Los escargots del amor
2018-03-08
Los escargots del amor

 

 

Los escargots del amor

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

La escena hubiera servido para respaldar uno de los mejores diálogos del cine romántico. Ella, enfundada en una chaqueta azul marino, de corte inglés, pantalón vaquero y unos botines color marrón; su cabello sujetado por una moderna peineta y al cuello un foulard floreado con tonos azules y verdes. Él, casi hacía combinación con ella, también de vaqueros, botas cortas color borgoña bien lustradas, camisa blanca y una chaqueta de ante en color natural.

La pareja se sentó en la mesa junto al aventurero Zalacaín quien se disponía a leer la carta del restaurante, había pedido un vermut salpicado de gotas de ginebra y adornado con una media rebanada de naranja con cáscara y coronada con una aceituna. El sitio era considerado uno de los mejores de la cocina francesa, concretamente de Alsacia y en su carta aparecía como sugerencia del día un plato de escargots, de caracoles, de un tamaño considerable, el precio reflejaba la calidad del producto.

Zalacaín siempre había valorado los escargots a la bourguignonne, donde la pasta de mantequilla y perejil, salpicada de ajo bien picado, constituía la base de los caracoles.

En Alsacia tienen fama estos caracoles que se venden por su tamaño y peso, los de una onza son tal vez los más apreciados entre los comensales. Antes eran silvestres, pero desde hace muchos años se cultivan en lugares oscuros, se les alimenta y cuando llegan al tamaño adecuado se les purga y se ponen en ayuno por varios días para colocarlos después en vinagre o sal. Luego, viene el proceso de limpiarlos, se cepillan, se lavan con agua salada o avinagrada y se meten en agua hirviendo, entonces el caracol sale totalmente de su concha y se puede lavar nuevamente. Para cocerlos hay varias recetas, la preferida de Zalacaín es meterlos en un caldo de gallina.

Una vez cocidos los caracoles se regresan a su concha donde previamente se ha colocado algo de la pasta de mantequilla, y se sellan con otro tanto, se colocan en una bandeja y se meten al horno. Alguna vez el aventurero se atrevió a repetir hasta en tres ocasiones la orden de una docena de escargots en un restaurante con terraza en Champs-Élysées en París, devoró 36 caracoles antes de pedir la cena, acompañados por una botella de Champagne, ante la mirada de los vecinos de mesa y de los camareros.

Zalacaín recordó el pasaje al ver a la pareja vecina titubear sobre los alimentos a consumir. El mesero insistió en la propuesta del día, los escargots a la bourguignonne; la chica asentía, pero él no estaba muy seguro de pedirlos. Al final ordenaron el plato de una docena. Y entonces el aventurero se interesó más en la charla de la pareja.

Ella le mencionaba los viajes con su padre a París y alguna vez a Colmar, tierra famosa por los caracoles; le contaba anécdotas sobre la variedad de los escargots, incluso sobre una feria anual donde en enromes cobertizos se daban cita los franceses para degustar los caracoles acompañados de copas de vino alsaciano.

En cambio el chico se remontaba a sus experiencias más nacionales, radicadas en las tabernas, las cantinas mexicanas donde el caracol, llamado “panteonero”, pequeño y en clara alusión a una mala fama de los hallados en las inmediaciones de los panteones. A Zalacaín le vino a la memoria aquella taberna poblana de Petroneo, en el centro de la ciudad donde después de pedir la tercera copa el mesero llevaba un plato de caracoles en adobo, Petroneo, decía con gracia. “son franceses” y los clientes le soltaban “si, del panteón francés”. Por muchos años fue la única cantina donde se podía comer caracoles en Puebla, y cuando desapareció Zalacaín se aventuraba a visitar el Bar La Ópera de la Ciudad de México, donde también había caracoles, pequeños, en adobo, pero de buen sabor.

Años después, Jorge Campos, un arquitecto aficionado al vino, puso un restaurante, L’Ermitage, por la zona de La Paz, y ofertaba a veces los escargots, importados de Francia, y cocinados al estilo alsaciano.

Pero después, los caracoles desaparecieron de Puebla, alguna vez Zalacaín conseguía las latas de escargots franceses con las conchas por separado, el precio no era accesible, pero era un pequeño lujo para las comidas con los amigos.

