La poesía nos muestra lo que somos: Octavio Paz
2017-09-03
La poesía nos muestra lo que somos: Octavio Paz

La poesía nos muestra

lo que somos: Octavio Paz

 

 
 
 
Por Fidencio Aguilar Víquez
 
 
 

Octavio Paz, como bien sabemos, es el único mexicano que ha ganado el premio Nobel de Literatura en 1990. Fue ensayista y poeta, sobre todo poeta, aunque también ensayista. Yo creía que las dos obras principales de nuestro autor eran, por un lado, con cierta perspectiva histórica, incluso confeccionando una filosofía de la historia, El laberinto de la soledad, y, por el otro lado, El arco y la lira. Pensaba yo con cierta ingenuidad, que ahí estaba resumido Paz, el ensayista y el poeta, y creí que con esas dos obras lo conocería suficientemente. Pero descubrí que, en realidad, son las dos puertas para entrar en su laberinto, en sus avatares, en sus caminos de búsqueda, de encuentros, desencuentros y nuevas búsquedas, incluso en sus abismos como bien lo consigna en el poema “Pasado en claro”:

 


 

Oídos con el alma,

 

 

pasos mentales (…)

 

 

que la memoria inventa y borra: (…)

 

 

dentro de mí los pasos pasan (…)

 

 

el sol abre mi frente,

 

 

balcón al voladero

 

 

Dentro de mí. (Paz, 2014: 301)

 

 

 

 

 

Descubrí, entonces, que ante todo Paz fue poeta y, ahora mismo, sigue siendo uno de nuestros principales poetas, ya no sólo nuestro sino de la humanidad. En el discurso de recepción del premio Nobel, Paz compara la modernidad con esa crisis que nos coloca, precisamente, en ese «balcón al voladero». Desde luego en ese discurso señala cómo la idea de progreso y de futuro –dos de los grandes soportes del pensamiento moderno- no sólo están en crisis sino que ya no suscitan siquiera esperanza. Los desastres del siglo XX, las guerras, la bomba atómica y los campos de concentración denotan ese derrumbe de las grandes esperanzas modernas. Y eso deriva en ese «balcón al voladero». Pero no sólo en ese aspecto de los acontecimientos históricos, sino que la modernidad, como ese balcón, también se da «dentro de mí»:

 

 

Leamos esa parte donde –en aquel 8 de diciembre de 1990- Paz señala que la modernidad, en el fondo, se encuentra en sí mismo:

 

 

 

 

 

En mi peregrinación en busca de la modernidad me perdí y me encontré muchas veces. Volví a mi origen y descubrí que la modernidad no está fuera sino adentro de nosotros. Es hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer. (…) Perseguimos la modernidad en sus incesantes metamorfosis y nunca logramos asirla. Se escapa siempre: cada encuentro es una fuga. La abrazamos y al punto se disipa: sólo era un poco de aire. Es el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna. Queremos asirlo vivo pero abre las alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia. (Paz, 2014: 24).

 

 

 

 

 

En ese contexto, el marco de nuestra reflexión es, por un lado, la modernidad, esa que surgió con tanta fuerza y esperanza pero que hoy se encuentra en el suelo, en la crisis. Por otro lado, y esto no de olvidársenos, están las motivaciones del personalismo. En efecto, cuando Emmanuel Mounier lanzó el «Manifiesto personalista», más allá de las diferencias de pensamiento y de posturas políticas, lo que buscaba era preservar lo esencial, salvar lo esencial, las personas, la comunidad. Y es lo que, en ese discurso que Paz pronunció al recibir el Nobel, señala como el «otro tiempo», el verdadero: el tiempo de la persona y de la comunidad, que es el tiempo presente, o mejor dicho, el tiempo de la presencia de la persona, que también es el otro, la otredad, la otra orilla.

 

 

 

 

 

El propósito de esta artículo es mostrar las imágenes antropológicas en la poética de Octavio Paz. Por imágenes antropológicas entendemos las alusiones a los rasgos, caracteres, expresiones y/o referencias de lo humano –o del sujeto humano- en los diversos poemas de nuestro autor. Todo aquello que tenga que ver con el ser, el modo de ser y la forma de hacer del hombre (entendido este término en su acepción clásica de esencia, consistencia y existencia humanas), suscita imágenes que lo dibujan y expresan. Un ejemplo de ello se muestra en uno de los poemas que componen La estación violenta, intitulado “Himno entre ruinas”, donde se lee en los últimos versos:

 

 

 

 

 

Hombre, árbol de imágenes,

 

 

Palabras que son flores que son frutos que son actos. (Paz, 2003: 19)

 

