Descansar
2017-07-25
Descansar

 

 

 

 

Descansar

 

 

 

Por Juan Daniel Flores

 

Esa noche llovía fuerte. Las nubes gordas chocaban unas con otras cada que se besaban. No había entonces más que una cama pequeña y barata, un televisor, una estufa prestada y un techo de cuatro por dos.

Me abrazaste, tu cuerpo me cubrió todo, dejaste estacionada tu cabeza un largo rato sobre mi pecho. “Tú eres mi padre" Yo lo negué setenta veces siete como siempre.

Miraba detrás de la ventana como se caía el cielo y la manera brutal en que el viento azotaba las copas de los árboles. Como la fuerza de otras cosas ajenas busca necia y estúpidamente arrancar naturalezas contrarias, aunque no sean de su incumbencia. Lo irrelevante que son los deseos nocivos arremolinándose en la alcantarilla. Lo indefensa que es una ciudad como esta. Es natural tema mojarse uno contra el otro, pensé.  

Con tu cabeza en medio me fui a otros tiempos, en otras circunstancias. Me imagine en el centro de la ciudad.  Caminando debajo del sol de primavera que quema igual a rojos que a cristianos. La torre del Templo de San Francisco avisándonos que vamos perdiendo la identidad del barrio y que uno debe comportarse de manera distinta en el exquisito centro histórico.  San Francisco despidiéndose del hijo que entra al tedio de la escuela, la hilera interminable de autos justo en el tiempo del tercer beso y la carcajada.  

“¡Que jaladas!”  “¡Cuánto romanticismo añejo sin sueldo!” -exclamaste-   al tiempo que tu pequeña boca me cortaba el divague con un beso en la comisura. Me regresabas a la lluvia. Bebiendo tiempo y pobreza. Ganas del otro. Todavía alcance a pintar al Teatro Principal de flores y tararear una de Piero.

Otra vez me estoy poniendo cursi y he olvidado que debo escribir de la ciudad, de sus calles empedradas, de sus imaginarios colectivos, de su gente y de sus problemas cotidianos. Por eso ésta cama que rechina cuando te mueves, me recuerda que el deber de alguien como yo es sólo hacerte feliz. Ser menos yo. El yo mismo no importa cuando se tiene un día de descanso junto a ti. Ser yo mismo en una ciudad como esta es postergar el deseo individual en pos de la papa colectiva, la tuya y la mía.

Ser yo mismo, podría significar al menos hipotéticamente, ser un atleta de la escritura con harto tiempo para escribir, ser un intento de escribiente-lector, dejar de ser menos un melancólico esclavo de la rutina del “debo ir a trabajar”.  Ser uno mismo puede significar que yo ronque en tu pecho y no tú en el mío. Que te bebas mi cansancio del mundo y este amor borracho, la sabia de mi insomnio mientras tú duermes pensando en la inmortalidad del pellejo que va arrugándose con los años.

 

 

II

Vuelvo. Suele pasar que en una ciudad como esta de campanas y moteles, uno se quede dormido pensando, divagando, mirando como llueve detrás de la ventana.  Repasando las gotas que pintan el vidrio roto, contando los relámpagos, fumando recuerdos, escuchando de vez en vez tu respiración entre cortada por los fluidos atorados de tu nariz.

Dentro y a salvo de la tormenta en esta casa azul, uno tiene tiempo para olvidarse de los dioses de la intelectualidad, de los recibos por pagar, de la mierda del perro al salir, de la vecina que cada día pide la limosna para su ego, de los autos y los posgrados, incluso de los frijoles que uno deja en la estufa.

La ciudad le da a uno de vez en cuando treguas de horas, rara vez de meses. Hay cárceles, hospitales, sanatorios y escuelas para ello. No puede uno darse el lujo de pasar horas mirando tu ombligo de clitoridiana, contando tus lunares a besos, mirar  tu cara de gata enamorada. No hay tiempo.

Generalmente la ciudad y sus sicarios no tienen piedad. Hay que ir a trabajar, ir con la suegra de doble moral, pagar el cable, escuchar a fuerza las promesas de campaña, saludar a cabecitas obtusas  llenas de actitud y decir “buenos días ¿como esta?”, pintarse los labios en el transporte, una sonrisita por acá otra por allá, subirse al metrobus, mirarse al espejo, rasurarse el pubis, los recuerdos y la tristeza.

