La muerte de Mara Fernanda no queda sin sentido
2017-09-17
La muerte de Mara Fernanda no queda sin sentido
La muerte de Mara Fernanda
no queda sin sentido
 
 
 
 
 
 
 
Por Fidencio Aguilar Víquez
 
 
 
Nada hay más serio, más profundo, más doloroso, que la muerte de una persona. Ni más dramático, trágico y patético que cuando esa muerte es violenta, con saña y cometida por un ser humano que ha borrado en sí toda huella de humanidad,  luego de consumar una fechoría ruin, baja, deleznable. Tal ha sido la muerte de Mara Fernanda Castilla.
 
El día de hoy en diversas partes del país, jóvenes, familias, mujeres, hombres, universitarios, estudiantes y muchas personas más marcharán y se manifestarán para solidarizarse con las víctimas -y sus familias- de la violencia que ha desbordado la acción de las autoridades y de los responsables de garantizar la seguridad y la vida digna de los ciudadanos. Puebla no es la excepción y, más aun, el ambiente de inseguridad ha crecido y pone en riesgo la estabilidad y la convivencia pacífica de los poblanos. Las autoridades están obligadas a escuchar esta voz de indignación, de malestar, de rabia y de justo reclamo; de no hacerlo están exponiendo a la sociedad misma al arbitrio y la feroz violencia del crimen común y del crimen organizado que se han adueñado de los espacios públicos.
 
La sociedad ha aprendido con la muerte de las víctimas y la de Mara Fernanda que no puede quedarse callada, que es preciso salir a la calle para hacerse oír: justicia y paz. Porque queremos que haya estado de derecho y que haya paz. Que no quede un solo crimen impune y que podamos salir sin temor a la calle, a cualquier hora del día y de la noche, y que nuestros jóvenes, varones y mujeres, puedan estar tranquilos sin ser molestados y los padres de familia estemos tranquilos con la seguridad de que nuestros hijos irán y retornarán seguros a estudiar y a divertirse.
 
En esta ocasión quiero considerar a los familiares de Mara Fernanda. Sus padres, sus hermanas, su familia, no volverán a ser los mismos y siempre quedará la pregunta sin responderse del todo: ¿Por qué? ¿Por qué ella? Y quizá si nosotros estuviéramos en esa situación estaríamos igual de desolados, desconsolados, desechos, destrozados, máxime al imaginar ese final inhumano, y al suponer que no hubo una mano que lo impidiera. Cualquiera de nosotros en esa condición no volveríamos a ser los mismos. Quizá el recuerdo dé lugar a la impotencia, y ésta al deseo de venganza y al resentimiento. Eso podría pasarnos a nosotros si estuviéramos en los zapatos de ellos.
 
Si los miráramos a los ojos, y ante sus preguntas fundamentales: ¿Por qué ella? ¿Por qué no hubo una mano que impidiera el crimen? Ante ellos, ¿qué podríamos decirles? ¿Tiene sentido la muerte de Mara? A los ojos meramente humanos es difícil encontrárselo. Pero si miramos con otros ojos, con otra mirada, con esa otra óptica que da la fe, la vida del espíritu, si miráramos ese otro mundo que se da en el mundo –en este mundo- con los ojos de la fe cristiana, entonces, cambia todo.
 
Cambia el significado de lo trágico, no se quita lo trágico pero sí se renueva su significado, su sentido, su fondo. En medio de la tragedia de Mara Fernanda, en medio de su soledad completa, Él –Jesús-, ahí estaba, sufriendo con ella, por ella, en ella. Ella con los ojos de la fe, en la oración de la comunidad de fe, en medio de la violencia extrema, acaso –como dijera el capellán de la universidad en la misa por ella- haya expresado con su corazón las palabras del salmista: «Aunque camine por cañadas oscuras, tu vara y tu cayado me sostienen». O bien, como se leyó ese día, y como explicó el mismo ministro, cuando estaban los dos ladrones crucificados con Jesús, sufriendo y padeciendo con Él. Uno le recriminaba, le reclamaba, sin ver todo el significado de la situación, encerrado en sí mismo. Y el otro, siendo consciente del misterio de la existencia, luego de corregir la perspectiva del otro le dice al Señor: «Señor, ¡acuérdate de mí cuanto estés en el paraíso!». ¿No pudieron ser esas las palabras de Mara en el fondo de su corazón, en lo hondo de sus entrañas? Sólo con los ojos de la fe se puede ver esa otra realidad. Y claro, la respuesta de Jesús: «Yo te aseguro: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso».
 
Si esto que la comunidad cristiana mira con los ojos de la fe también lo miran los padres de Mara Fernanda, y los demás miembros de su familia, si imaginan que realmente eso fue lo que ocurrió, si suponen y si están convencidos, más bien, que eso fue lo que verdaderamente pasó, esas palabras deben llenarlos de consuelo: «Yo te aseguro: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». La muerte de Mara Fernanda nos muestra este rostro, esta cara de la existencia –la real, la seria, la profunda-, y entonces cobra significado y, como todo lo bueno, rinde su fruto: mostrarnos que ni uno solo de nuestros cabellos se perderá.

 

 
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