 

 

 

 

Como se aprecia en el primer verso citado, hay una clara referencia al ser humano, a su esencia y a una atribución especial: su imaginación, y más, el uso de una imagen –la del árbol- que potencia su capacidad humana de generar y de proyectar lo que produce propiamente la imaginación: imágenes. Y las imágenes siguen una referencia y un ritmo propios del manejo del poeta: su traducción en términos y palabras. Los poemas, desde luego, son hechos verbales, pero aquí las palabras, que son también expresión de otra realidad humana, mejor dicho, otra manifestación humana –y por tanto genera dicha manifestación otra imagen antropológica- se prolongan en la imagen del árbol; las palabras, como el árbol que representa al hombre mismo, son flores –el árbol produce flores- y son frutos, imágenes de los frutos del árbol, que en su sentido antropológico no son sino actos: actos humanos.

 

 

 

 

 

Ese rasgo antropológico del sujeto humano de poder emitir palabras y, por tanto, de comunicarse con lo otro y con el otro, es lo que hace de la poesía esa suerte de experiencia de encuentro multifacético –la experiencia poética- que Octavio Paz expusiera en un encuentro con universitarios respecto a la experiencia literaria, es la comunicación y comunión con el otro: consigo mismo –el otro que soy yo mismo-, el otro literalmente –el tú-, la experiencia suprema –la mujer- y la experiencia de la finitud –la muerte-. La otredad es en el Nobel mexicano una noción que suscita imágenes antropológicas que muestran lo que él mismo llama poesía de comunión. Es este momento sólo destaquemos esa culminación de lo otro en la condición de mortalidad:

 

 

 

 

 

De una palabra a la otra

 

 

lo que digo se desvanece.

 

 

Yo sé que estoy vivo

 

 

entre dos paréntesis. (Paz, 2003: 81).

 

 

 

 

 

Leamos cómo lo expresa el mismo Paz:

 

 

 

 

 

Las palabras se vuelven reflejos, sombras y niebla en andrajos. Sopla el otro y el paisaje se evapora: estamos de nuevo ante el papel, la mesa, la ventana. Percibimos entonces, casi como una sensación, nuestra mortalidad. La experiencia de la literatura es, esencialmente, la experiencia del otro: la experiencia del otro que somos, la experiencia del otro que son los otros y la experiencia suprema: la otra, la mujer. Pero en todas esas experiencias late, escondida, la otra experiencia: la de la muerte, el sabernos mortales (Paz, 2003: 81).

 

 

 

 

 

La otredad es, por tanto, esa experiencia que permite la interioridad, la comunión y la conciencia de finitud –de mortalidad-, pero también, y por ello mismo, la conciencia de tiempo, de historia: “La experiencia literaria no es sino uno de los modos de aparición de ese elemento extraño: el tiempo mismo que, en todos sus cambios, es el mismo tiempo.” (Paz, 2003: 86).

 

 

 

 

 

Octavio Paz habla del ser humano, de la condición humana, y lo hace como poeta: suscitando imágenes poéticas, metáforas, hechos verbales que conjuntan esto con aquello, realidades separadas en la vida ordinaria pero unidas en el lenguaje y en la imagen que crea el poeta. ¿Es más realidad aquélla –la de la vida ordinaria- que ésta –la de la imagen poética? Sí y no. Desde el lenguaje de la ciencia y desde el punto de vista de la filosofía, sí: no es lo mismo la realidad existente que su representación, una es realidad precisamente y otra es representación mental. Pero desde el lenguaje poético eso es posible: la imagen poética es más que la realidad, es otra realidad, es el otro lado –acaso el núcleo mismo- de la realidad: la verdadera y genuina realidad.

 

 

 

 

 

En el poema “El mismo tiempo”, escribe Paz: “En esta vida hay otra vida” (OC, 15: 85); y un poco adelante en el mismo poema: “Dentro del tiempo hay otro tiempo / quieto / sin horas ni peso ni sombra / sin pasado o futuro” (OC, 15: 86). La imagen poética, por tanto, denota otra realidad, otra dimensión, que no sólo es ficción, sino incluso auténtica dimensión, o sea, un aspecto de la realidad misma. Todavía más: puede ser un aspecto más hondo de la realidad que vemos y tocamos. Por ello la misma filosofía, cuando averigua los vericuetos de lo real, reconoce que son dimensiones especiales de la realidad, y lo mental, por tanto, no es menos que lo representado.