No hay tiempo para descansar, la ciudad no se detiene.  La rutina de alguna manera cumple con una función ominosa y poco reconocida: evitar que nos matemos antes de tiempo.   

- ¡Carajo! ¿Ya estás pensando otra vez en la muerte?

-¿Qué de malo tiene la muerte, la obesidad, ser trunco, puto, feo, viejo, naco, moreno, crítico, indio o ateo? ¿Por qué carajos debemos aceptar los condicionamientos estéticos del televisor, de la curadora de arte, de la que atiende en salchichoneria, de los que se autonombran alternativos de la cultura, del Papa y de tus amigas?

¿Por qué carajo le tenemos tanto miedo a las palabras en este país?

 

 

III

Te quedaste dormida.

La babita que sueltas cuando te quedas profundamente dormida me dice que el cansancio te ha vencido. Te perdiste el relámpago número seis entre el alcanfor y el eucalipto. Te perdiste los relámpagos más hermosos. Zeus estaba de fiesta. Aprovecho tu derrota y vuelvo por última vez a la ventana. La iluminada flor en una ciudad como esta que rara vez se detiene.

Que distintos eran los días de ron y mentolados. Cada noche en Los Sapos. Poetas negros, negros, como madrugada de luces amarillas en San Antonio; de besos detrás del zaguán de madera, de tu ardiente deseo que bebía mis pasos de azotea en azotea. Gatos negros ocultándose, pisando el techo de la vecina del número 10 de la 9 oriente. Era entonces navidad en Puebla y desde las azoteas se veían perfectamente las aureolas de los templos de Catedral, El Niño Cieguito, La Compañía y Analco. Era una noche esplendida.

Todo gato tiende a ser algún día de alguien, me decías. No quise reparar mucho en ello. Esas amenazas veladas que da el amor femenino mientras rasguña, son más bien expresiones del miedo a la soledad, temor de quien le quiere poner a todo un concepto, de quien quiere ponerle un precio a la noche que no le pertenece a nadie.           

Ha dejado de llover y mi mente no deja de beber del tiempo. Es como remar lentamente en la laguna de San Baltazar por humildes veinte pesos. Sigue ahora el olor a tierra mojada y la disonancia de tus ronquidos. Me paro por un sarape para cubrirte. Barca de sueños, luz temblorosa, víctima del tedio. 

Lo más probable es que cuando despiertes de tu huida ya no esté ahí esperándote, tengo siempre tanto que hacer, ir de aquí palla, además fuiste tú la que se quedó dormida. Tú lo elegiste.

Ahora debo llenar formatos estúpidos que no enseñan nada, cumplir con las ordenanzas burocráticas del señor Leviatán, preparar el disfraz que uso todas las madrugadas, beber largas horas de normalidad en el circo de los egos y las cornetas. Normalizar y normalizarme.

Tengo que irme al juego que todos jugamos en la bonita ciudad: nos imaginamos, lo realizamos, bebemos hasta el fondo la copa y al final nos despedimos. Quedarse como muertos, pasmados o muy mojados después de una tormenta.

Por ahora te acompañare a dormir sólo un poco, es un estupendo sedante que no dan ni las azoteas, ni los bares, ni las calles de la ciudad. Descansar por días, por meses, por años.  Quizás por eso padezca de insomnio, elijo no dormir. Deseo pensar en la ciudad que duerme en la cama, en los montones de razones que tenemos para habitarla, en los amigos que la hacen de enemigos, en las antenas con puntos rojos prendiendo y apagándose por la noche. Camino la ciudad mientras duerme.

Siento la ciudad despeinada, mojada, indefensa. Es hora de pasar de la ventana al mundo, es hora de mojarse los zapatos, de pasarse los altos y respirar profundamente, asumir que esto no soy yo, que ahí no estás tú, asumir los gritos y el cielo gris. Descanso también de ti.

 

 

 

Al final, a una calle del tedio de un lunes, voy cantando a mis perros de la reja unos versos de Neruda:

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

  Walking around

 

 

…porque solo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.

 
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