Sopa de letras
2018-01-11
Sopa de letras

 

 

Sopa de letras

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

“Y llegaron los Reyes Magos y a unos les trajeron juguetes, a otros dinero, a los más ropa y los menos canicas y cuadernos de crucigramas y pasatiempos”. En esa frase pensaba el aventurero Zalacaín el 6 de enero mientras veía la cantidad de juguetes electrónicos y cientos de artículos propios de la moda en los asuntos cibernéticos y donde el niño poco tiene de aportación en la imaginación para jugar.

En épocas pasadas los sabios Reyes Magos privilegiaban los juguetes nacionales, los carritos de madera, baleros, trompos, tal vez algún “yo-yo” de “plastimax”, bicicletas, patines del diablo y triciclos, completaban los regalos de niños; y las casitas de muñecas, las muñecas con ropa confeccionada y los pequeños salones de belleza y los artículos para jugar a “hacer la comidita”, para las niñas.

A Zalacaín le tocó alguna vez un revólver con “fulminantes”, unas tiras azules o rojas, enredadas y listas para meterse en el receptáculo del revólver donde iban girando hacia fuera y a cada vez, jalando el gatillo se dejaba la bolita dentro de la tira en la posición para ser amartillada y entonces se escuchaba una pequeña explosión a manera de disparo; eran totalmente inofensivos, mecánicos, no usaban baterías; los fulminantes se compraban en la tienda de la esquina.

Otros regalos de los Reyes Magos eran los camiones y juguetes de madera, unos soldaditos para jugar al boliche, una pelota de baseball con su bate y tal vez un ajedrez o juegos de mesa, el “turista”, “serpientes y escaleras”, etcétera.

Uno particularmente le gustaba al aventurero, los llamados cuadernos o revistas de crucigramas, ahí se contenían una buena cantidad de cuadros blancos y negros y listas de definiciones de palabras pata ir llenando los espacios vacíos y hacer el cruce exacto para terminar el juego. Por suerte, las soluciones venían en las páginas finales “volteadas de cabeza”.

Para los principiantes estaban los cuadros de diferencias, dos dibujos casi idénticos, habían de encontrarse las diferencias; y otro la llamada “sopa de letras”, el juego inventado por el español Pedro Ocón de Oro, autor de varios libros sobe “gimnasia mental” con jeroglíficos, adivinanzas, juegos de letras donde el ingenio de los chiquillos verdaderamente se desarrollaba y ayudaba a saber escribir correctamente en español.

Pedro Ocón de Oro se hizo famoso en la década de los 60, del siglo pasado y muchas de sus aportaciones estaban condensadas en libros y revistas al alcance de las bibliotecas estudiantiles.

Eran esas las épocas cuando en las escuelas se acostumbraba poner a los alumnos con las manos entrelazadas atrás de la cabeza y la profesora dictaba un número y pedía operaciones aritméticas, se practicaba la suma, la resta, la multiplicación y la división, primero de un dígito, luego de dos y hasta de tres…

La “sopa de letras” era relativamente fácil, enmarcadas en un cuadrado se ubicaban las letras y debían encontrarse, vertical, horizontal o diagonalmente las palabras “escondidas” y anotadas en una columna lateral, quien más rápido lo hiciera, ganaba en la práctica escolar.

El aventurero recordaba todas esas experiencias infantiles, caducas hoy, como aquella ocasión cuando una de las tías abuelas le puso de pequeño a identificar el abecedario en la llamada también “sopa de letras” de pasta. La tarea era formar las letras correctamente en orden, las 22 consonantes y las 5 vocales, pues decía ella “si no están todas iremos a reclamar al abarrote que la sopa de letras está incompleta”. Todo era para entretener al pequeño Zalacaín, quien así se aficionó de alguna manera a jugar con las letras, colocándolas en varias direcciones.

Esa tía abuela era aficionada a la poesía, no era enamoradiza, pero si romántica y de repente expresaba algunas de las frases escritas en libretas y folios sueltos. Alguna vez Zalacaín la sorprendió en la cocina diciendo en voz alta alguna de esas “composiciones”, como ella les llamaba:

“Hoy coloqué carmín en mis labios,

atrevido y sensual,

decidí mostrarme como lo que no soy,

pero anhelo llegar a ser algún día.

El día en que esté dispuesta a romper con la monotonía

y el aburrimiento que han encadenado mi vida

a una existencia que me aprisiona

y en la que veo cómo se marchita poco a poco,

no sólo mi cuerpo, sino las ilusiones por una vida… que se me escapa de las manos”.

Zalacaín se quedó mirándola y no se atrevió a interrumpirla ni a preguntarle nunca sobre esas frases, pero siempre recordó cuando ella lo percibió a su espalda y dar la vuelta intempestivamente, tenía los labios pintados de color carmín, curiosamente la tía abuela estaba preparando “sopa de letras”.

elrincondezalacain@gmail.com

Video en: https://youtu.be/cPUSqV_WETk

 

 
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