 

 

 

 

 

En El arco y la lira, cuando aborda el tema de la imagen, Paz reflexiona y hace un repaso de la metafísica occidental para señalar cómo ha estado sostenida por el principio de identidad y el de no-contradicción; pero esa tradición que se prolonga hasta la el pensamiento moderno, desde Heráclito hasta Hegel y desde éste hasta Husserl y Heidegger, tal metafísica desemboca en un solipsismo. De tal suerte que, tanto la poesía como el pensamiento religioso habían sido expulsados de la filosofía y de la metafísica, pero ahora, en virtud de ese solipsismo, vuelven a significar algo: que la realidad es más amplia que las categorías racionales. Y ahí, de nueva cuenta, las imágenes poéticas cobran relevancia y se cumple eso de que la “poesía revela este mundo; crea otro.” (2008: 13).

 

 

 

 

 

En efecto, la imagen, al mismo tiempo que muestra la unidad multidimensional de la percepción de las cosas –su sentido-, “contiene muchos significados contrarios o dispares, a los que abarca o reconcilia sin suprimirlos.” (2008: 98). De esa suerte, en la imagen poética las piedras pueden ser ligeras como las plumas: pueden incluso ser las mismas plumas y adquirir su ligereza.

 

 

 

 

 

Hay un punto en que esto y aquello, piedras y plumas, se funden. Y ese momento no está antes ni después, al principio o al fin de los tiempos. (…) No vive en el reino de la sucesión, que es precisamente el de los contrarios relativos, sino que está en cada momento. Es cada momento. (2008: 103).

 

 

 

 

 

Esa identidad de los contrarios, donde lo uno es lo otro al mismo tiempo –gracias a que esa simultaneidad no se da en el tiempo sino en otro “tiempo”, en cada momento, puede darse en la imagen poética. En esa misma argumentación, Paz alude tanto a Hegel como a los Upanishad, ya que ambos llegaban a una identificación entre el ser y el pensar, entre lo uno y lo múltiple, entre lo real y lo racional, entre la nada y el ser. Ahí donde pensamiento y respiración se funden y confunden.

 

 

 

 

 

Pensar es respirar porque pensamiento y vida no son universos separados sino vasos comunicantes: esto es aquello. La identidad última entre el hombre y el mundo, la conciencia y el ser, el ser y la existencia, es la creencia más antigua del hombre y la raíz de la ciencia y la religión, magia y poesía. Todas nuestras empresas se dirigen a descubrir el viejo sendero, la olvidada vía de comunicación entre ambos mundos. Nuestra búsqueda tiende a redescubrir o a verificar la universal correspondencia de los contrarios, reflejo de su original identidad. (2008: 103-104).

 

 

 

 

 

Y nuestro autor se pregunta cómo la imagen (poética) puede envolver esa contradicción y resolverla: “¿Cuál puede ser el sentido de la imagen, si varios y dispares significados luchan en su interior?” (2008: 107). Veamos cómo resuelve la paradoja:

 

 

 

 

 

Las imágenes del poeta tienen sentido en diversos niveles. En primer término, poseen autenticidad: el poeta las ha visto u oído, son la expresión genuina de su visión y experiencia del mundo. Se trata, pues, de una verdad de orden psicológico, que evidentemente nada tiene que ver con el problema que nos preocupa. En segundo término, esas imágenes constituyen una realidad objetiva, válida por sí misma: son obras. (2008: 107).

 

 

 

 

 

Y todavía una característica más: “el poeta afirma que sus imágenes nos dicen algo sobre el mundo y sobre nosotros mismos y que ese algo, aunque parezca disparatado, nos revela de veras lo que somos.” (2008: 107-108). El poeta nos presenta algo real y hondo de nosotros mismos y de la realidad:

 

 

 

 

 

Recrea, revive nuestra experiencia de lo real. No vale la pena señalar que esas resurrecciones no son sólo las de nuestra experiencia cotidiana, sino las de nuestra vida más oscura y remota. El poema nos hace recordar lo que hemos olvidado: lo que somos realmente. (2008: 109).

 

 

 

 

 

La imagen rebasa, entonces, el sentido o significado de las palabras. Mejor dicho, se identifica con él: “el nombre y lo nombrado son ya lo mismo.” (2008: 112). Pero esto, lejos de desgarrar o escindir al ser humano, lo reconcilian. Sus contradicciones, por así decirlo, se resuelven, ahí, en la imagen poética.

 

 

 

 

 

Y el hombre mismo, desgarrado desde el nacer, se reconcilia consigo cuando se hace imagen, cuando se hace otro. La poesía es metamorfosis, cambio, operación alquímica, y por eso colinda con la magia, la religión y otras tentativas para transformar al hombre y hacer de “éste” y de “aquel” ese “otro” que es él mismo. (…) La poesía pone al hombre fuera de sí y, simultáneamente, lo hace regresar a su ser original: lo vuelve a sí. El hombre es su imagen: él mismo y aquel otro. A través de la frase que es ritmo, que es imagen, el hombre –ese perpetuo llegar a ser- es. La poesía es entrar en el ser. (2008: 113).

