Más allá de los Chiles en Nogada y la Capilla del Rosario
2018-10-15
Más allá de los Chiles en Nogada y la Capilla del Rosario

Más allá

de los Chiles en Nogada

y la Capilla del Rosario

 

 

 

 

 

 

Por Ana Luisa Oropeza Barbosa

 

 

 

Corría el año 2012, cuando asistí a un congreso de voluntariado internacional en Nicaragua ¡jamás me había sentido tan orgullosa de ser poblana!

 

A pesar de que el mapa que los alemanes, representantes del programa “Weltwärts”, mostraba la mayor parte de los Estados de la República Mexicana marcados con rojo, haciendo alusión a aquellos con los que estaba prohibido celebrar convenios de intercambios para recibir jóvenes en apoyo a las Organizaciones de la Sociedad Civil, Puebla se destacaba en aquel mapa chorreado de rojo por su blancura.

 

No compartía el color que, quizá a propósito, eligieron para resaltar Estados como Veracruz, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Sinaloa, Tamaulipas, etc. Fue muy triste observar ese mapa, mientras los alemanes afirmaban que se suspendían los convenios con esos Estados, declarando abiertamente a México como país en guerra.

 

Los poblanos nos preguntábamos de qué guerra hablaban. No es que quisiéramos negar las noticias, las estadísticas y el aumento del crimen organizado, pero en Puebla vivíamos muy tranquilos, tan es así, que regresamos a México, de ese congreso, muy orgullosas de portar la anuencia para recibir a los disciplinados y ordenados jovencitos alemanes.

 

Compartí entonces la anécdota con todo aquel que quiso escucharla y en cada relato mi vanidad iba en aumento. Qué orgullo saberse habitante de un Estado, lo mismo invaluablemente histórico como seguro. Vivir en su capital era un privilegio de bienestar, que en la mayoría de México dejaba de ser percibido.

 

Bastaron solamente 6 años para que ahora suframos de balaceras afuera de las universidades que alojan a nuestros hijos, matando, parece ser, a miembros del crimen organizado, pero hiriendo a inocentes estudiantes con balas perdidas a plena luz del día. Durante estos años, en que la violencia iba en aumento, nos conformábamos argumentando que las ejecuciones se daban entre los malosos y mientras nos mantuviésemos alejados de esa maraña social no habría razón para peligrar. Hoy, esto ya no es así.

 

Un año antes de haber asistido a ese congreso del que hablo, otorgué mi sufragio a Rafael Moreno Valle. Como muchos, pretendimos dejar a un lado el sistema que ya no se veía tan precioso y amenazaba con una inquietante impunidad. Confié en él como una persona letrada y competente para mantener un Estado en equilibrio, al menos, insisto, así se percibía.

 

Durante su gobierno, vi aterrada cómo se iba transformando la ciudad con una explosión de obra pública y vivienda de todo tipo, mientras en la periferia, la pobreza seguía recordándonos su presencia con robos y violencia.

Llegaron las concesiones, como la del agua. ¿Qué poblano no ha dañado su hígado con las recurrentes reclamaciones para realizar los pagos, muchas veces sin fundamento, del vital líquido?

Fui testigo del aumento patrimonial y desmedido de la clase política y altos funcionarios públicos durante su mandato, muchas veces, arrebatando y haciendo trizas el trabajo de otros.

 

A estas alturas me siento totalmente incompetente para calificar a un partido político o a un gobernante. La historia nos recuerda episodios peores a los que aquí se narran, derivados de otros partidos políticos y otros actores.

 

Hoy, como ciudadana y madre de familia me siento impotente.

 

El Tribunal Electoral del Estado de Puebla confirmó el resultado de una elección atropellada, manipulada, a todas luces viciada, efervescente, en la que la certeza y transparencia no ha convencido a todos lo que hemos seguido de cerca su desarrollo. Ahora será el Tribunal Federal Electoral quién deba emitir su veredicto, prolongando la agonía de una Puebla que se desangra, para terminar de pintar de rojo ese mapa del que hablo.

 

Volverme a sentir orgullosa de mi Estado ¿depende de Morena o del PAN, o del Tribunal Federal Electoral, o del actuar de nuestras instituciones o de nosotros mismos o de quién? ¿De todos?

 

 

 
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