Una semana en aquel lugar
2016-03-31
Una semana en aquel lugar

 

 

 

 

 

Una semana

en aquel lugar

 

 

 

 

Por Carlos Galeana / @Caalgaba93

 

No sé por qué, pero ahí estaba, mirando los árboles de mango, escuchando a los pájaros cantar, observando la milpa seca, a los niños jugar y a los adultos caminar. A veces olía a tierra mojada. Los olores matutinos y nocturnos se quedan impregnados en la nariz y en la mente, son mágicos. Claro, cuando nos referimos a la leña que calienta la olla tiznada con café para tomar y a la tortilla hecha a mano para comer.

 

Bien dicen que los viajes nos hacen mejores personas y más cuando no los hacemos como turistas, sino como un habitante más. En el pueblo no había señal de celular, bueno, de pronto llegaba pero no sentía la necesidad de escribirle a alguien. Tampoco de saber que ocurría en el mundo; de hecho me enteré mucho después del avionazo en Rusia y de los ataques en Pakistán y Bruselas; también del oportunismo del presidente municipal de Puebla que los poblanos no escogieron, y que además nadie conoce.

 

Sonará trillado, pero a pesar que no había internet ni señal, siempre estuve conectado. Observaba el cielo nublado, escuchaba un “buenos días, buenas tardes y buenas noches” al caminar por las calles sin pavimentar. También escuchaba las historias de las personas. Algunos trabajaban cortando palma de aceite, otros trabajaban en casa, cuidaban ganado para vender o cosechaban maíz. En realidad el ingreso fuerte de muchas familias de la comunidad es gracias a la milpa; “este año casi no hubo porque no llovió”, era la frase que siempre repetían. Bien dicen que sin maíz no hay país y vaya que sí, cuando vives las 24 horas del día en su realidad, vemos que muchas familias sin maíz no tienen nada.

 

Por cierto, en el viaje no iba solo, iba acompañado por el tocayo Carlos de Torreón, Coahuila, “de dónde es el Santos”. Siempre decía esa frase para que las personas ubicàramos la ciudad, en caso de no conocerla.

 

En el pueblo había aproximadamente 600 habitantes, de los cuales menos de 25 eran de la religión católica, es más, mientras las otras religiones tenían sus templos, los católicos no. Fue raro pues esto también es México. El tema religioso lo debo contar aparte, tal vez en una nueva colaboración, ¿cuándo?, no sé.

 

Había algunas personas que también estaban apegadas fuertemente con la naturaleza. Con una sonrisa en sus rostros presumìan los árboles de afuera de sus casas, los kilos que pesaban sus cochinos y la cantidad de huevos que ponían sus gallinas.

 

“En la ciudad podrá haber muchos edificios, pero de qué sirve si están tirando todos los árboles, uno como el que tengo aquí en mi casa no lo va a encontrar allá”. Palabras más, palabras menos, fue lo que dijo Don Raúl. El mismo que nos decía que cuidaràmos al planeta pues es todo lo que tenemos.

 

¿Cómo contar una semana en menos de dos cuartillas?, no sé, creo que es imposible en este momento. Es más, no sé si estoy preparado para leer lo que viví, tal vez en los próximos intentos de columnas me atrevo a contar la historia de los niños y niñas con los que compartí. De lo que estoy seguro en este momento es que cuando compartes de verdad aprendes a ver la realidad desde el otro, el famoso tú eres yo y yo soy tú. Todo es recíproco, en pocas palabras, como dice la canciòn, entiendes que “la vida es un libro útil para aquel que puede comprender”.

 

Las emociones se han mezclado, ya mejor no seguiré, sólo para finalizar les diré que a veces cuando viajamos por las carreteras del país vemos cerros, plantíos y caminos sin pavimentar. Desgraciadamente por pretextos de tiempo o por la burbuja en la que nos hacen vivir olvidamos observar y sentir que sobre esas piedras y veredas también transitan personas, amores, odios, alegrías: también caminan muchas historias.

 

Nos leemos luego, nos vemos después.

 

“Quièn dijo que todo está perdido?

Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

 

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