Politeias mexicanas
2017-12-28
Politeias mexicanas

Politeias mexicanas

 
 
 
Por Fidencio Aguilar Víquez
 
 
México está cargado de violencia, inseguridad, amenaza, riesgo, peligro. Salir es exponerse, salir a la incertidumbre. La liebre salta donde menos se la espera, y Puebla no es la excepción: los delincuentes siguen haciendo de las suyas y las autoridades encargadas de la seguridad responden con publicidad a su favor. Los ciudadanos sufren en sus personas y su patrimonio las agresiones de la delincuencia común y de las bandas criminales. Ante la indolencia de quienes tienen la obligación de brindar protección y seguridad.
 
Si a lo anterior añadimos los casos de escándalo y corrupción, como aquella que ya se ha denominado el triángulo SAT-Chihuahua-PRI y que salpica al tricolor poblano –y la respuesta de Manlio Fabio para señalar que como dirigente tricolor “carece de facultades para disponer de recursos federales provenientes de la Secretaría de Hacienda”-, más los dedazos con que, al decir de los analistas, se han perfilado a los aspirantes presidenciales, tenemos un cuadro que suscita más preguntas que respuestas.
 
Quizá la primera cuestión es si los más de 80 millones de electores mexicanos creen que la elección ya está definida o si, por el contrario, como en toda sana democracia, la moneda está en el aire por una sencilla razón: los electores aún no han decidido el sentido de su voto. Muchas personas creen o suponen que la elección ya está decidida, que son los grandes consorcios empresariales, los poderes fácticos, las familias más ricas del país, o las televisoras, en fin, la gente que, por tener grandes fortunas, deciden quién será, por ejemplo, el próximo presidente de la república. ¿En realidad son ellos, esos personajes, o ellas, esas familias, quienes deciden y el proceso electoral no es sino un gran teatro que pretende legitimar lo que de antemano ya está definido? ¿O en verdad depende de los electores realmente? Quizá haya diversos factores y, al final, se dan ambas cosas de manera inducida: quienes tienen poder e influencia los ejercen sobre la emotividad y pasiones de la mayoría de los electores.
 
En lo personal pienso que, aun suponiendo que esos poderosos hacen de las suyas, hay un grado de incertidumbre en las decisiones de legitimación, y que es precisamente la elección y la participación de la gente en ella. Que es la votación una suerte de contrapeso a esas grandes decisiones y que aunque éstas se inclinen hacia alguien en particular, la simpatía y la voluntad de la gente tiene el peso específico de inclinar la balanza. Claro, siempre está la discusión de cómo operan las cosas y cómo se dan los hechos, tanto en general como en los partidos políticos y las autoridades electorales, entre otros actores (más los actores subrepticios que actúan tras bambalinas).
 
La otra sin duda son los perfiles de los presidenciables. Imaginemos un debate donde estén los tres principales aspirantes: Meade, Anaya y AMLO, discutiendo sobre su visión y su proyecto de país. ¿Quién tendría el mejor discurso, la mejor retórica, el poder de convicción para suscitar la adhesión de la mayoría de los que vayamos a votar el 1 de julio próximo? Añádale el lector (o lectora) a Margarita Zavala y al “Bronco” en ese debate y formúlese las mismas preguntas.
 
Si trasladamos la metáfora al ámbito local, Puebla está en esa circunstancia de mirar a quienes serán electos (¿electos por quiénes?) Muchos dan por hecho que Martha Erika será la ungida y la próxima primera mujer en gobernar este maltrecho estado. Entonces todo lo demás, ¿es un mero teatro? Los electores no serían sino convidados de piedra que sólo cumplirían con el ritual de emitir su voto a favor de la cargada. Demos vuelo a la imaginación. ¿De qué depende que ella se alce con la candidatura?  ¿De Anaya? ¿De los otros dirigentes? ¿A cambio de qué? ¿De que toda la mafia morenovallista apoye a Anaya y no sólo a la señora? Si tal fuese el acuerdo, ¿cumplirá el exgobernador? ¿Cómo garantizar que cumpla si, en otras ocasiones, no lo ha hecho? No la tiene fácil ese grupo ni su único dirigente: la credibilidad no es un asunto de publicidad ni de dinero.
 
