Mujer con bozo, besa sabroso
2011-10-28
Mujer con bozo, besa sabroso
Mujer con bozo, besa sabroso El programa matutino de la televisión local abrió un espacio a una chica, de no malos bigotes, diría en su interior el aventurero, comentaba sobre la fotodepilación, moderno método para terminar definitivamente con el vello en hombres y mujeres. El uso del láser de diodo parece haber llegado a la vida de los poblanos de mano de una clara tendencia al culto al físico, algo totalmente desconocido en la juventud de Zalacaín, donde la frase coloquial definía a las mujeres con las "Tres B", buena, bonita y barata, y a los hombres con las "Tres F", feo, fuerte y formal. El machismo dominante de la sociedad poblana había llegado al extremo de provocar en las mujeres ese despertar, vital hoy día, se dijo el aventurero. Prestó poca atención a los consejos y métodos para terminar con el vello en axilas, piernas, vientre y el pecho de los hombres. Apareció en su mente aquel cuadro en el Hospital Tavera de Toledo de "La Mujer Barbuda", Magdalena Ventura, pintado por José de Ribera, enferma de hirsutismo quien aparece con su esposo y un hijo en brazos, su rostro está invadido por la barba y sólo se le reconoce como mujer por tener un pecho de fuera. La banal charla le hizo recordar a su tía Chonita, una mujer de baja estatura, regordeta, con un abundante vello en la boca, tal vez lo tendría en más partes, pero su tradicional vestimenta de finales del XIX impedía ver más allá de los zapatos Borceguí y las medias de hilo color carne, tapadas con una falda muy larga. Por su aspecto Chonita no encontraba novio; una tarde recibiría la visita de una lejana parienta poseedora de un cutis muy bien cuidado, como de monjita, decían en la casa de sus tías y además poseedora de las más antiguas recetas para embellecer y sanar la piel y algunas otras enfermedades. La parienta cambió a Chonita en unas semanas, apareció con nuevo "look" dirían hoy, sin vello en el rostro y brazos, por primera vez lució sus extremidades. El milagroso hecho fue presumido por la mamá y las hermanas y así empezó una tradición familiar para hacer aceites, cremas reconstituyentes y una cantidad de menjurjes propios para tener a la mano. Las recetas provenían de algún manuscrito traído de Europa muchos años antes, las hojas prácticamente deshechas habían sido conservadas y copiadas a un pequeño cuaderno de pasta oscura de "La Pluma de Oro, papelería y artículos escolares Jesús Hernández, Avenida del 16 de Septiembre Número 305, antigua frente a Catedral, Puebla, Pue." todo eso decía la portada. Escritas con diversas caligrafías estaban las recetas desde sopa de ostiones, mole de olores, gelatina de vino, dulce de coco, rabo mestizo y las especiales para la belleza femenina. Ahí se leía "Para pelar el vello: una cuarta de trementina, media onza de cera nueva, una onza de almáciga. Ponerlo todo en una olla al fuego y de dos a tres hervores, que se derrita todo. Colarlo en un paño delgado en una bacía en agua limpia y antes de que se acaba de helar, hacer los panecillos". Tal vez los secretos de cómo elaborar o perfeccionar la receta se mantenían en la tradición oral y sólo habrían sido conocidos por unas cuantas. A continuación aparecía otra receta para casos difíciles "Tómese resina de la mejor, dejarla cocer en una cazuela; se conocerá cando este cocida sacando un poco con un palito, si hace correa y deja la mano blanca, está cocida. Se pone la resina cocida en una bacía de agua fría, con las manos se hecha el agua a la redonda hasta enfriarla, cuando este fría se tira como quien hace melcocha muy correosa, siempre metiéndola en el agua hasta que pone blanca, así se consigue el pelador de vello". Las tías aportaban después otras líneas "para que no torne a nacer el vello". Se batía el jugo de lima con claras de huevo, se ponía encima del vello recién depilado y se espolvoreaba polvo de jengibre. La práctica debía repetirse tres o cuatro veces para garantiza una depilación permanente. El recetario de Chonita también había registrado las aguas para mantener el cutis lozano, limpio, como de monja. Unos guijarros calientes se ponían dentro de unos 3 litros de agua de río, hasta conseguir enfriarlos, una vez sacados se agregaba dos monedas de alcanfor, bórax y agua clara para afeite, un poco de cosmético echo a base de mercurio, otro poco de cardenillo verde y un tanto más de cartílago de jibia, un puñado de pepitas de calabaza, algo de mirra; todo ello se molía y se agregaba miel cruda. El agua resultante se ponía en un barril de madera y éste debía permanecer nueve días al sol, meneándolo cada día. Finalmente esa agua servía para lavar el rostro de las doncellas. La porciones en "monedas" correspondían a una vieja costumbre española de la edad media, con ello se conseguía guardar los secretos de las cantidades precisas. En fin, Zalacaín cerró el recetario y al momento cayó una pequeña hoja doblada no encuadernada, correspondía a un medicamento utilizado para combatir las almorranas. Sin duda había sido suprimida del cuadernillo por un exceso de recato y discreción. La letra apenas se percibía, había sido escrita con grafito, recomendaba usar el vapor de agua a fin de facilitar la evacuación, también sirve un paño mojado en espíritu de vino tibio o una cataplasma de pan y leche o de puerros fritos en manteca; si nada de esto funcionaba la recomendación era valerse de las sanguijuelas directamente sobre las almorranas. A continuación aparecían unas líneas ilegibles y luego la recomendación de una cera producto de "derretir el tocino viejo del más salado, pasarlo por un lienzo blanco, y en esta grasa se derrite un poco de cera blanca, luego se unta con la punta del dedo muchas veces el mal". Al final de las líneas aparecían estas palabras: "contra ellas, la temperancia, la sobriedad y el ejercicio sin fatiga". jesusmanuelh@mexico.com
 
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