De camotes y herejes alumbrados
2011-09-23
De camotes y herejes alumbrados
De camotes y herejes alumbrados ¿De dónde le viene al poblano el mote de "camotero"? soltó a Zalacaín una señora al salir del café de las 11. "Por que yo soy poblana, mi familia vive aquí desde la época de don Porfirio, cuando a los perros se les amarraba con longaniza", dijo la rolliza mujer quien portaba un enorme escapulario de la Virgen del Carmen. Pronto obtuvo la respuesta, a los angelopolitanos les dicen "camoteros" por los antecedentes del postre creado para el obispo Fernández de Santa Cruz y Sahagún, quien tuvo la visión de construir la casa y convento de Santa María Magdalena, donde habitarían las agustinas recoletas y se llamaría después Convento de Santa Mónica. El aventurero se trenzó en amena charla con quien dijo llamarse Carolina del Sagrado Corazón de María. Ciertamente poca costumbre había existido en Puebla de comer camote como alimento de alta demanda; de hecho el tubérculo, originario de Mesoamérica, se producía en cantidades pequeñas en la entidad, es más propio de Querétaro, Guanajuato y Michoacán, pero un asunto religioso y casi feminista marcó para siempre a la ciudad con el consumo del camote. Fray Bernardino de Sahagún describió en su Historia General de las Cosas de la Nueva España: "Hay otras raíces buenas de comer, que se hacen como nabos debajo de la tierra, a las cuales llaman camotli, estas son batatas de la tierra, cómenlas cocidas, crudas y asadas". Doña Carolina citaba los carritos de camotes con leña encendida por dentro y las charolas removibles donde se habían asado en el trayecto los plátanos y camotes, tradicionales de los barrios angelopolitanos hacía décadas, se anunciaban haciendo pitar el silbato alimentado por el humo de la combustión. Zalacaín le recordó a la dama algunos pasajes de la vida del obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, admirador, según se le vea, de Sor Juana, fue quien publicó la crítica al jesuita portugués Antonio Vieyra, escrita por sor Juana Inés de la Cruz bajo el título de "Crisis de un Sermón", el texto fue sacado a la luz por el obispo como "Carta Atenagórica", precedida de una epístola escrita por él mismo bajo el seudónimo de Sor Filotea. Pero el caso más sonado fue su intervención en medio de un proceso de la Santa Inquisición contra la poblana Ana de Zayas, escritora y mujer culta de los finales del XVII quien había sorprendido a don Manuel por su capacidad intelectual. Ana fue una mujer rebelde, enfrentó -cosa muy penada en aquella época- a su marido Cristóbal Martínez de Cerdio a quien además denunció por malos tratos y vivir amancebado con una mestiza; sus escritos fueron cuestionados y el fraile carmelita Antonio de Cristo la acusó de pertenecer a la secta de los "Herejes alumbrados" y se inició un proceso en su contra, auspiciado por el inquisidor Juan Gómez de Mier, tío de Juan Mier y Salinas, tesorero de la iglesia poblana y con quien el obispo había tenido serios enfrentamientos. Este feminista del siglo XVII defendió a la poblana rebelde, pagó a los abogados y la protegió de no ser encarcelada. El juicio se resolvió en favor de Ana de Zayas quien fue a vivir a la casa de las recogidas llamada "Las Granadinas"; el marido dejó a su amante y cambió de residencia. Pero volviendo a los camotes. Fue durante una de las visitas del obispo al Colegio de Santa María Magdalena, cuando una de las monjas le preparó el camote de una forma diferente. El tubérculo se usaba como las papas y a veces como dulce de platón. A la monja se le ocurrió hacer con la pasta del camote endulzado algo parecido a un "huesito" y al obispo le gusto y empezó a pedir a las monjas le hicieran más camotes para mandarlos de regalo. Zalacaín narró a la señora algunas recetas conocidas en su niñez. Por ejemplo, para él el camote era un complemento de la barbacoa de hoy, conocida como "Otahitina" por la costumbre de comer carne en la isla de Otahiti. Un hoyo de tierra se cubría con piedras calientes, madera seca, hojas de coco, luego de calentarse, los guijarros se sacaban y el hoyo se cubría con hojas verdes de coco y sobre ellas la carne del animal envuelto en hojas de plátano. Todo se cubría con frutas, raíces de papa, chayotes y camotes también envueltos en hojas de plátano. Para cubrir todo se colocaban las cenizas y los guijarros calientes. Pasadas unas horas se conseguía la cocción del animal y su sabor era estupendo. En las casas se tenía la costumbre de hacer, por ahí del siglo XVIII, tortas de frutos secos y una de camote con bizcochos duros, agua de azahar, azúcar y huevos batidos; la masa se metía en una tortera embarrada de manteca y se hacía cuajar a dos fuegos. Alguna tía muy anciana había preparado en cierta ocasión, le dijo Zalacaín a doña Carolina del Sagrado Corazón de María, el camote en platón, propio de las familias de finales del XIX: "Con seis libras de azúcar se hace almíbar clarificado y se echan en él media libra de camote blanco, molido y otra media de almendras también molidas; cuando vaya tomando punto de pasta, se le añaden dos reales de natillas y se le deja adquirir la debida consistencia. Se pone la pasta en un platón con mamón desmoronado y canela molida por encima". Esas costumbres han desaparecido, queda la cajita de Camotes de Santa Clara con sabores de frutas, sólo demandados por los turistas; alguna vez el aventurero compró algunos, duros y con demasiada azúcar. Vaya decepción. jesusmanuelh@mexico.com
 
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