Entre percebes, zapatos y esferas
2011-12-09
Entre percebes, zapatos y esferas
Entre percebes, zapatos y esferas Madrid, España.- La calle de Santa Brígida ahora tiene un fácil acceso peatonal, subiendo desde Gran Vía, por Hortaleza, resulta un paseo agradable, el aventurero había reservado para comer en "Ribera do Miño", una de las más populares marisquerías del centro de la ciudad donde confluyen personas de todas las clases sociales. Producto fresco, atención muy esmerada de su propietario, Manolo, no gallego, sino de Puebla de Sanabria, de alguna manera esa era la razón de decirle "paisano". El personal estaba integrado por una comunidad multirracial, de Zamora, de Galicia y de Portugal y todos hablaban como gallegos, por aquello de la imagen del sitio. Famosas eran sus mariscadas frías con cigalas, gambas, centollas, buey de mar y percebes, ¬°ah los percebes de la Costa da Morte!, esa porción de mar entre Finisterre y Bergantiños, donde tantos naufragios se habían presentado a lo largo de la historia y además muchos gallegos encuentran la muerte al intentar desprender los mejores y más caros percebes de roca, esos mariscos de textura oscura, negra, de carnes prietas y rojizas y con uñas blancas y grises, pueden alcanzar los 130 euros el kilo en promedio a lo largo del año. Imposible confundirlos con los marroquíes, delgados, largos, sin concentración de color, dulzones. De entrada un plato de pimientos de Padrón -"unos pican otros non", dicen los expertos-, un pulpo a la gallega, sobre plato de madera, con pimentón picante, sal de grano y aceite de oliva; la empanada gallega y una orden de lacón con grelos, o sea jamón de cerdo cocido, conservando su marmoleo original de grasa y acompañado de las hojas de los nabos, llamadas grelos. Varias botellas de Albariño desfilaban ya por la mesa. En las paredes, una modesta decoración de marineros, algunas redes colgadas en un rincón, cuadros representando playas gallegas y un cartelito original "prohibido cantar". El sitio se llenó en un dos por tres. Un enorme pan gallego, en forma de seno maternal acompañaba los bocados de los comensales. Manolo se apersonó con el plato de la mariscada. Las manos de Zalacaín mostraron habilidad, tomó un racimo de percebes y con agilidad empezó a desprenderlos, para después por la uña, abrir el marisco y extraer la carne negrusca y rojiza, su boca sorbió el contenido; el vecino de la izquierda, inexperto en el tema, tomó el percebe por el cuerpo y al desprenderlo una cantidad de agua rojiza se proyectó sobre su camisa. Las risas afloraron. ¬°Salud, salud! dijeron todos al unísono levantando las copas recién llenadas de albariño. Siguieron las gambas y las cigalas, remataron con las centollas y el buey de mar. Zalacaín acaparó un caparazón de la centolla y vació ahí el contenido de carne de dos de las patas, sumó esa sustancia amarilla y gris llamada "cacho", algunos la revuelven con un poco de vino y miga de pan. A Zalacaín le gusta con la carne desmenuzada y untada sobre pan, luego el trago de albariño. Aquello fue un manjar. Manolo llegó con el tazón de barro lleno de orujo blanco y un poco de azúcar, lo encendió y empezaron todos a mover el cucharón de abajo a arriba para hacer la queimada, alguno de los amigos empezó a recitar: "Buhos, lechuzas, sapos y brujas. Demonios maléficos y diablos, espíritus de las nevadas vegas. Cuervos, salamandras y meigas, hechizos de las curanderas. Podridas cañas agujereadas, hogar de gusanos y de alimañas. Fuego de las almas en pena, mal de ojo, negros hechizos, olor de los muertos, truenos y rayos. Ladrido del perro, anuncio de la muerte; hocico del sátiro y pie del conejo. Pecadora lengua de la mala mujer casada con un hombre viejo. Infierno de Satán y Belcebú, fuego de los cadáveres en llamas, cuerpos mutilados de los indecentes, pedos de los infernales culos, rugido de la mar embravecida. Vientre inútil de la mujer soltera, maullar de los gatos en celo, pelo malo y sucio de la cabra mal parida. Con este cazo levantaré las llamas de este fuego que se asemeja al del infierno, y huirán las brujas a caballo de sus escobas, yéndose a bañar a la playa de las arenas gordas. ¬°Oíd, oíd! los rugidos que dan las que no pueden dejar de quemarse en el aguardiente quedando así purificadas. Y cuando esta queimada baje por nuestras gargantas, quedaremos libres de los males de nuestra alma y de todo embrujamiento. Fuerzas del aire, tierra, mar y fuego, a vosotros hago esta llamada: si es verdad que tenéis más poder que la humana gente, aquí y ahora, haced que los espíritus de los amigos que están fuera, participen con nosotros de esta queimada". Al último se agregaron los granos de café. Vaya reunión. Tanta comida obligó al aventurero a programar un paseo. Un " aventón" le dejó en la esquina de Serrano y Goya, frente a Plaza Colón; enfiló por las recién remodeladas banquetas, más amplias para curiosear aparadores. Recordó la zapatería tradicional en Claudio Coello, Carmina Albadalejo, esa donde podían comprarse aún los auténticos zapatos Cordovan. La tradición zapatera de la casa data desde 1886 con su fundador Matías Pujadas. Están fabricados con piel del tercio posterior del caballo, de cada animal salen unos dos o tres pares de zapatos, después de un proceso de cinco meses de curtido vegetal de la piel; su cuidado no requiere más allá del jabón, el agua y el cepillado constante, así se obtienen los brillos naturales del zapato. Sin duda, bien lo sabía Zalacaín, era el zapato de los sibaritas del caminar. Tan sólo detenerse en la puerta provocó el saludo y atención del personal; le invitaron a quitarse los Cordovan, los limpiaron con agua, los pasaron por el cepillo eléctrico y cambiaron los cordones, todo gratis, eso era parte de la garantía de cuidado de los Albadalejo. Siguió su caminata el aventurero por los rumbos de Claudio Coello y se topó en la esquina de Ortega y Gasset con la tienda de Louis Vuitton, el personal habla además del español, inglés, francés, japonés, chino mandarín y quién sabe cuantas lenguas más. En el aparador una provocación para adornar el Árbol de Navidad: una esfera de unos 16 centímetros de diámetro fabricada en cristal de Lorena, de las factorías de Meisenthal donde a finales del Siglo XIX nació el Art Nouveau. Las bolas en dos colores estaban envueltas con el monograma de Vuitton, la verdad muy atractivas. Sólo por salir de la duda Zalacaín se atrevió a preguntar el precio: la friolera de 2 mil 840 Euros, o sea unos 53 mil pesos. La iluminación navideña había empezado ya y el aventurero enfiló a su piso. jesusmanuelh@mexico.com
 
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