Bares II
2017-11-30
Bares II

Bares II

(Final)

 

 

 

Por Juan Daniel Flores

 

En Puebla hay bares casi para todo, pero cada vez menos variedad. Pluralidad le llaman en la democracia.

Bar, según lo que nos dice la Wikipedia, es un establecimiento comercial donde se sirven bebidas alcohólicas, no alcohólicas y aperitivos  para ser consumidos generalmente en el mismo establecimiento en un servicio de barra. La persona que atiende el bar suele estar de pie tras la barra, y en el mundo anglosajón se le conoce tradicionalmente con el nombre de barman o bartender (del inglés bar, barra).

La RAE es más concreta: Del ingl. bar 'barra’. Local en el que se despachan bebidas que suelen tomarse de pie, ante el mostrador.

 

 

En la época moderna es en la Gran Bretaña industrial donde aparece en el siglo XIX un nuevo tipo de lugar, llamado «pub» que viene de la abreviación de la expresión «public house», que se transforma en el eje de la vida social de los barrios obreros. El uso de la palabra se suele fijar alrededor de 1859. Estos locales son herederos de las tabernas romanas ubicadas en los caminos británicos para alimentar y dar de beber a las legiones, las que reaparecieron en el siglo XIV de la mano de las abadías productoras de cerveza aunque la más reconocida es la cervecería de la abadía de Weihenstephan, que data del año 1040. Existen antecedentes de haberse decretado en 956 por el entonces rey Edgar («el Pacífico») de Inglaterra una prohibición de existir más de una «Ale House» (casa de cerveza) por aldea. Fueron los antecedentes del mercado regulado del alcohol. https://elsecretodelexitodelosbares.wordpress.com/2013/04/28/el-origen-de-los-bares/

A partir de lo anterior podemos deducir que en un bar siempre habrá liquido revitalizante y estar de pie es condición sine qua non que se hace reiterativa al hacer el famoso 4, además de ser un negocio donde se tiene que llevar dinero para poder beber.

Bar: Del urbanis y callejero va, ahí nos vemos, ahí nos vidrios. sale vale, ahí mero chinga, ahí te caigo.

Entiéndase de entrada a un bar  como un espacio social y socializante, donde dejamos al personaje en casa o afuera amarrado en algún poste, para darnos al buen y poco lucrativo hábito de beber líquidos revitalizantes que adormecen el estrés y despiertan uno o varios egos. Si hay café, pues que sea con piquete.

En un bar hay tres elementos concretos de atracción: la cosa (producto), la atmosfera (ambiente) y la personalidad. De las tres el  tercer elemento  es fundamental. Sin estos tres me parece que sólo hay un expendio de alcohol y comida.

La personalidad dentro y fuera de un bar que aspira a ser llamado bar, se adquiere con estilo, tesón y concentrado sólo en el trabajo. Lejos de chismes bananeros entre bares.  El cuento de la liebre y el conejo es muy ilustrativo en este aspecto.

Un buen bar tiene en sí un espíritu etílico,  desmadroso y a la vez serio. El cantinero de un bar se distingue del Botanero en su presentación,  por lo regular es un poco más serio que el de los templos de la mojarra y la rocola, que también tiene su chiste sabrosón. A ambos los une su conocimiento de las pócimas que atemperan o exítan el espíritu y hasta curan la diarrea. Los une también su vocación casi innata por la palabra y el chacoteo.

La algarabía, las melancolías dentro del bar siempre generan un ser colectivo, un desmadre organizado, rara la vez es una reunión elitista o de exquisitos con master card y pose de herederos de Hernán Cortes. No olvidemos que la doxa de la “blanquitud” como supremacía racial, genera aún para muchos un entendido del orden natural de las cosas basadas en el pedigrí  más finuris.

