Algo de Puros
2009-05-01
Algo de Puros

 

 

Algo de puros

 

“Nunca vuelvas a encender, ni un puro apagado, ni un amor terminado”

 

Madrid, España.- La frase salió de los labios del sabio amigo de Zalacaín y respondía a la explicación previa del aventurero sobre la metodología olvidada por los comensales para encender un habano puro, costumbre rebasada por el impacto de la modernidad, donde la paciencia y el cultivo del protocolo, habían impuesto la moda de chuparlo, morderlo, picarlo, mojarlo en aguardiente o vino.

Una vitola, Julieta del número 7, era el preferido de Zalacaín, la marca era lo de menos. Alejado del hábito de fumar, se reservaba tres o cuatro pecados al año, siempre después de una espléndida comida.

Zalacaín se limitaba a fumarse sólo la mitad del puro, y así lo hizo, el resto del habano quedó sobre el cenicero y Teo, el camarero, acercó de nuevo la flama a Zalacaín quien la rechazó bajo la advertencia “nunca debes encender un puro apagado Teo” y procedió a la explicación. Una vez fumado el tabaco, se oxida en su interior, al perderse la combustión interna natural la nueva flama provoca un sabor apestoso, desagradable, ya no se fuma y absorbe la sensación dejada por en el tabaco fresco, sino en el quemado, reseco y apestoso.

Testigo mudo de la escena, el relieve de Severo Ochoa en el rincón mas codiciado de Casa Lucio, ahí donde se han hecho fotografías los visitantes más distinguidos del restaurante más popular del Madrid de los Austrias, cuya leyenda arranca en noviembre de 1974, Lucio está próximo a cumplir 35 años de éxitos y leyendas.

Madrid se distingue, aparte del tapeo, por varios platillos, los Callos, el Cocido, las Papas Bravas, cuya salsa está patentada, y por supuesto Los Huevos de Lucio, una receta castellana de Huevos Rotos o Estrellados.

Muchos han preguntado a Lucio cómo se hacen sus huevos, sonriente, platica, charla, pero no dice la receta. La versión más conocida se limita a una frase: “ni son fritos, ni son cocidos”. Zalacaín, viejo comensal en Lucio sabe el secreto de ese arte.

Como siempre en las mesas vecinas, madrileños de cepa, gatos, y muchos mexicanos. Gritos, brindis, llamadas a Lucio para la foto y el brandy Carlos I circulando. “Los mexicanos son los únicos en continuar con el consumo del brandy”,  replicó el sabio amigo del aventurero.

Por desgracia o por fortuna, la plática de los mexicanos, poblanos a no más variar, subía de tono y las apuestas sobre la mesa se hacían en torno a la sucesión gubernamental. Dos bandos aparecieron unos a favor y otros en contra de un apellido: “Zavala”, ese es el bueno, decían, “ya me lo dijo el patrón”.

La conversación entre Zalacaín y su sabio amigo retomó los rumbos originales, a la advertencia de no encender el puro apagado, se agregó la otra: “Nunca vuelvas a encender, ni un puro apagado, ni un amor terminado”.

Las sesudas reflexiones continuaron mientras aparecieron los chocolatines finales de la cena, el orujo blanco y el café corto.

Ambos amigos coincidieron en un tema: Sin la aportación de América a la gastronomía, ¿cómo hubiera sido nuestra cena?

Zalacaín recordó sus vivencias en el autoexilio, esas de donde sacó fuerzas para continuar en su lucha contra la comida rápida, había descubierto en Salamanca, décadas atrás uno de los recetarios más antiguos de Europa, “Libro de Arte de Cocina” de Domingo Hernández de Maceras, un texto de 1607 donde se da fe de los gustos culinarios de los laicos, eclesiásticos o militares de la burguesía invasora en el Nuevo Mundo. Ellos llevaron a mesoamérica las recetas de su gusto, sabores agridulces, con muchas especias, mieles y azúcares, digamos con un sello arabobereber, completado con la bandera de la reconquista sobre los musulmanes.

El tocino, tiene en este país un carácter emblemático, ideológico, representante de la derrota del cerdo al aceite de oliva de los musulmanes.

España nos llevó el cerdo, a ellos les llegó de los romanos, quienes lo difundieron en las ocupaciones de los vándalos y visigodos provenientes de Germania, la grasa de cerdo se impuso al aceite de oliva en el Siglo XVI y de ahí pasó a la Nueva España.

Curiosamente ahora, la influenza porcina, causa de alarma en México es traída vía aérea por los mexicanos a la península. Polvos de viejos lodos, pensó Zalacaín.

