¿Ofrendas... o calacas?
2017-11-02
¿Ofrendas... o calacas?

 

 

¿Ofrendas… o calacas?

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

 

La temporada de Todos Santos y Fieles Difuntos, además de las razones religiosas y creencias populares, siempre tuvo un amplio significado para la familia de Zalacaín. Cada año crecía el número de cirios o veladoras. Tal vez se conservaban siempre las mismas fotografías donde aparecían los familiares más viejos, quienes primero debutaron en el otro mundo. Si acaso, se agregaba alguna nueva de alguna persona muy cercana muerta en el transcurso del año.

Las ofrendas constituyeron para la infancia del aventurero una de las mejores experiencias en el terreno de la costumbre y la comida. La experiencia se iniciaba con la visita al mercado de La Victoria a comprar las llamadas flores de muerto, amarillas y moradas, el agua de azahar, el maíz azul, las calabazas, tejocotes, guayabas, zapotes negros, piña, panela, la pasta del mole, almendras, pepitas de calabaza, “hojaldras”, los “rosquetes” embadurnados de pasta blanca y coloreados con azúcar roja, los “encimados” de manteca, a veces encontraban el pan duro llamado “recortado” y por supuesto los “tlacotonales”, panes blancos de manteca en figuras humanas, y las calaveras de azúcar o de amaranto.

La compra se completaba con los cirios y las veladoras de “El Faro” donde la abuela compraba desde su llegada a Puebla y quien presumía de haber conocido a don Napoleón Gómez Chargoy, el fundador de la fábrica. Las tías acudían a comprarlas a la calle de la Fuente de Belén, luego de cruzar por el Mercado La Victoria y salir por la “Puerta de los Gallos”, para Zalacaín simplemente era la 6 poniente, pero ellas hablaban a veces citando los nombres antiguos de las calles de la ciudad.

Las canastas llenas de productos llegaban a la cocina de la casa del aventurero y empezaba el proceso para preparar los alimentos y montar la ofrenda. Las manos de las tías se movían ágilmente para ir separando los productos y ordenándolos para su preparación. Al aventurero le tocó de niño moldear con la pasta de almendra las figuritas de animales, frutas o sepulcros, tradiciones prácticamente en el olvido.

Con el maíz azul se hacía el “punchi”, un dulce propio de la temporada y muy demandado en la zona de Huaquechula; las mazorcas azules se desgranaban y molían y con esa harina se hacía una especia de atole agregándole azúcar, agua de azahar, a veces canela o vainilla y alguna de las tías le ponía un chorrito de leche. El cazo de cobre era el recipiente ideal para elaborar el punchi, meneándolo sin parar para evitar se pegara, una vez espesado se vaciaba en platones y se colocaba en la ofrenda.

Los tejocotes se pelaban y se mezclaban con las guayabas cortadas y se hacían en almíbar condimentado de canela. Otros dulces se hacían con calabaza, mezclada con piña, a manera del punchi, y también se extendía en un platón, y otra con zapote negro y adornada con pepitas de calabaza y ajonjolí tostado.

El protocolo de la ofrenda también tenía un sentido. El centro era ocupado por el personaje más importante de la familia y primero en haber fallecido, a sus lados los familiares más cercanos, debajo los descendientes, y así hasta el último nivel, el más pegado al suelo, donde figuraban las amistades o vecinos queridos por las tías abuelas.

Para los personajes centrales se encendía cirios y para los más lejanos o de menor importancia sólo veladoras.

Se agregaban además artículos personales, un dominó o la baraja con la cual se jugaba el conquián, los cigarros, La Carmencita, Faros, Alas, tal vez algún puro o la pipa del abuelo. El tequila, mezcal, brandy o cualquier otra bebida del gusto de los familiares fallecidos. A veces alguna prenda personal, un peine, un sombrero, una gorra también aparecían. Los huecos se llenaban con las flores amarillas y moradas, incienso, calaveritas de azúcar con los nombres en la frente, o de amaranto, más difíciles de conservar.

Los tamales especiales de Todos Santos también se agregaban a la ofrenda, en casa de la abuela se hacían unos pequeños, rellenos de ayocotes refritos con hoja de aguacate.

Zalacaín debía esperar los días de la ofrenda, no se podía tocar nada, no se podía comer nada, hasta la llamada “levantada de la ofrenda”, cuando entre los familiares y vecinos se hacía el intercambio de los alimentos ofrendados a los muertos y cuyos espíritus habían llegado al conocer los olores de su comida y reconocían la entrada por las flores de cempasúchil deshojadas para marcar el camino.

Zalacaín recordó todo ello al hacer el recorrido de las ofrendas en la ciudad de Puebla, colocadas en edificios públicos donde los principales componentes habían desaparecido, se limitaban a colocar esqueletos y calaveras de cartón, vestidos con alguna ropa para identificar su actividad; ahora son más como culto a la muerte, al esqueleto, a la catrina, se han olvidado de los seres queridos, pensaba el aventurero.

elrincondezalacain@gmail.com

Video en: https://youtu.be/r370M1G6t3U

 

 

 
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