“Hoy no fio,

mañana sí”

 

 

Por cierto, caminando encontré dos lugares que valen la pena en la Ciudad. Uno en el centro, por allá por la zona de las calles silenciosas y del Perro Rojo. Es un lugar pequeño y agradable con un color sobrio, aún con vigas y con un retablo en su cantina que pretende asemejar una botica. Sus mesas rusticas y su vista al mar del silencio de la calle le hacen a uno escapar de los días lunes. Unas masetas coquetas me recuerdan la vecindad donde muchos ilustres burócratas pipopes olvidan la cruz de su parroquia. Su música es de volumen medio y por lo general de rock. Suena bien, aunque el dj-cantinero no suele verse con muchas ganas de atender.  Se lo perdono. Suele pasarles a muchos trabajadores de la barra y la franela el llamado “mal del cantinero”.  Su mezcal no es malo aunque un tanto borrazcosso. Las papitas cambray no traicionan pero se acaban pronto en el peltre. Es un lugar ideal en días de lluvia aunque las sillas son incomodas, pero se disfruta la cerveza de forma tal, que dan ganas de irse a sentar a la barra y platicar con el cantinero aburrido.

El otro es un lugar oscuro, sin mucha lagrima en las paredes y con ambiente esnob y hipiozon. El lugar fue hace 25 años mi lugar preferido para tomar cerveza ya que era literalmente una cueva donde podías fumar, beber, besar y escuchar-ver a Los Caifanes, Santana, Queen y José José. Ahora sólo escuchas la fina selección del encargado con oídos esnobs, que cada mil años se acuerda que eso es un bar y no un espacio cultural en espera del reconocimiento del INBA. Cuando el mesero recuerda que eso es un bar, va sin prisa alguna a hacer el favor de visitar a sus clientes. Esa manía que tienen algunos del volante izquierdo de odiar a los de centro-derecha, pero esperar a la vez  sus reconocimiento y sus dadivas. No está nada mal el lugar, su carta es completa en comida y bebida digna de cualquier universitario hijo del neoliberalismo (millenias).  El pulque en jarrito y las hamburguesas de a 70 varitos. Que perversión tan más locuaz y sabrosa: gringas con nombre de alemanas y líquidos de maguey en boca de acólitos del Buchanans. En fin, el lugar es una bella cueva y uno de sus privados me recuerda en mucho a la sala de la abuela. ¡Chingón! El Dj intelectual ha puesto un sountrack de Linch.  Lo malo es que no me amarraron las manos y suelo perderme donde no, en ese bar.   

Bar: sitio,  inmueble, lugar, que aspira desde una personalidad gastronómica a formar parte del gusto del que lo visita y de modo gregario, situarse en la preferencia de una comunidad o sociedad formando parte así de la identidad y la historia social y etílica de un pueblo. He dicho. De vez en cuando me sale lo sociólogo.

Definir a un bar en términos morales, moradores y moralinos significaría, en términos específicos  y amplios, ser un tonto de capilla, un alcohólico sin medalla o un transeúnte de golpe de pecho y doble cartera. Explicarlo sólo en términos de la historia y la antropología, es parte de la justicia que merece una ciudad como esta, ya que el transcurrir de un bar va más bien de la mano con la identidad de una pueblo, con su cotidianidad, con los amoríos de los trabajadores y los engaños de alcoba, con la diaria vida de paredes oscuras y música aleteando por mesas y botellas vacías. Con la vida de quienes allí trabajan.

Quizá por ello ya no hay bares. La gente impone otras formas de divertirse que distan mucho de tener que ver con el encuentro, la trama y el cotorreo. En los bares, ya no está la palabra como mediadora y laxante de las continencias sexuales y el estrés colectivo; ahora hay pantallas para ver el fut (que por cierto ni goles hay),  un chingo de decibeles y todo el tiempo sonidos con letras que hablan de dominio, venganza, chingo de odio y sexualidad sin erotismo,  sin faltar las caguamas que, como arte objeto de culto, ya no son sino artículos de competencia fálica entre cornamentas machines de universitarios que cada 15 esperan que papi les deposite pa´la peda.

Ahora hay, los mal llamados Antros. Lugares que tienen una significación menos simbólica en su estructura material, historia y servicio. Por lo regular son grandotes o medianos, con la música de moda, eso sí con muchos decibeles. En este sentido sólo basta a esos lugares poner un barra, mesas, sonidos, bebidas y meseros o meseras, preferentemente. Todo esto muy caro o muy barato, no importa. Incluso puede estar atiborrado por meses o por años, pero sin personalidad. Mucha promoción, mucho ruido e incluso muchos espectáculos pero sin esencia, sin un olor claro y concreto que lo defina y lo distinga.

