La sopa de fideos
2017-11-09
La sopa de fideos

 

 

 

La sopa de fideos

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

¿Quién en su infancia no comió, por no decir devoró, la sopa de fideos?

La pregunta fue soltada en la mesa luego de haber tomado nota el mesero del restaurante de una “sopita de fideos” para el niño. Efectivamente, a los niños les encanta esa sopa, es la forma más común y sabrosa de llevar a la boca la pasta troceada, jugosa y melosa.

Al margen de la historia de los fideos, 4 mil años antes de Cristo en la zona del Río Amarillo, en China, la participación de Marco Polo constituye en sí misma una lección de la historia de la gastronomía.

Pero ese medio día el aventurero no habló de la historia de los alimentos puestos en la mesa, se refirió, nostálgicamente a esos momentos de cuando en su casa, su madre le preparaba la “sopa de fideos”. Ponía especial cuidado en el jitomate, en sazonarlo muy bien para restarle la acidez, a veces al freírlo lo probaba y si estaba muy ácido le agregaba una pizca de azúcar morena, con ello hacía bajar la acidez del jitomate frito, la base para recibir a los fideos y el caldo, si era de gallina, mejor, pues la sopa tenía más consistencia. Los fideos troceados se sumergían en aceite caliente para darle un punto de dorado, luego se sacaban y escurrían muy bien, mientras el recaudo se freía. A veces, la abuela le agregaba unas hebras de azafrán y entonces el aroma y el color eran un espectáculo al paladar y a la vista.

De pequeño había recibido un regalo de su madrina, quien después sería su gran maestra en el tema de los vinos, la gastronomía y sobre todo los viajes a Europa, con ella descubrió su afición a la buena vida.

Pues bien, relató el aventurero a sus compadres, aquella madrina, era muy viajada, casada con un diplomático, tenía acceso a recibir cuanta mercancía le viniera en gana. Y un buen día, la madrina consiguió un plato sopero inglés, la porcelana estaba montada en un aro de plata con un doble fondo y una perilla a manera de tapón en un lado.

El accesorio había sido adquirido en una tienda de antigüedades y se convirtió en un excelente regalo de cumpleaños para el niño Zalacaín. En el fondo tenía una escena de jinetes de caballos. Por el lado tapón se agregaba agua caliente y se cerraba, de esa forma la sopa servida encima se mantenía por mucho tiempo bien caliente.

Aquél plato acompañó al infante por muchos años, lo mismo servía para el caldo de pollo, las sopas de papa, codito, moñito, fideos, letras, etcétera. Pero el mejor recuerdo era con la de fideos, acompañada a veces con rebanadas de plátano fresco, otras con caldo de frijoles. Con los años la sopa de fideos se convirtió en uno de los alimentos más repetidos en la semana, lo mismo se hacía aguada o seca, a la aguada además del plátano o los frijoles también se le añadían rajas de chile en vinagre o chilpotles también en vinagre, sobre todo los dulces elaborados por la abuela, quien acostumbraba además de lavarlos y remojarlos en agua con sal, ponerles un toque de panela para ayudar a reducir el picor.

Los fideos secos se adornaban con rebanadas de aguacate, chilpotles en vinagre y queso añejo.

En la mesa empezaron a aparecer los platillos ordenados, al ahijado le llego su sopa de fideos y el niño puso cara de gusto, mostró un rápido deseo por probarla, por llevarla a la boca. Ese encanto de la sopa de fideos no es fácil encontrarlo en otras, tal vez sea, la relación de la comida con el amor materno, con el cuidado por darle de comer al bebé, algo, en el inconsciente vuelve a la boca cada vez cuando la cuchara lleva los fideos caldosos, melosos, sabrosos, ricos, resbaladizos y suculentos al paladar…

elrincondezalacain@gmail.com

Video en: https://youtu.be/cHd9LS-Fvwo

 

 

 

 
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