Gigliola y La Tasquita de Enfrente
2017-03-09
Gigliola y La Tasquita de Enfrente

 

 

 

Gigliola

y

La Tasquita de Enfrente

 

 

 

“No sé si mi mano podrá expresar

lo que mi corazón siente…”

W. Shakespeare (Romeo y Julieta)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

 

Madrid, España.- Nació un 20 de diciembre de 1947, debutó cuando la televisión aún era en blanco y negro, su voz, su persona, sus ojos, su peinado, su vestimenta, eran las de una chiquilla adolescente, inocente, romántica, quizá un poco sensual, pero jamás había llegado al descaro. Tal vez esos atributos y la letra de la canción escrita por Mario Panzieri le ayudan para triunfar en San Remo.

Verona era su ciudad natal, y al aventurero no dejaba de rebotarle siempre en la memoria relacionar a Gigliola Cinquetti con los amantes de Verona, con William Shakespeare y su Romeo y Julieta; las frases llegaban, así como así mientras escuchaba la letra de la canción, interpretada en español por la bella veronesa. Decía Romeo: “No sé si mi mano podrá expresar lo que mi corazón siente…” o aquella de “los enamorados pueden andar sobre las telas de araña que se mecen en el tibio calor del verano, así de leve es la ilusión…”.

La conductora del programa de radio del medio día entrevistaba a Gigliola quien dos días después se presentaría en el teatro Fernán Gómez como parte de una gira programada por Iberoamérica para recordar sus grandes éxitos, “A las puertas del cielo”, “Dios cómo te amo”, “La rosa negra”, “Tu bailas en mi mente”, y otras.

Pero los recuerdos de la adolescencia estaban resumidos en una frase: “No tengo edad”, la canción del éxito en San Remo 1964:

No tengo edad, no tengo edad,

para amarte y no está bien

que salgamos solos los dos.

 

no sé que más, no sé que más

puedo decirte, tú sabes ya

muchas más cosas

que yo.

 

deja que viva, este amor tan romántico

deja que llegue el día soñado

más ahora no.

 

no tengo edad, no tengo edad,

para amarte y no está bien

que salgamos solos los dos.

 

tal vez querrás, tal vez querrás,

esperarte que sea mayor y pueda darte

mi amor…”

 

La voz de una mujer a punto de cumplir los 70 años se escuchaba fresca por la radio y confesaba ante la pregunta de si tenía edad para amar: “¡claro que sí tenía entonces edad para amar… desde los doce años, por lo menos!”. El encanto de su confesión revelaba por demás está decirlo un juego de ingenuidad.

Zalacaín enfilaba al llamado “Triángulo de Ballesta”, esa zona comercial antes etiquetada con el desorden de las mujeres de la vida galante, hoy convertido en pujante por la llegada de varios restaurantes y talleres especializados en confeccionar tocados de mujer y algunos atelieres.

Hacía algunos años un exitoso funcionario en inversiones de bolsa había colgado la corbata y puesto un sitio donde la cocina de mercado era la referencia más importante. Conseguir mesa en Ballesta número 6 era bastante difícil, pero aquella ocasión Zalacaín corrió con suerte y estaría en mesa para dos en el primer turno “a las 2 menos cuarto”.

La Cinquetti seguía charlando en la radio: “Quería terminar la carrera de arquitectura, pero ni siquiera pude empezarla pues sólo concluí los estudios escolares, no se puede abarcar todo… La verdad es que sólo cuando era niña tuve ilusiones. Gradualmente fui comprendiendo que el mundo es diferente a cómo nos lo imaginamos. La vida no es únicamente cuestión de suerte: depende del carácter de una persona, de la capacidad de amar la propia vida, de los demás…", respondía.

Zalacaín dobló en la calle Desengaño y a unos pasos encontró Ballesta y “La Tasquita de Enfrente” el sitio puesto en marcha hacía unos 16 o 17 años por Juanjo López, hijo de “Gaona” quien tuvo la primera Tasquita.

La ausencia de Juanjo no le restó éxito a la visita. Unas habitas salteadas al centro, tiernas como la voz de la Cinquetti y apenas adornadas con una lámina de jabugo contagiado por un ligero calor de la plancha; luego apareció un Cardo Rojo, de temporada, le siguieron los Callos a la Madrileña, verdaderamente espectaculares y rebautizados como Callos Gaona y unas sublimes albóndigas de solomillo de vaca.

Apenas si hubo espacio para el cierre triunfal, una torta artesanal de Cañarejal, apareció frente a sus ojos sobre una lámina de pizarra con unas “regañás” a un lado, trozos de un pan tan delgado como una galleta y de sabor ácimo ideales para meter en la torta recién destapada, aquello fue sublime; la leche recién ordeñada hecha queso con un cuajo de flor de cardo madurada apenas dos meses daba un queso totalmente cremoso…

Llegaría el expreso y la cuenta.

La Cinquetti seguía resonando en la cabeza de Zalacaín… Una voz tan fresca a punto de cumplir 70 años.

elrincondezalacain@gmail.com

Video en: https://youtu.be/_IrOqSFeLC8

 

 

 
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