Las yemas reconfortantes
2018-02-01
Las yemas reconfortantes

 

 

Las yemas

reconfortantes

 

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

 

Los hoy llamados “frentes fríos” han venido dejando secuelas entre los amigos alrededor del aventurero Zalacaín. Por una extraña razón, él mismo se ha salvado de los ataques gripales y las amenazantes manifestaciones de la influenza cuyo padecimiento sufrió hace varias décadas durante su auto exilio entre los cartujos del monasterio de Sevilla. Vaya momentos de angustia cuando la fiebre no cedía y los remedios caseros de los hermanos no pudieron combatir la enfermedad, se hizo necesaria la presencia del médico y la aplicación de antibióticos.

Luego de recuperar la salud, Zalacaín fue sometido por el hermano cocinero a una serie de recetas donde los caldos y los alimentos reconfortantes le devolvieron el color, la fuerza, y el ánimo.

Pero de eso hacía muchos años. Zalacaín recordó aquél caldo hecho de carne con hueso de res, zanahorias, puerros, nabos, cebollas, puestos en cocción por más de dos horas y cuyos olores invadían la cocina y traspasaban los muros de las estancias del superior, quien se disponía a dejar el cargo pues habría de ser trasladado a Argentina.

Por norma los cartujos no comen carne, pero el hermano cocinero había conseguido un permiso especial, debido a la enfermedad padecida para hacer el llamado “consomé” con base en el cocimiento hecho desde la hora de la Prima Angelus, a eso de las 7 de la mañana.

Una carnaza flaca se cortaba en dados, se condimentaba con una hoja de laurel, apio, rebanadas de zanahoria y dos claras de huevo batidas en media taza de agua fría. Todo ello se agregaba al caldo y se dejaba cocinar a fuego muy bajo por una media hora y sin dejar de moverlo. El primer plato había sido para Zalacaín a quien además le agregaron dos yemas de huevo. Aquello fue un verdadero manjar, los cachetes del aventurero tomaron calor y el cuerpo fuerza y energía para enfrentar el término de su autoexilio.

Muchas son las recetas para combatir la enfermedad, los problemas digestivos, los dolores de estómago y a veces hasta los dolores del alma.

El hermano cocinero le había regalado a su partida un pequeño libro con varios pensamientos y poesías. El trayecto entre Sevilla y Madrid le sirvió para leer algunas de las líneas. Por algún tiempo se aprendió de memoria y repetía algunas de los párrafos:

“En una noche oscura

con ansias en amores inflamada

¡oh dichosa ventura!

salí sin ser notada

estando ya mi casa sosegada,

a oscuras y segura

por la secreta escala disfrazada,

¡oh dichosa ventura!

a oscuras y en celada

estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa

en secreto que nadie me veía

ni yo miraba cosa

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba

más cierto que la luz del mediodía

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía

en sitio donde nadie aparecía.

 

¡Oh noche, que guiaste!

¡Oh noche amable más que la alborada!

¡Oh noche que juntaste

amado con amada,

amada en el amado transformada!...

 

¡Oh lámparas de fuego

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido

que estaba oscuro y ciego

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

 

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno

donde secretamente solo moras

y en tu aspirar sabroso

de bien y gloria lleno

cuán delicadamente me enamoras!”

 

Se trataba de un poema de Juan de Yepes Álvarez, el abulense llamado después San Juan de la Cruz, un carmelita descalzo, amigo de Teresa de Ávila, la santa y doctora.

A Zalacaín le había sorprendido el regalo, un cartujo promoviendo la poesía del alma de San Juan de la Cruz. Por desgracia en uno de los traslados entre Madrid y Puebla, una maleta se había extraviado y en ella iba aquél texto.

El aventurero recordó este pasaje frente a la desmembrada mesa del café yacente de los enfermos y encontró eco, pues uno de los supervivientes citó un texto aparecido a finales del siglo XIX bajo el título de “La higiene y la economía en la vida práctica”, una especie de manual con consejos y recetas editado por Saturnino Calleja en Madrid y reproducido en México por la editorial Herrero Hermanos y Sucesores.

El texto referido aparecía bajo el nombre de “Alimento nutritivo para los estómagos débiles”, y decía así:

“Preguntada un día por Voltaire la duquesa de Segur acerca del estado de su salud, lamentóse del malestar de su estómago, y de lo difícil que le era tomar y conservar cualquier clase de alimento.

“‘Nueve años hace, replicó Voltaire, que experimento también esa incomodidad, tenida por incurable; y sin embargo, he hallado un remedio que me proporciona algún alivio. Sencillo y fácil, se reduce a no tomar otro alimento que yemas de huevo mezcladas con harina de patata y agua.’

“Posteriormente han agregado otros, después de practicar observaciones detenidas, que no se puede poner en duda la eficacia del remedio, y recomiendan el siguiente método para preparar ese alimento confortante: Bátase un huevo, agréguense 25 gramos de agua fría de fuente, mézclese todo bien, deslíase con ocho gramos de fécula o de harina de patatas y agua, y póngase a hervir toda la mezcla hasta que forme una jalea compacta.

“Adicionando una pequeña cantidad de leche, se obtendrá un excelente alimento para los estómagos débiles, porque, a más de digerirse con facilidad, contendrá elementos nutritivos suficientes para reponer las pérdidas del organismo”.

Simple y sencillamente, lo más parecido a un puré, a una papilla de papas para bebé, donde las yemas de huevo, de las gallinas de antes, de las de rancho, dijo Zalacaín, eran importantes.

elrincondezalacain@gmail.com

Video en: https://youtu.be/CQ4HIsAgwHQ

 

 

 

 

 
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