El tejocote, olvidado
2017-11-30
El tejocote, olvidado

 

 

 

El tejocote, olvidado

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

 

Un fruto mesoamericano de características muy especiales, con bondades sobre la salud y coadyuvante de varias enfermedades traídas por los conquistadores y la fusión de las razas, parece estar perdiendo terreno en los nuevos paladares, los milennials poco conocen de la “manzana de indias”, “texócotl” le decían en náhuatl.

El fruto pasó a la vida cristiana bajo el nombre castellanizado de “tejocote”. A él se refirió Fray Bernardino de Sahagún en su “Historia de las Cosas de la Nueva España”, así: “Los árboles en que se hazen las mançanillas de la tierra se llaman

texócotl o texococuáuitl. Son árboles medianos y acopados. Tienen rezia

madera. El fruto de ellos se llama texócotl. Son amarillas y coloradas por de

fuera, y de dentro blancas. Tienen cosquecillos dentro. Son muy buenas de

comer”. Y ciertamente Sahagún tenía razón, además de las virtudes del fruto la madera es dura, resistente al agua y con ella se fabricaron siempre instrumentos de labranza.

Para los agricultores el árbol del tejocote significaba una cosecha segura a partir de agosto cuando empezaba a dar el fruto amarillo, con puntitos café, de sabor un tanto ácido, de pequeños huesos, empezaba a tener demanda en el mercado a partir de noviembre para los dulces típicos de conservas empleadas para las ofrendas, pero también con el tejocote se hacían mermeladas y ates con duración de varios meses y las tías abuelas del aventurero Zalacaín las recomendaban para aumentar las defensas ante la inclemencia de los fríos.

Toda una tradición era la espera de diciembre para empezar a comer los postres caseros, especialmente los tejocotes con guayaba y canela en almíbar, lo mismo se comían calientes o fríos, se trituraban sobre una torta partida a la mitad, sin migajón y tostada en un comal, o se agregaba la miel, el almíbar, a la leche caliente.

La otra razón de la espera era la llegada de las posadas, cuando las viejas ollas de barro, guardadas en el año luego de sufrir alguna rajadura, eran usadas para la fabricación de las piñatas. El papel periódico, el engrudo, el papel de china recortado en flecos, ayudaban a forrar la olla y hacer los cucuruchos para formar los picos de la estrella, siete en total, para recordar los “siete pecados capitales”.

Las piñatas se rellenaban de cañas, naranjas, colación, dulces de cáscaras de frutas confitadas, jícamas, cacahuates, y por supuesto tejocotes. Esas eran las piñatas de las vecindades, las comunes usadas en los barrios, cuando las figuras de Disney no eran sujetas de preferencia, y el cartón no había sustituido a la olla de barro, así, cuando el palo tocaba la piñata, sonaba a… barro rajado.

La abuela utilizaba las hojas de tejocote y los frutos secos, deshidratados, para hacer infusiones, le ayudaban a detener la artritis decía ella; la tía bisabuela a quien Zalacaín aún llegó a conocer usaba el tejocote para limpiar los dientes, mientras una vecina de la calle donde vivía de niño se lo daba a su marido para bajar el azúcar matutino, reflejo de su diabetes, y hablaba del tejocote con mucha alegría pues lo usaba para otras enfermedades como el asma de uno de sus hijos pequeños.

Ya de adolescente, Zalacaín se enteró también del uso del agua de tejocote para combatir los males de la próstata y el riñón.

Incluso recordaba un anuncio en un bar de Zacatlán donde se anunciaba infusión de raíz de tejocote para combatir la nefritis y la cistitis.

Pero en pleno siglo XXI, en este 2017, el tejocote cada vez se consume menos, las piñatas ya no se hacen de barro, las posadas han pasado a ser fiestas, reventones, dicen los jóvenes, y por tanto las nuevas generaciones se van alejando del tejocote, una de las aportaciones de Mesoamérica al mundo.

Un recorrido por el mercado donde el aventurero acostumbra hacer sus compras le sirvió de muestra, cada vez hay menos puestos donde la manzana de las indias se oferta, en esta temporada, finales de noviembre apenas alcanza los 22 pesos el kilo, su baja demanda hace prever a las marchantas una disminución aún mayor, llegará a unos 19 pesos el kilo, pues las piñatas de esta temporada decembrina ya no los tomarán en cuenta como ingrediente. Una tradición más se va perdiendo, pensó Zalacaín.

elrincondezalacain@gmail.com

Video en: https://youtu.be/Vvs7tPBMYjY

 

 

 
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