(Esta columna aparecerá todos los jueves gracias a la bondadosa decisión de Julián y Juliancito Ventosa, y la comprensión de Fernando)

jesusmanuelh@mexico.com

“Nunca vuelvas a encender, ni un puro apagado, ni un amor terminado”

 

Madrid, España.- La frase salió de los labios del sabio amigo de Zalacaín y respondía a la explicación previa del aventurero sobre la metodología olvidada por los comensales para encender un habano puro, costumbre rebasada por el impacto de la modernidad, donde la paciencia y el cultivo del protocolo, habían impuesto la moda de chuparlo, morderlo, picarlo, mojarlo en aguardiente o vino.

Una vitola, Julieta del número 7, era el preferido de Zalacaín, la marca era lo de menos. Alejado del hábito de fumar, se reservaba tres o cuatro pecados al año, siempre después de una espléndida comida.

Zalacaín se limitaba a fumarse sólo la mitad del puro, y así lo hizo, el resto del habano quedó sobre el cenicero y Teo, el camarero, acercó de nuevo la flama a Zalacaín quien la rechazó bajo la advertencia “nunca debes encender un puro apagado Teo” y procedió a la explicación. Una vez fumado el tabaco, se oxida en su interior, al perderse la combustión interna natural la nueva flama provoca un sabor apestoso, desagradable, ya no se fuma y absorbe la sensación dejada por en el tabaco fresco, sino en el quemado, reseco y apestoso.

Testigo mudo de la escena, el relieve de Severo Ochoa en el rincón mas codiciado de Casa Lucio, ahí donde se han hecho fotografías los visitantes más distinguidos del restaurante más popular del Madrid de los Austrias, cuya leyenda arranca en noviembre de 1974, Lucio está próximo a cumplir 35 años de éxitos y leyendas.

Madrid se distingue, aparte del tapeo, por varios platillos, los Callos, el Cocido, las Papas Bravas, cuya salsa está patentada, y por supuesto Los Huevos de Lucio, una receta castellana de Huevos Rotos o Estrellados.

Muchos han preguntado a Lucio cómo se hacen sus huevos, sonriente, platica, charla, pero no dice la receta. La versión más conocida se limita a una frase: “ni son fritos, ni son cocidos”. Zalacaín, viejo comensal en Lucio sabe el secreto de ese arte.

Como siempre en las mesas vecinas, madrileños de cepa, gatos, y muchos mexicanos. Gritos, brindis, llamadas a Lucio para la foto y el brandy Carlos I circulando. “Los mexicanos son los únicos en continuar con el consumo del brandy”,  replicó el sabio amigo del aventurero.

Por desgracia o por fortuna, la plática de los mexicanos, poblanos a no más variar, subía de tono y las apuestas sobre la mesa se hacían en torno a la sucesión gubernamental. Dos bandos aparecieron unos a favor y otros en contra de un apellido: “Zavala”, ese es el bueno, decían, “ya me lo dijo el patrón”.

La conversación entre Zalacaín y su sabio amigo retomó los rumbos originales, a la advertencia de no encender el puro apagado, se agregó la otra: “Nunca vuelvas a encender, ni un puro apagado, ni un amor terminado”.

Las sesudas reflexiones continuaron mientras aparecieron los chocolatines finales de la cena, el orujo blanco y el café corto.

Ambos amigos coincidieron en un tema: Sin la aportación de América a la gastronomía, ¿cómo hubiera sido nuestra cena?

Zalacaín recordó sus vivencias en el autoexilio, esas de donde sacó fuerzas para continuar en su lucha contra la comida rápida, había descubierto en Salamanca, décadas atrás uno de los recetarios más antiguos de Europa, “Libro de Arte de Cocina” de Domingo Hernández de Maceras, un texto de 1607 donde se da fe de los gustos culinarios de los laicos, eclesiásticos o militares de la burguesía invasora en el Nuevo Mundo. Ellos llevaron a mesoamérica las recetas de su gusto, sabores agridulces, con muchas especias, mieles y azúcares, digamos con un sello arabobereber, completado con la bandera de la reconquista sobre los musulmanes.

El tocino, tiene en este país un carácter emblemático, ideológico, representante de la derrota del cerdo al aceite de oliva de los musulmanes.

España nos llevó el cerdo, a ellos les llegó de los romanos, quienes lo difundieron en las ocupaciones de los vándalos y visigodos provenientes de Germania, la grasa de cerdo se impuso al aceite de oliva en el Siglo XVI y de ahí pasó a la Nueva España.

Curiosamente ahora, la influenza porcina, causa de alarma en México es traída vía aérea por los mexicanos a la península. Polvos de viejos lodos, pensó Zalacaín.

(Esta columna aparecerá todos los jueves gracias a la bondadosa decisión de Julián y Juliancito Ventosa, y la comprensión de Fernando)

jesusmanuelh@mexico.com

 

 
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