Meade, la ilusión óptica en el desierto
2017-11-30
Meade, la ilusión óptica en el desierto

Meade,

la ilusión óptica en el desierto

 
 
 
 
 
 
 
 
Por Fidencio Aguilar Víquez
 
 
En medio del desierto en el que parecer marchar el país (violencia, inseguridad, corrupción, impunidad, apoltronamiento de las mafias del poder y sus correlativos efectos: un sociedad desigual, capturada, secuestrada, sometida, manipulada y corrompida en algunos de sus intersticios más vitales), aparece José Antonio Meade, no como el mesías salvador que todo lo purifica con su sola voz, sino como lo que en realidad es: una ilusión óptica.
 
 
A las razones a que ha aludido Denise Dresser en su artículo de esta semana en el Reforma, y de otros observadores distintos del coro de pájaros (cuyas razones son sus gargantas, Octavio Paz dixit) yo añadiría –además- algo básico y lógico: Ni con sus conocimientos técnicos ni con su honestidad pudo detener el endeudamiento general del país ni el aumento inflacionario en el lapso en que fue servidor público, en una palabra, lo que ha generado varios millones de mexicanos en condición de pobreza: de 46 millones que dejó el PRI en 2006, a los más de 53 millones que dejará el PRI en 2018.
 
 
No es un asunto de carácter personal, aunque sí lo supone. Y una de dos, o actúa con suma ingenuidad: “Háganme suyo” (en cuyo caso denota que se pone al servicio de los grupos políticos más representativos del viejo régimen y del viejo y anquilosado PRI), o bien, suponiendo que durante los veinte años haya madurado en sus habilidades políticas, resulta que -para quienes lo han elegido- representa una garantía no sólo de su victoria (según piensan ellos) sino sobre todo del cuidado de sus espaldas. Y me parece que más bien es esta segunda lectura: no es un ingenuo, sino un hombre que sabe con exactitud a qué se compromete cuando pacta con los grupos de un partido y de un gobierno con una peculiar forma de entender y de hacer la política: como un patrimonio de grupo y personal, precisamente, patrimonialista y clientelar. Esa es la gran diferencia y lo radicalmente distinto que resulta entre el pacto de Meade con el PRI, y el que hubiera sido entre Meade y otro partido u otros partidos. No son lo mismo.
 
 
Y si miramos a los líderes priístas, los sectores obrero, campesino y popular, los líderes clásicos y hasta el expresidentes Salinas, es decir, toda la corte priísta, la anterior y la posterior, la vieja y la nueva, podemos apreciar, más que su disciplina su franco interés en que se cierre ese pacto, ese acuerdo: Al “háganse suyo”, corresponde ya –e incluso previamente- un “por supuesto que eres nuestro”, y lo eres porque vas a defendernos, porque defenderás nuestras ideas y nuestra forma de hacer política. A cambio de lo cual, ¿qué quieres obtener? Ya nos lo dirás, ya nos lo plantearás.
 
 
Así pues, no creo ni pienso que sea un ingenuo, para nada; tampoco pienso que sea un títere –o que vaya a serlo- de esos grupos y de esos intereses. Por eso estoy convencido de que se trata, en el fondo, de una ilusión óptica, es decir, de una imagen no adecuada a la realidad, de una imagen engañosa. Insisto, no por él en lo personal, sino por la alianza que supone a todos los grupos que han hecho el tipo de gobierno y el tipo de política que han colmado a la gran mayoría de los mexicanos, precisamente el de las casas blancas, el de los negocios tras bambalinas y el de haber dejado al país en las condiciones en que se encuentra.
 
 
Si todo lo anterior es cierto, ¿tiene sentido lo que ahora “propone” en su cuenta de twitter en una entrevista que le hizo López Dóriga: “quiero gobernar en unidad, quiero gobernar sin divisiones, y quiero gobernar en un espacio en donde se sientan reflejados y reconocidos todos, porque esa es la forma en que se ha sido gobierno, el saber construir la pluralidad, el saber escuchar y el saber consensar.”?

 

 
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