 

 

 

 

 

Pero ese ser tiene una peculiaridad, es una realidad que consiste en decir, en proferir la palabra, en formular el lenguaje, en denotar un peculiar hacer, que es el hacer del poeta. La poesía está ahí, presente y subyacente:

 

 

 

 

 

Entre lo que veo y digo,

 

 

entre lo que digo y callo,

 

 

entre lo que callo y sueño,

 

 

entre lo que sueño y olvido,

 

 

la poesía.

 

 

    Se desliza

 

 

entre el sí y el no:

 

 

     dice

 

 

lo que callo,

 

 

calla

 

 

lo que digo,

 

 

sueña

 

 

lo que olvido.

 

 

No es un decir:

 

 

es un hacer.

 

 

Es un hacer

 

 

que es un decir.

 

 

   La poesía

 

 

se dice y se oye:

 

 

   es real.

 

 

Y apenas digo

 

 

es real,

 

 

Se disipa.

 

 

    ¿Así es más real? (Paz, 2014: 319).

 

 

 

 

 

Esta imagen del ser del hombre como palabra, como lenguaje, lo muestra en su sentido: el significado que dice algo, que señala algo, que construye algo, algo nuevo, algo renovado, algo que nace cada vez que se pronuncia una palabra, como si por la palabra el ser humano comenzara a dibujarse, no sólo a las cosas, no sólo su espacio sino a sí mismo, su propio ser, su propio rostro, su propia imagen. Desde luego, la palabra abre el diálogo, el diálogo construye una comunidad, una conexión, una interconexión que genera una realidad nueva, una situación nueva, la polis, el espacio público, pero también el espacio interior.

 

 

 

 

 

Espacio interior de la persona, espacio exterior de la comunidad, de lo común. Persona y comunidad –las dos referencias del personalismo comunitario- están entrelazados, según nuestro poeta, por el lenguaje y su significado. Ello se ve con toda nitidez en el poema “Hermandad” con el que pretendo concluir:

 

 

 

 

 

Soy hombre: duro poco

 

 

y es enorme la noche.

 

 

Pero miro hacia arriba:

 

 

las estrellas escriben.

 

 

Sin entender comprendo:

 

 

también soy escritura

 

 

y en este mismo instante

 

 

alguien me deletrea. (Paz, 2014: 326).

 

 

 

 

 

Somos mortales, duramos poco, y las circunstancias no nos muestran sino la noche de la crisis, del no ver claro o del ver poco, a tientas. Mas levantamos la mirada y las estrellas nos muestran su misterioso significante. Sin entender captamos el sentido. Y descubrimos dentro nuestro la palabra, nuestra propia escritura. Alguien dice nuestro nombre.

 

 

 

 

 

Con ello Octavio Paz, desde Hispanoamérica, dice al mundo: Aquí estamos, somos latinoamericanos, iberoamericanos y podemos –con todas nuestras paradojas- mostrar que la persona humana tiene una dignidad misteriosa pero visible y que, además, somos una comunidad que quiere enlazarse para salvar lo mejor del mundo y de la historia, sin olvidar que somos algo más que tránsito. Comulga, pues, en el fondo, con las pretensiones de todo personalismo, de todo comunitarismo. Es, en tal sentido un personalista comunitario.

 

 

 

 

 

Bibliografía:

 

 

 

 

 

Paz, Octavio (2014): Lo mejor de Octavio Paz. El fuego de cada día. Selección, prólogo y comentarios del autor, Seix Barral, 1989; The Nobel Foundation, 1990; Planeta mexicana, 301pp.

 

 

 

 

 

Paz, Octavio (2008): El arco y la lira. El poema, la revelación poética, poesía e historia, Fondo de Cultura Económica (Lengua y estudios literarios), México, 3a. ed. 1972, 16a. reimp. 2008, 307pp.

 

 

 

 

 

Paz, Octavio (2003): Obras completas, 15. Miscelánea III. Entrevistas, edición del autor, Círculo de lectores / Fondo de Cultura Económica, 1a. ed. Barcelona, 2002; 2a. ed. México, 2003, 754pp.

 

 

 

 

 

[Texto leído en el Paraninfo del Carolino en el IV Congreso Iberoamericano de Personalismo organizado por la Asociación Española de Personalismo, la Asociación Iberoamericana de Personalismo, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla].

 
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