El que esté libre  de pecado…
2018-10-01
El que esté libre de pecado…
El que esté libre
de pecado…
 
 
 
 
 
 
 
 
Por Ana Luisa Oropeza Barbosa
 
 
 
 
Las grandes y abrumadoras expectativas que se han colocado sobre el gobierno del cambio, de la transformación, de la esperanza, comienzan a ser cuestionadas.
 
Razones no faltan, si se toma en cuenta que un país majestuoso, en el que históricamente la polaridad social ha sido una constante, como bien se aprecia desde las culturas mesoamericanas y en las que ya se podían distinguir desde sus castas sociales las labores y el peldaño que cada individuo ocuparía en un engranaje social.
 
Muchos siglos han transcurrido y cientos de miles de historias se han contado, unas oficiales, controladas y con un claro objetivo de manipulación ideológica y las que no, han buscado la manera de colarse a la opinión pública, buscando el contrapeso y la sacudida de razón y reflexión dentro de los grupos de intelectuales en este país, en las que la presencia de figuras como impunidad, corrupción, abuso de poder, entre otras, son una constante de nuestra historia.
 
 ¿Realmente podremos cambiarla, con la promesa de un líder, tomando como punto de partida, guía moral y ejemplo SU voluntad?
 
El discurso de campaña de Andrés Manuel López Obrador, se matizó de todos los tonos, lo que permitió filtrarse hasta el recoveco más alejado e intransitable de nuestra Nación.
Lo externó con enjundia, pasión, melancolía, se enarboló como el estandarte de paz y esperanza que todo México desea: el combate a la corrupción y ello implica, por supuesto, a la impunidad. Sin embargo, es momento ya de cuestionarse si contamos con la materia prima necesaria para lograr transformar cifras cargadas de angustia e incertidumbre social por otras que brinden mayores expectativas.
Puebla, por ejemplo, cuenta con una población extranjera importante, la industria automotriz ha dado la bienvenida, principalmente a los europeos, y los hemos acogido en nuestro entorno. Para muchos de ellos la impunidad y la corrupción es un tema de folklore, les causa asombro la forma en que exigimos que esto termine pero lo fomentamos todos los días. Es una especie de juego macabro, en el que sin darse cuenta y de forma paulatina se ven, como nosotros, atrapados en el sistema disfuncional, pero altamente operativo, que nos ha envuelto históricamente.
Según El Financiero “la corrupción se convirtió en un costoso subsidio para la economía nacional, al estimarse que alcanza el 10 por ciento del PIB”. Topándose con estas cifras de frente, bien cabría preguntar:
¿Cuáles serán las líneas eficientes de actuación que permitirán movilizar el hábito corrupto y cotidiano, no sólo en instancias gubernamentales y círculos de poder, sino en la cultura popular de más de 127 millones de mexicanos?
 
(Esta columna apareció originalmente en el periódico Síntesis)
 
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