Felicia Sofía
2018-05-29
Felicia Sofía

 

 

 

 

 

 

 

Felicia Sofía

 

 

 

 

Por Juan Daniel Flores

 

Felicia Sofía, 31 años, ojos profundos, tez morena, nariz de lechuza, de rasgos orientales y boca sinuosa. Enamorada de los sábados y de las azoteas, en su momento fue la quinta maestra de sociales que contrataron en menos de 3 meses, en aquella cloaca del barrio en el verano en que le robaron la presidencia a Andrés Manuel.

Felicia amaba la ciudad, sobre todo de noche y antes de las 6 de la mañana.

Antes de que pasara a mejor vida, escribió esta carta que encontré en medio del libro que me obsequió en las vísperas de abril del 2017, supongo que fue cuando sintió que yo lo necesitaba más.

“Para Juan de la Ciudad de los Ángeles y los Chamucos” No quise abrir la carta sino hasta hoy, un año y cacho después. Decidí abrirla un 15 de mayo.

 

Querido Juan:

 

Gracias por mostrarme la ciudad de Puebla, las paletas de grosella del Parían, el atrio de La Candelaria, el zócalo a las tres de la mañana y el pueblo de San Luis. Estoy segura que las tristes horas del pasado, que no sabe de agradecimientos, se tornaran en días de luz y de individuos con entrañas y corazón que no arrebaten, no mientan y no roben.  Amor con amor se paga amigo.

 

Por medio de esta carta quiero compartir contigo algunas de mis opiniones sobre educación. Lee estas letras cuando lo necesites, como una vitamina o un buen pulque que te de ánimos querido Juan. Si algún día quieres darla a conocer esta bien, esta dedicada a los maestros que tú y yo conocemos.

 

En primer término, agradezco a todos los maestros que me educaron, más a los buenos maestros por tenerme paciencia, desvelarse conmigo, llamarme la atención y sobre todo por creer en mí. Gracias a mi gran maestra, la mejor y más grande de todas: Alicia. Ni la universidad, ni los grandes discursos han sido mejores que su ejemplo y amor por la educación.

 

Hace 12 años, cuando comencé a dar clases, toda la vida institucional de las tres primeras escuelas en que trabajé era sombra y corrupción. No había de otra, a veces las tripas truenan muy feo Juan y no queda más que seguir, las utopías a veces le dan a uno energía. Como dice Silvio “…no me aburren los sueños, no es por moda que estallo y que me empeño”

 

Para mí la docencia ha sido un fruto de sabor dulce y de raíces amargas. Maestros como yo hemos tenido que enfrentarnos a la apatía, la corrupción y desprecio por la educación que, a viva voz, recorre los días de muchos. Hace mucho que la ignorancia se ha tornado en violencia y lo anormal se ha instalado como normal en las aulas. En el discurso se dice otra cosa.

 

Siempre me he encontrado muchachos con ganas de aprender, ágiles de mente, con la luz de las preguntas en el rostro, jóvenes en los que logré despertar interés en saber más de ese tal Bourdieu o del Neoliberalismo, esto sucede cuando uno se sale del guion-encuadre que marca el aburrido programa. Desde hace años un buen porcentaje de los contenidos temáticos escolares, están enajenados de la realidad y la vida cotidiana del alumno-maestro.

Aun así, dan ganas de volver una y otra vez a dar clase cuando le dicen a uno: maestra présteme su libro del Colegio de México, me gustó ese texto de Monsiváis que trabajamos, léanos otra vez las poesías de Héctor Carreto… Chavos a los cuales después de impartirles literatura, realizan como actividad un rap con versos de Homero. Verlos como desarrollan un análisis crítico y bien argumentado acerca del estado de la política en México, o ver a los relajientos de siempre inscribiéndose libremente a la primera competencia de ciencias sociales para construir un discurso de la cultura en México.

 

Siempre tuve fe en que se puede salir del marasmo en el que se impone la ley del más fuerte, por medio de  la creatividad, el entendido de comunidad, y la acción de proyectos en los que se vincula junto con ellos la lectura y la construcción de análisis social.