Parte del alma de un bar es el sonido que rebota en las paredes. Si ese sonido es monótono, estridente y mecánico, es seguro que buscara su reflejo proporcional en los comensales. 

¿Qué fue primero? ¿El huevo o la gallina? ¿El sonido estridente o el público que lo pide?

Es una asociación lasciva y grotesca. Ese moderno desprecio por el silencio y ese miedo juvenil por la soledad, por la interiorización ¿Para qué les sirve un bar a las personas?  ¿Cuándo y en qué momento los bares pasaron a ser templos de la estridencia? ¿Cuál es la moda ahora en Puebla?

“No tenemos WiFi pero

hay cerveza que hace la comunicación

más fácil.”

 

Hoy, cuando las personas, comensales y borrachos buscan lugares donde seguir siendo exitosos, el bar puede, en casos contados en Puebla, ser un simple lugar para escapar de la rutina y del tedio, un lugar donde el discurso del éxito en lo sexual, en lo político, en lo religioso o en lo educativo no nos alcance. El bar puede seguir siendo para alguno, el lugar del fracaso, el lugar del simple encuentro. Por eso, quizás, ya no hay muchos que pueden ser llamados honrosamente bares. Porque de entrada todos quieren ser exitosos: los dueños y los clientes.

“Miren, aquí pal´face tomando en la…”

“Alitas + Chelas sólo para conocedores, el mejor lugar para ligar”

Recuerdo ahora a Latappi (padre), en una conferencia de educación para universitarios hablando de que la idea de la excelencia es una contradicción en sí misma en las universidades. Somos seres en construcción, no entes perfectos.  Encontrar un espacio donde no se nos pida wind card, cedula o fe de bautizo, va siendo cada vez más difícil. El bar, con todo y sus precios, aún tiene la esperanza de ser un bunker donde  se puede estar a salvo de tanta normalidad. Esto, por supuesto, no exime que, de tanto escapar y de tanta anti-normalidad, te conviertas en una mosca de excusado de bar.

 

“Los escritores de baño,
son poetas de ocasión
que buscan en la mierda
su fuente de inspiración.”

 

 

Disculpe usted querido lector que me ponga romántico conventual a mis 82 timbiriches, pero es que no se vale que negocios que se esfuerzan por continuar siendo locales que aspiran a bares, restaurant-bar, cafés-bar o pulquerías con café light, se vean superadas por piezas grandotas con excusados puercos, cochinos y marranos donde cachetones y cachetonas sólo buscan perderse entre una de Maluma y otra del grupo Marrano. Empedarse nunca había sido más aburrido, anacrónico e incluso tan peligroso como hoy.      

Los buenos bares buscan sobrevivir a muchas cosas: a la renta, a protección civil, al fisco, a salubridad y la botella de regalo, a bomberos, al “¿hay cover?”, los franeleros, al Ayuntamiento en turno, a los sueldos, a los gasto de insumos, a las mentadas de madre de los que piden fiado o de los que piden la caminera 5 veces más. Pero sobre todo y por encima del todo, al mal gusto que infesta el valle de Cuetlaxcoapan.

La influenza, la prohibición del tabaco, las mocherias del gobierno en turno, los malos empleados, el mal gusto, la pésima música, el detrimento del poder adquisitivo, las bebidas adulteradas, la competencia entre baresitos y esta pobreza cultural de imitar lo gringo y aparentar eso que no somos, y que ha caracterizado a nuestro país desde hace más de 30 años, ha contribuido a ya no buscar bares sino expendios de alcohol y algo para tragar. El caso es desfigurar el ser, divertirse al máximo, ligar: “Divirtiéndonos hasta la muerte” como dicta el trabajo de Postman acerca de Huxley.   

Llego a este bar y pido un luz y sombra (me importa un carajo que el cantinero “Changoleón” haya dicho que es sol y sombra); me siento cual puta de los 40´s en una mesa a beber brandi, tiempo y fernet.  Ya no me bebo a “La Perica” y al “Maria Candelaria” de un sorbo, ni pido el quinceavo ron con coca. Es tiempo de los coñacs, de los besos lentos, de buscar la penumbra entre sus pechos de bar.  Es tiempo del año solar, del vino nuevo en odres buenos.  Es tiempo de pararse en la barra y servir un café con piquete.

.

 

 

…porque solo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.

 

 

 

 

 
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