La charla de la pareja fue creciendo en emociones. Junto al plato de caracoles se colocaron las pinzas para sujetar la concha de caracol y a un lado un pequeño tenedor de dos puntas, ideado para sacar al animalito de su concha. El chico tomó sus pinzas, sacó el caracol y lo ofreció a la boca de la novia, ella abrió los labios y en sus ojos apareció una mirada donde el amor saltaba, mordió el caracol, y la sonrisa apareció en su cara bajo la mirada complaciente del novio.

La acción se repitió hasta en seis ocasiones, la docena de caracoles se dividió para los dos y en sus caras aparecieron los gestos de satisfacción, de identidad, de cariño. Y mientras Zalacaín estaba en lo suyo, había pedido otra orden de escargots.

Ambos levantaron sus copas, habían ordenado un vino blanco mexicano de uva Chardonnay, se vieron a los ojos y el romanticismo tomó su lugar, invadió la escena.

Preguntó ella “me tienes atrapada, ¿acaso me embrujaste, cuál ha sido tu táctica para comer de tu mano?”.

Y entonces el chico, sin duda hombre de letras, le dijo “¿conoces a Benedetti?”. Sí, claro, dijo ella. Entonces, continuó mientras le colocaba el último caracol entre sus labios, debiste haber leído esta poesía, y empezó a recitarla en el marco de una escena salpicada de caracoles, vino y romance primaveral…

“Mi táctica es 

mirarte 
aprender como sos 
quererte como sos 

mi táctica es 
hablarte 
y escucharte 
construir con palabras 
un puente indestructible 

mi táctica es 
quedarme en tu recuerdo 
no sé cómo ni sé 
con qué pretexto 
pero quedarme en vos 

mi táctica es 
ser franco 
y saber que sos franca 
y que no nos vendamos 
simulacros 
para que entre los dos 
no haya telón 
ni abismos 

mi estrategia es 
en cambio 
más profunda y más 
simple 

mi estrategia es 
que un día cualquiera 
no sé cómo ni sé 
con qué pretexto 
por fin me necesites”.

 

Un beso apasionado emergió de la mesa vecina y Zalacaín, no pudo menos de suspirar.

 

elrincondezalacain@gmail.com

Video: https://youtu.be/ZJthB6TSLzo

 

 

 

 
Titulo Columnistas
Por Soleares
Jesús Manuel Hernández Periodista El tráiler de la muerte
Jesús Manuel Hernández
Cuestiones Domingueras
Dra. Ana Luisa Oropeza Barbosa Abogada El mismo gato, nomás que revolcado
Dra. Ana Luisa Oropeza Barbosa
Sin Límites
Raúl Torres Salmerón Abogado Luz barata, anuncia Bartlett
Raúl Torres Salmerón
La Moviola
Noé Ixbalanqué Bautista Martínez Comunicólogo, acdémico, comentarista El día de la unión: tímido terremoto
Noé Ixbalanqué Bautista Martínez
Opinión
Carlos Figueroa Ibarra doctor en Sociología Sociólogo Lo que no debe olvidar Morena en Puebla
Carlos Figueroa Ibarra
Opinión
Carlos Figueroa Ibarra doctor en Sociología Sociólogo Forma y fondo en la relación con el morenovallismo
Carlos Figueroa Ibarra
Por Soleares
Jesús Manuel Hernández Periodista ¿El derrumbe?
Jesús Manuel Hernández
Urbanidades
Guillermo Deloya Cobián Doctor en Derecho El linchamiento de la justicia
Guillermo Deloya Cobián
Cuestiones Domingueras
Dra. Ana Luisa Oropeza Barbosa Abogada Entre dimes y diretes
Dra. Ana Luisa Oropeza Barbosa
Por Soleares
Jesús Manuel Hernández Periodista El factor dinero
Jesús Manuel Hernández
El Rincón de Zalacaín
Jesús Manuel Hernández Mixiotes...
Jesús Manuel Hernández
La Moviola
Noé Ixbalanqué Bautista Martínez Comunicólogo, acdémico, comentarista Alfa: licencias para creer
Noé Ixbalanqué Bautista Martínez
Sin Límites
Raúl Torres Salmerón Abogado Se va un pésimo Congreso del Estado
Raúl Torres Salmerón
Facebook Los PeriodistasTwitter Los PeriodistsaYoutube Jesus ManuelRss Los Periodistas
Inicio Noticias Columnistas Zalacain Por Soleares Video Columna Contacto  
Logo Los Periodistas
Copyright © 2010
Desarrollado por: Estrategia 360°