Tres narrativas
2017-12-06
Tres narrativas

Tres narrativas

 
 
 
Por Fidencio Aguilar Víquez
 
 
Un delincuente, un terrorista, un guerrillero tienen una narrativa, es decir, una historia, un discurso, una idea, un argumento, una imagen, una visión de las cosas en la que su actitud y su actuación está justificada, legitimada, por así decirlo. Igual que un joven, un individuo, una familia, una sociedad, un pueblo, una generación. Pero también una ideología, una postura política, una propuesta, en fin, cualquier signo o expresión que remita a un significado.
 
Aunque esto ya lo había yo percibido hace algunos años al estudiar El mito del eterno retorno y Lo sagrado y lo profano de Mircea Elíade, cuando habla de esa realidad ontológica que se devela en ciertos símbolos que históricamente los individuos y los pueblos han buscado y expresado a lo largo del tiempo, digo, aunque ya lo había entrevisto, ahora, estos días, he caído en la cuenta que es precisamente –y si no, cuando menos existe un fuerte vínculo con ella- la narrativa de la que suele hablarse cada vez que busca uno un argumento de nuestro decir y de nuestro actuar.
 
¿A qué viene todo esto?, podrá preguntarse, amable lector(a), ¿qué quiere usted decirme en realidad? Sea claro, por favor, podría reclamarme. Sin pretender alargar el asunto, podré decirle que esta necesidad de narrativa la percibí en tres diversos momentos: en el discurso de Meade del domingo cuando se registró como precandidato, en la lectura de la novela Underground de Haruki Murakami y en un foro de estudio de expertos de diversas disciplinas, algunos venidos del extranjero, que buscan aportar elementos para establecer indicadores para el bien común, sobre todo a nivel municipal o local.
 
Con toda claridad, por ejemplo, se puede apreciar la narrativa del discurso de Meade: «Llevaremos a México al lugar de potencia mundial que le corresponde. Vamos a ganar, vamos a ganar, vamos a ganar». Y luego vendrían los coros que le hicieron eco a ese «vamos a ganar». Claro, se trata de una narrativa donde, trazada la meta, la tierra prometida (la grandeza de México, el ser una potencia mundial), se van articulando los demás eslabones del discurso: el PRI, sus dirigentes, sus expresidentes, sus diputados, senadores, representantes populares, sectores, militantes, hasta la cereza del pastel: el «Arquitecto del cambio», el presidente Peña Nieto y su capacidad para generar 3 millones 300 mil empleos, etcétera, etcétera. Un discurso y una narrativa harto conocidas y múltiples veces repetidas como el guión de un actor.
 
Desde luego, hay otras narrativas, otros discursos, otras historias que contar. Y del discurso de Meade me voy a la novela de Murakami: se trata del atentado en 1995 que cometió la secta religiosa Aum, liderada por Shoko Asahara, en el metro de Tokio. El novelista cuestiona el discurso de la postura dominante: Ellos, los terroristas, actuaron alienados, ideologizados, dogmatizados por una narrativa peculiar que logró adueñarse de sus decisiones y a la cual decidieron darle su libertad, su voluntad y toda su persona. Esa condena general y unánime está bien, dice el escritor, pero ante esa narrativa, «nosotros» (los japoneses), «¿qué narrativa les ofrecimos? ¿Qué narrativa mejor les planteamos para contrastar la narrativa de Aum?». Y cuestiona con mayor hondura:
 
“¿Acaso no hemos ofrecido una parte de nuestro «Yo» a alguien o a algo y hemos obtenido una «narrativa» a cambio? ¿No hemos confiado una parte de nuestro ser a un «sistema» o a un «orden» que juzgamos superior? Si es así, ¿no ha exigido de nosotros ese «sistema»hasta cierto punto una clase de «demencia»? ¿Es la narrativa que poseemos real y ciertamente nuestra? Los sueños que tenemos, ¿son nuestros de verdad? ¿No serán visiones de otros que antes o después podrían convertirse en pesadillas? No somos capaces de eliminar el mal sabor de boca que nos dejó el atentado, ni de eliminar a los responsables de Aum. ¿Es así porque en realidad aún no hemos resuelto todas las dudas?” (Murakami, Tusquets, México, 2014: 442).
 
Es un cuestionamiento a fondo, desde luego, del sistema, del statu quo, del estado como monopolio de la violencia legal y legítima, sin embargo, aún en la búsqueda de una sana búsqueda del bien común se requiere una narrativa. Y esto tiene que ver con el tercer asunto, el de la reunión de expertos que buscan los elementos para confeccionar un indicador para medir la calidad de ese bien común, o de alguno de sus elementos.
 
Mi pregunta a ellos, en su nudo central fue esta: Aun en condiciones precarias, como se dio en los albores de la humanidad, cuando los primeros seres humanos se resguardaban al calor del fuego, ¿no preveían o intuían una narrativa, es decir, una historia del origen y destino de esa pequeña comunidad? Tomando en cuenta que en el origen de todo vínculo hay una cierta esperanza.
 
Por cierto, el año entrante en que habrá elecciones federales y locales, ¿qué narrativa prevalecerá y logrará la adhesión de la mayoría de hombres y mujeres asediados por la violencia, la inseguridad, la corrupción, la impunidad y la insensibilidad de las autoridades responsables de atajarlas, investigarlas y castigarlas? ¿Quiénes de los candidatos podrán ofrecer una narrativa convincente, realista y cercana? Ya veremos a muchos de ellos prometiendo el oro y el moro.
 
@Fidens17

 

 
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