Los dilemas de Morena
2017-11-09
Los dilemas de Morena

Los dilemas de Morena

 
 
 
 
 
Por Carlos Ibarra Figueroa
 
 
Indudablemente Morena es un partido ascendente. Y un síntoma de ese crecimiento es el acercamiento  a sus filas de cuadros y militantes provenientes de otros partidos. Morena los ha aceptado porque está cumpliendo con la línea aprobada por su último Congreso Extraordinario del 11 de junio de 2017: alianzas con el PT, con militantes y bases sociales de otros partidos y con los más diversos sectores. Los efectos de esta política  han despertado descontentos e inquietudes en diversos lugares del país. Tengo evidencias de esto al menos en Puebla, Guerrero, Quintana Roo y Oaxaca. En los últimos meses en las ternas de prospectos de coordinadores territoriales elegidas por los consejos estatales y en las encuestas,  han aparecido como ganadores personajes ajenos y hasta adversarios de Morena.  Y esto ha provocado que una parte importante de la militancia esté muy incómoda. Para poner un ejemplo cercano, dirigentes altos y medios, coordinadores distritales, brigadistas de tiempo completo se preguntan: ¿Cómo le vamos a decir a la gente que Barbosa probablemente sea nuestro candidato? La cosa se complicaría aún más, si la pregunta se hiciera con respecto a figuras como Alejandro Armenta, Fernando Manzanilla o Nancy de la Sierra.  
 
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He aquí un primer dilema: Morena hace alianzas o no las hace. Al parecer, Morena necesita hacerlas para poder consolidar una mayoría electoral que haga imposible el fraude que ya se está fraguando  desde el gobierno. Necesitamos entre 8 y 10% de diferencia electoral y acaso necesitemos personalidades duchas y con recursos de diverso tipo en la movilización electoral. Y entonces viene el segundo dilema: aceptamos el concurso de estas personalidades pese al pasado político controversial y oportunista de buena parte de ellos o rechazamos su aporte. Estas personalidades vienen a Morena no  solamente por sus ideales de cambio, sino fundamentalmente porque el ascenso de Morena les abre puertas a candidaturas triunfadoras. Aceptar a todas estas personalidades con sus hábitos de baja política, implica un riesgo real de que al rato seamos como partido más de  lo mismo. No aceptarlas, implica negarnos a su aporte en la imprescindible acumulación de fuerzas que estamos haciendo.
 
Durante toda su existencia Morena y Andrés Manuel  han inculcado a los militantes y afiliados de Morena que al partido no se entra por candidaturas. Esto forma parte del ABC de la ética partidaria.  Vemos entonces un tercer dilema: Morena rechaza a personajes con redes y recursos para movilizar el voto porque claramente vienen al partido movidos por ambiciones personales o acepta tranquilamente como legítimas dichas pretensiones. Y al mismo tiempo mira con malos ojos a militantes de siempre, que también quieren candidaturas. El riesgo de tener un doble estándar moral está a la vuelta de la esquina. Los adversarios de Morena se han aprovechado de estos dilemas para atacarla. Si Morena a través de los consejos estatales busca cerrarle la puerta al oportunismo, entonces rápidamente aparecen los implacables calificativos de sectarismo y de un afán patrimonialista para las eventuales candidaturas. Si hay consensos para aceptar a personajes controversiales y oportunistas o las encuestas los favorecen, entonces Morena es calificado como el basurero de la clase política nacional.
 
Los dilemas anteriormente planteados acaso se resuman en uno solo: cómo hacer de Morena un partido capaz de hacer amplias alianzas para enfrentar a una mafia que busca ganar a través del fraude y cómo hacerlo, sin que a la larga no termine siendo un partido lleno de arribistas, oportunistas. De esos que se olvidan que lo fundamental es el cambio de régimen y la revolución de las conciencias.
 
He aquí el dilema,  Hamlet dixit.

 

 
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