tanto parecido a la decisión del hombre más poderoso sobre la tierra en el Siglo XVI.

El viaje había merecido la pena, al día siguiente visitarían Trujillo, la ciudad de Pizarro y donde el dinero de la Nueva España se había traducido en una colección maravillosa de arquitectura civil y religiosa, donde “las jerónimas” siguen al cuidado de un convento.

Por la noche la velada adornada de anécdotas, relatos familiares y algunas botellas de un tinto con los más amplios recuerdos de la patria chica: Viña Puebla, otra sorpresa de extremadura, al lado de un plato de jamón de Montánchez recién cortado, brilloso, con olores de bellota, avellanas...

 

 

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