Labios mojados en brandy
2010-09-23
Labios mojados en brandy
Labios mojados en brandy Madrid, España.- El aventurero tardó un poco más de lo habitual en contar sus cuitas angelopolitanas, la proximidad de la celebración de la Independencia de México y un estado de ánimo en decadencia, le habían impedido acercarse al ordenador. Los amiguetes de la Villa habían incluso mostrado preocupación sobre sus mensajes, reducidos a entregas cada vez más separadas. Zalacaín se había distinguido siempre por su buen humor y ganas de vivir. Decía para sí mismo ‚“carpe diem ad infinitud‚Äù ‚Äìaprovecha el día al infinito- en clara alusión a no medir nunca el mañana. El grupo reunido en torno a unas botellas de Milmanda, hacía los honores a los caldos de don Miguel Torres Carbó, de quien Zalacaín había presumido alguna vez haberse sentado a su mesa en Vila Franca del Penedés. Protagonista como a veces solía ser, el grupo de amigos siempre puso en duda la versión, pero esta ocasión abrieron las botellas dejadas por encargo del aventurero para recordarle en momentos de nostalgia. Decía del caldo de los Torres ‚“me recuerda las viejas expediciones por los castillos del Císter, edificados para defender a los cristianos combatientes contra la ocupación árabe de las tierras ibéricas‚Äù. Los amigos habían descubierto en Zalacaín una tendencia a esos temas de las órdenes de caballería, a esas promesas de amor eterno y lealtad a toda prueba por la doncella a quien habían entregado su corazón. Ciertamente de joven viajó a los diversos enclaves del Císter, y la edificación en Poblet le había dejado maravillado; décadas después descubrió el nombre de Milmanda en referencia al cultivo de la uva Chardonay en esas tierras de alto contenido de pizarra, cuya impronta se notaba al momento de degustar el vino de los herederos de Torres Carbó. Las instrucciones de Zalacaín habían sido claras, habría de comprarse una buena porción de caviar de Río Frío con su amiga Malú en el mercado de San Miguel y consumirlo al lado del vino. Y así procedieron los amigos reunidos en torno a la ausencia preocupante del aventurero. Uno de ellos recordó alguna anécdota de Zalacaín, contada a propósito de su última experiencia en la zona del Penedés. Conoció a una chica de tez bronceada, ojos pispiretos, cara redonda, sonrisa a flor de piel, la simpatía y tono de voz transportaban a cualquiera de sus interlocutores a espacios donde la bondad del aprecio era el todo. La chica sólo consumía un poco de vino en largos espacios, sin embargo su conocimiento sobre el tema asombraba a todos, era capaz de describir los olores, los sabores, el impacto en la boca y el retrogusto de los vinos sobre la mesa. Contaba el aventurero haber escuchado a algunos de los presentes en la mesa ofrecerle un poco de brandy a la chica, de nombre Tecla, y ella sonrojada y con una reacción reflejada en los ojos, cautivaba con la respuesta ‚“¬°yo el brandy sólo lo uso para mojarme un poco los labios!‚Äù. La frase había sido acuñada del todo por el grupo interlocutor. Tecla se había portado como el niño Jesús ante los sabios del templo. Las copas fueron servidas, el Milmanda había llegado a la temperatura ideal, el caviar estaba sobre la mesa y unos blinis esperaban ser los acompañantes perfectos de la reunión. De pronto uno de los móviles de los presentes alcanzó un característico sonido, se trataba de una llamada de Zalacaín desde México. Todo mundo concentró su sentido del oído en el altavoz del aparato para intentar distinguir las palabras al otro lado del mundo. Extrañamente su charla fue breve, sus frases cortas, su tono de voz decadente, sin ánimo, se refirió varias veces al sentimiento de soledad y la pérdida de motivación para enfrentar una realidad inexplicable. ¬°Zalacaín sufre de depresión! Coincidieron todos. Teófilo, el más viejo del grupo, conocía mejor al aventurero, habían viajado infinidad de veces y fue él quien supo de viva voz de Zalacaín las razones verdadera por las cuales décadas atrás había abandonado la vida social activa y se había refugiado con los cartujos de Sevilla. Nunca jamás nadie escuchó las razones, sólo Teo, supo la verdad. Todos voltearon a mirarle luego de escuchar la débil voz al otro lado del Atlántico. Teo se esforzó por no mostrar ningún gesto delator, por el contrario, intentó desviar las miradas como diciendo con la vista ‚“una más de sus aventuras frustradas‚Äù. Sin embargo, luego de colgar, Teo preguntó si alguien había percibido en la línea telefónica otra voz, una especie de segunda persona atrás de Zalacaín. Alguno dijo ‚“sí, es cierto, se escuchaba como si alguien se lamentara‚Äù. Efectivamente reconoció Teófilo, Zalacaín seguramente estaría escuchando alguno de esos viejos discos de acetato con las poesías de Rafael de León, una costumbre asumida cuando el corazón del amigo se veía afectado por algún trastorno amoroso. Cada uno de los amiguetes empezó a dar su versión de la conversación, alguno asumió con exactitud: ‚“yo creo haber escuchado alguna frase como ‚“Y yo estoy muerto, sí, como una tierna rosa‚Äù. Los mayores, los viejos, reconocieron la parte de la copla: ‚“No lo sabe mi brazo, ni mi perna, ni el hilo de mi voz, ni mi cintura, ni lo sabe la luna que está interna en mi jardín de amor y calentura‚Ķ Y yo no estoy muerto, sí, como una tierna rosa o una gacela en la llanura, como una agua redonda en la cisterna o un perro de amarilla dentadura. Y hoy que es Corpus, Señor he paseado mi cadáver, de amor iluminado, como un espantapájaro siniestro. La gente sin asombro, me ha mirado y ninguno el sombrero se ha quitado para rezarme un triste padrenuestro‚Äù. Las miradas de todos se entrecruzaron, sin decir palabra, reinó el silencio y todo se hizo trago amargo del noble Milmanda. Luego las mismas miradas coincidieron en Teófilo quien tragó el vino y las miradas. ¿Algo le pasaba a Zalacaín? Sí reconoció el más viejo y leal de los amigos. Y empezó a contar‚Ķ jesusmanuelh@mexico.com
 
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