 

Sin embargo, también recuerdo que en este ambiente social, para no variar, abunda el desprecio por el saber aún entré entre los mismos compañeros docentes, y existen ya formas muy acabadas y aceptadas de permisividad de eso que debería ser siempre nuestro contrario: la ignorancia. Maestros y maestras que o se duermen en sus laureles o todo lo quieren estructurar, medir o evaluar. Funcionar, competir y rubricar es el nuevo catecismo de Ripalda en la educación. Aquellos que se fijan más en la ley de la letra que en el alma del contenido.

 

Debo decirte querido Juan que mientras veía al Popo y al Iztacihuatl en el recreo, escuchaba cómo la misma psicóloga, que aplicaba el redentor foda, ventilaba la vida privaba de los alumnos con un café y un cigarrito.  Los maestros se entretienen muchas veces con cuestiones de orden subjetivo. Quizá el tema es que a muchos de los maestros no les interesan tres cosas clave: leer, analizar y crear, esto lo cambian por: reproducir, creer y alienar. Al fin, decía una maestra, “no son mis hijos”. Para acabarla de amolar, hay uno que otro egresado universitario que se dedica a dar clases, mientras encuentra otra cosa que sí sea de lo que estudio, bajo el argumento de que: no me pagan mucho pero con que salga pa´la gasolina.

 

Por ello, no olvides aquello que platicamos en el Maíz Prieto ya entonados: “Sofía no hay que caer en el sutil engaño de las sirenas de la psicología de coaching” y yo te decía en la curva peligrosa del séptimo mezcal:  “…ni del discurso empresarial aquel que reza que: “con que tu cambies cambia el mundo” Salud.

 

Juan: la mejor manera de descodificar este entendido normalizado de las cosas del: “sepa mucho y cobre su beca” “así ha sido siempre, nada va a cambiar”, hay que conocer y saber en qué parte de la noche estamos, y qué tan obscura es la noche que atravesamos. Saber quiénes somos y en donde estamos parados. Esa sigue siendo la cuestión.

 

 

Por último querido, quiero recordarte por medio de estas líneas aquella frase que leímos en un cartel de la flamante casa cremita: “El profesor es conocedor de la realidad”. Esto es dudoso para mí. El profesor no siempre lee ni está informado y menos interpreta y reflexiona acerca de la realidad. Muchos de los compañeros maestros que conocí en estos años, estaban situados en el habitus del hago como que enseño, espero la hora del café en el Sambors y de vuelta a cobrar la quincena. Como era el caso de las maestras pirañitas, que risa, ¿te acuerdas? “Bien pinturrajeadas y uñitas de acrílico pero ¿leer?  ¡Que hueva!”. Otros más, esperando la dadiva o sumergidos en la pedantería intelectual de la que habla el libro de Serna que me prestaste. Como dan hueva esos mamones de academia.

Los que saben no lo dicen, sólo son y hacen. ¡Me vale si me acusan de pragmática y me llevan los intelectuales a la pira del debate cafetero!

La  implicación política y ética de un maestro trasciende incluso a pesar de sí mismos. Aunque como Moisés no lleguen a ver la tierra prometida.

Alguna vez te hable de que se me antojaba tanto pegar en las puertas de todas las universidades, aquel buen discurso del Maestro Latapí Sarre cuando nos hablaba de la excelencia. En fin.

Gracias por todo Juan. Espero que no me leas cursi o exquisitamente docta lo cual sé, te desagrada. Aprendí bien que el whiskey se toma derecho con mucho hielo, que en todos lados se cuecen habas y que uno de los fines más valiosos de la educación, la fe y la literatura, no es la acumulación del conocimiento como decía Freire, sino, acercar el mundo de las letras a la gente de a pie, a la gente que no sabe eso que si saben los que saben. Gracias, ahora lo sé.   

 

 

Espero ayudar en algo a que este mundo nuestro sea más comprensivo, pacifico, espiritual y racional, pero sobre todas las cosas, deseo volver un día a Puebla a devorar religiosamente unas memelas con salsa de chipotle de la Victoria, acompañadas de un buen tepache y por la tarde contemplar la ciudad de rotos corazones desde el Tepozteco.

 

Con los dedos en la mano y el corazón enteramente para mí.

 

Desde algún lugar de la vieja Europa del este

 

Tu amiga.

Felicia Sofía

 

 

 

 

 
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