En el PRI el asunto también es de credibilidad. Los perfiles que se alzan tampoco las tienen seguras y cojean del mismo pie. Tan así es que por eso se dio el reclamo al aspirante presidencial: No queremos que negocien Puebla con RMV. La respuesta no podía ser otra: No lo haremos. Pero tal impronta muchas veces no es sino la confirmación misma de lo que se niega.
 
En MORENA la cosa no es menor en el rubro. La incredulidad está en la misma raíz: Nunca mostraron la famosa encuesta que le dio la victoria a Barbosa sobre Enrique Cárdenas. Y al no haber evidencia, hay que creer a ciegas, como se cree en el líder-dueño de ese partido. Lo que sí hace la evidencia es que dos de los más grandes cercanos al góber precioso, la díada De la Sierra-Armenta, si es que vuelven a ganar Puebla, serán los elegidos para la primera fórmula del senado.
 
Bien decía Ortega y Gasset, en la democracia no elegimos sino sobre lo que otros han elegido, y esos perfiles que serán los futuros candidatos –amable lector, lectora- no los elegimos nosotros, simples inscritos en la lista nominal con fotografía, sino ya sabe quién.
 
La cosa está para reflexionar, pensar y, también, actuar y decidir. Termina un año que, en balance general, había comenzado con los gasolinazos y los disturbios concomitantes que les siguieron, hasta los crímenes y delitos que han envuelto la reciente Navidad. El país se viste de violencia, Puebla se llena de delitos, y las autoridades responden con publicidad señalando un mundo mágico que sólo existe en la fantasía de su cabeza.
 
La realidad, que no es cómoda sino densa y pesada, exige un trabajo redoblado, esfuerzo doble o triple, asiduidad a toda prueba, el horizonte no está despejado ni será un día de campo, al menos para los ciudadanos nos exigirá estar atentos, decidir con la cabeza fría por aquellos en que confiemos que puedan llevar al país, al estado, y a los municipios donde vivamos a una mejor situación humana y de convivencia sana.
 
Cambiar o seguir igual, ese es el dilema. Y si decidimos cambiar, ¿por qué opción? La de ya sabe quién o la del aspirante del Frente. No son lo mismo ni tienen la misma preparación ni la misma capacidad. He ahí el segundo dilema.
 
Algunas encuestas, como la de Defoe-Spin que ya circula en algunos medios, muestran cómo se encuentran las preferencias electorales respecto a la boleta presidencial a finales de diciembre, y la alianza encabezada por MORENA alcanza el 29%, la encabezada por el PAN 21% y por el PRI 19%, 7% por independientes y no saben o no contestaron 10%.
 
Según la misma encuesta, si la independiente fuera Margarita Zavala, la distribución se modificaría así: AMLO 27%, Meade 14, Anaya 13 y la propia Zavala 5%. No sabe o no contestó 25%. Aquí, como se observa, Margarita le quita a Anaya.
 
Si la cuarteta la compusiera el “Bronco” en vez de Margarita, AMLO se elevaría a 29%, Anaya iría a 16%, Meade 14 y el propio “Bronco” se quedaría con 3%. No sabe no contestó, igual, 25%.
 
Si estuvieran los cinco, los resultados serían: AMLO 30%, Anaya y Meade 15% cada uno, Margarita 4 y el “Bronco” 2. No sabe o no contestó, 22%.
 
Sólo el 27% aprueba al Presidente. Y el 70% señala que el camino por el que marcha el país es incorrecto.
 
Serán seis meses aciagos, como se dijo líneas arriba, necesitaremos inteligencia, imaginación y, sobre todo, decisión. Lo que no podemos hacer es permanecer indiferentes o dejarnos llevar por ilusiones. En medio del desierto es factible tener visiones. Sin duda se requiere afinar el ojo, tener visión clínica, aguzada, cautelosa, perspicaz. Sólo así estaremos a la altura de nuestro tiempo, las circunstancias así lo exigen y, sin duda, si tomamos la decisión adecuada, nuestros hijos lo agradecerán.
 
@Fidens17

 

 
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