La dignidad del pepino
2011-06-10
La dignidad del pepino
La dignidad del pepino Madrid, España.- Por tres mil años el Cucumis sativus ha sido alabado, desde los habitantes de la India, quienes presumen de ser los primeros en consumirlo y cultivarlo, los invernaderos de Almería y otros huertos españoles, pasando por el manoseo callejero de las bolsitas y antes cucuruchos con piña, naranja, jícama o pepino a la salida de las escuelas mexicanas, hasta la descalificación alemana, casi racista contra esta hortaliza curadora de tantos males. La noticia esta en todas partes, la crítica y denuncia de los afectados, enfermos y exportadores, inunda los telediarios. Zalacaín había participado voluntariamente en una reunión callejera en defensa del pepino, fue el primero en tomar uno de 15 centímetros de largo, para pelarlo y degustarlo con sus amigos. ¬°Viva el pepino! Habían dicho al unísono. La frase andaluza apareció: ‚“Al pan, pan, y al vino, vino, y el gazpacho con pepino! El emperador romano Tiberio lo consumía habitualmente, según cuenta Plinio El Viejo. Los egipcios lo adoptaron y transmitieron a los romanos quienes lo llevaron a tierra conquistada y consumieron en varias formas, desde una ensalada con crema agria hasta como condimento de la carne cruda receta de Gengis Kan parecida en tiempos actuales a la Carne Tártara. Zalacaín había comentado con el grupo de amigos las experiencias con el pepino. Narró cómo de joven era asiduo consumidor a la salida de los colegios donde se colocaban unos puestos con canastas primero y carritos de lámina de acero después, con jícamas, naranjas y pepinos ensartados en varitas o colocadas como flores en un florero dentro de un cucurucho; encima unas gotas de limón, sal y chile piquín en polvo. Los chamacos felices rompían filas para ser los primeros en comprarle a ‚“La Firus‚Äù, popular vendedora en el barrio de San Antonio en su natal Puebla, zona famosa el siglo pasado por la violencia callejera y la presencia de las prostitutas en las accesorias. Los chamacos pasaban corriendo por las estrechas calles bromeando y empujándose los unos a los otros en medio de los gritos burlones y alguna advertencia ¬°Aaaaguas! Decía la ocupante de la accesoria al momento de salir a vaciar la bandeja donde se había lavado después del acto sexual con el cliente. La Firus fue famosa, su madre había iniciado el negocio en la 28 poniente casi esquina con 5 de Mayo cuando aún había Río de San Francisco. De una pequeña accesoria salían a diario los carritos con frutas y churritos, abajo la cubeta con agua limpia, para salpicar las frutas y darles vida. Las manos de La Firus eran oscuras, las uñas no muy bien cortadas, pero ningún chamaco se atrevía a dudar de la higiene del producto, pese a los regaños y advertencias de los curas del colegio y los padres de familia. Varios años Zalacaín consumió las frutas de La Firus y nunca supo de algún chamaco enfermo. Seguramente había E. Coli, sin duda, pero el organismo estaba entrenado. Ahora los alemanes acusaron a los españoles de venderles pepinos contaminados con la bacteria huésped del intestino del ganado vacuno. Hacía años las hortalizas regadas con las aguas de Valsequillo en Puebla habían producido efectos similares, pero nunca se sembró pepino, había otras hortalizas. Grande fue el impacto entre la sociedad norteamericana consumidora de hamburguesas en el 82 del siglo pasado cuando cientos o tal vez miles de ellos empezaron a sufrir diarrea con sangre, casi como un castigo divino por haberlas consumido. Zalacaín tenía otros recuerdos del pepino. Su tía Enriqueta había sacado de algún manuscrito del siglo XIX una receta para curar el acné y los barros del rostro de la tía Chonita, y así quedó asentada en la familia: ‚“La Receta de la tía Enriqueta para la tía Chonita‚Äù, elaborada con base en los pepinos. La mascarilla pedía 2 pepinos de buen tamaño cortados en rodajas y sin pelar, medio vaso de crema entera de leche de vaca, una cucharada de aceite de oliva, otra de miel y una más de lodo traído del balneario de Aguahedionda en Morelos. La tía Enriqueta probaba el producto antes de agregar el lodo, a veces ponía un poco de sal a escondidas del resto de la familia. El rostro de la tía Chonita era lavado con jugo de limón en medio de los gritos de la pobre mujer, cercana a los 30 pero con cutis de colegiala, y aún con los restos del limón le aplicaban la pasta salida de la licuadora, se la dejaba por una hora y media y se lavaba el rostro con crema de vaca. La tía Chonita mejoró su cutis, por lo menos lo necesario para conocer y gustarle a don Hildebrando quien se casó con ella y a los pocos meses desapareció el acné. No hacía mucho Zalacaín se había acordado de la receta luego de beber un ginebra Hendriks con una rebanada de pepino y agua quina holandesa, su sabor había calmado la sed, pese a los 17 euros por cada copa registrados en la nota del Embasy de Castellana. jesusmanuelh@mexico.com
 
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