Espionaje y gastronomía, Horcher
2009-05-21
Espionaje y gastronomía, Horcher

 

 

Espionaje y gastronomía,

Horcher

 

 

"No se puede obtener la verdad de los espías sin sutileza”

 

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

 

Madrid, España. El parque de El Retiro es sin duda alguna uno de los atractivos más bellos de esta ciudad. Zalacaín lo ha disfrutado siempre, largas caminatas provocan la reflexión de sesudos temas, salpicados de la frescura de sus más de 19 mil árboles. El método de la observación de la fauna de este monumental parque es una de las prácticas más aliviadoras de los malos pensamientos, un asunto casi olvidado por el aventurero.

Había caminado hacia la Puerta de Alcalá para cumplir su cita en uno de los más bellos y misteriosos restaurantes del siglo pasado, Horcher, en Alfonso XIII. Un clásico, diría su amigo el enólogo: “nadie puede dejar de pasarse por aquí una vez en la vida”. La decoración, los menajes de Centroeuropa eran la mismísima reminiscencia del poder del imperio austrohúngaro llevados al viejo Berlín desde finales del siglo XIX.

La amena plática versó sobre los nuevos vinos de Madrid, una denominación de apenas hace casi 20 años y con una producción de algo así como 180 marcas.

Zalacaín recordaba Horcher por sus prensas para extraer el jugo de los huesos del pato, pero fundamentalmente por el Goulash de Ternera; pero la maravilla del mundo era el Rabo de Toro al Vino de Quiroga, algo excepcional sobre todo en estas fechas, cuando en Las Ventas se producen muchos rabos de toros, receta heredada por Karl Horcher, primo del sobrino directo de Otto, el fundador de la casa en 1944.

Horcher había sido el siglo pasado el escenario de los más complicados asuntos de espionaje, compra de protección y libertad, después de la Segunda Guerra Mundial. Otto, nacido en Berlín, fue el cocinero favorito del nazismo; Hermann Göring fue su impulsor y protector y nadie del personal fue sometido al servicio militar en pleno dominio del nazismo, debido a esa gracia, avalada por Joseph Goebbels, ministro de Propaganda.

Otto Horcher se trasladó a Madrid, ciudad neutral, y hasta ahí le siguieron los nazis perseguidos; de esa forma, personajes como el “Cara Cortada”, uno de los mejores y más prolíficos espías del nazismo, Otto Skorzeny, hizo de este restaurante su casa de comidas. Los aliados calificaron a Horcher entonces como “El Nido de Espías”.

Sin duda el tema era la gastronomía, auspiciada también por la crema y nata del franquismo; pero Skorzeny utilizaba los privados de Horcher para hacer negocios como representante de las empresas Krupp en España y Sudamérica, y para entregar y tramitar pasaportes falsos para los nazis huidos de la guerra y con rumbo a Argentina, Brasil, Chile o México.

Un lugar emblemático, una charla documentada y la curiosidad del aventurero por investigar, preguntar y observar si en las mesas de junto habría algún espía. Zalacaín recordó con cierta malicia aquella ocasión cuando en otro sitio, en su natal Puebla, había escuchado sobre las anécdotas de un periodista, quien sorprendió a un panista, apodado “El Tigre” cuando grababa la conversación en un rincón del "1800" con un connotado priista experto en asuntos electorales. Vaya historia aquella, derivada en el primer triunfo del blanquiazul por la ciudad.

El tema no era nuevo para él. En sus épocas de juventud Zalacaín había escuchado decenas de historias-leyenda sobre personajes locales ligados al espionaje, tanto de los alemanes en México, como de la CIA, pasando por la UDLA y la UAP, donde, decían algunos, las infiltraciones del gobierno federal de la época de Luis Echeverría habían llegado a las posiciones más elevadas.

Tampoco era desconocido para Zalcaín el recuento hecho alguna vez en un diario local sobre la cantidad de “periodistas” enrolados en el “arte del espionaje aldeano”, asunto bastante ridículo, limitado a la cobertura de ruedas de prensa y acceso a personajes de la vida política.

El famoso Hotel Palace, el de Puebla, fue sede por mucho tiempo de la oficina de inteligencia del gobierno mexicano. Ahí entraban y salían reportes de los asuntos de Fúas y Carolinos en los sesenta.

Pero volviendo a Horcher, es otro nivel, pensó el aventurero quien a estas alturas había optado por concluir su comida con un poderoso Akvavit escandinavo, botella sellada de haber dado la vuelta al mundo en los principales puertos.

El franquismo en pleno se había dado cita en este emblemático sitio, donde la comida constituyó el atractivo más poderoso de quienes se dedicaban al espionaje. Historias sobran, concluyó Zalacaín.

 

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