Tiempo
2015-10-21
Tiempo

 

 

TIEMPO

 

Los invito a leer la realidad…

 

 

 

Por Juan Daniel Flores

 

 

La apuesta de la vida en niño, en joven, en anciano en la ciudad de hoy es una apuesta por el tiempo. Una narración de reloj.

Hora tras hora se van agolpando las citas, los desencuentros, las llegadas. Nos traga el colectivo uno a uno con todo y whatsapp en cada esquina, después nos vomita en otra esquina con la linda sonrisa precaria de que todo saldrá bien. Aunque sea lunes.

La apuesta de la vida en este cubilete de consumo urbano es una apuesta más bien del tiempo. Sin darnos cuenta otra vez estamos en el tiempo de las hojas secas y las veladoras, pero de un año distinto. Cumplimos una vez más la condición práctica de aparecer en escena con todo y nuestros colgajos, humedades y deseos. Nuestra precariedad, el amor, las circunstancias globales, la venta de calzado por catalogo, las lenguas viperinas y el sol butano también asistieron a pasar lista.

Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida. Nos dice Spinoza.

De cierta manera, aunque la melancolía o la pesadez en que un lunes o un jueves puede fumarnos con todo y colilla, esta melancolía no debería implicar derrota. Nada colabora más con esta muerte sistemática y con la homogeneidad alienante que vivir en la depresión constante, al menos de lunes a jueves. 

En este sentido ese estar todo el tiempo deprimido es solo una hoja de la daga en la ciudad. El otro filo es un tipo de alegría ficticia de oreja a oreja. De esas alegrías que contienen cosas pero deben aparentar otras, de esas alegrías que callan rencores profundos, que aterrizan en supuestas amabilidades institucionales o tradicionales.

Una alegría aparente que recorre el tiempo y trata de perfumar lo indefendible. Una alegría que dice “ya supérenlo, esos muertos, esos fraudes, esos grandes robos a la nación ya fueron, ya pasaron” “no sean resentidos”. De esas alegrías de escritorio y frases para reflexionar por la mañana que vociferan que todo va bien, que “el cambio está en uno”. Esos mismos pregoneros dicen:  “¿colectividad?” “¿relaciones horizontales? “¿Qué es eso?” 

Estos discursos recorren bares, escuelas, ruedas de prensa e incluso amistades añejas y sellan su amistad con un fuerte abrazo.

Si el totalitarismo es determinante en el desarraigo del hombre con respecto al mundo y lo sumerge en una profundización de la experiencia de la soledad,  vaya ironía en la que H. Arendt, resume la experiencia del hombre del siglo XX con respecto al aparato del orden sistémico. La soledad como condición básica de la segmentación de la polis.

Para que un ciudadano común y corriente padezca este sedamiento de depresión-alegría ficticia de lunes a jueves, es necesario antes haberlo diseccionado, cortar, amarrar o castrar.

En tiempos del neoliberalismo no es necesaria la violencia para realizar esta labor de alta programación psicosocial: solo hay que institucionalizar las demandas y controlar los flujos de los aparatos de información.

El resultado por supuesto es una soledad gregaria y una colectividad neurótica y deprimida. Claro nada nuevo bajo el sol, sin embargo ya el saberlo no nos alcanza, es necesario circularlo por todos lados haber si el muerto despierta.  

Tiempo, muerte y vida. Tiempo en reflexiones, apurando decisiones, fumando imaginarios.

En una ciudad como esta, tan del progreso y tan azul, en estos corazones gregarios que piden parada  en las esquinas, el equivalente tirano del tiempo es por supuesto la ansiedad y la apatía. En la vida cotidiana, en los flujos y reflujos sociales los corazones gregarios eligen solo apretar el botón, doblarse, refugiarse en la caverna. A veces ya no alcanza el alma y el auto lo dejamos en automático. ¿Cómo explicar tantas razones de lo subjetivo con tanta teorización y estadística?

 

 

 

 

El tiempo al final de cuentas nos alcanza como león a su presa, segundos después la sangre brota con la misma ansiedad con la que se alojo en el cuerpo pero ya sin residencia. La residencia de la vida al final de un jueves cualquiera no es sino la tierra. El sol también declina al final del día.

El péndulo de lo cotidiano cada día en la ciudad está cercado por la muerte, sea a la vuelta de la esquina o frente al televisor. Somos de alguna manera cada día una canción con un fin, un breve espacio como dice Milanes.  Irónicamente hay tiempo para todo menos para la muerte. Aunque pareciera que tampoco para la vida.

Vuelve a aparecer el reino de lo mediático con un camarada del brazo: el fatalismo. “Ya no hay nada por hacer, nada puede cambiar”. El miedo aun a aquello que no existe, a la incertidumbre, va convirtiéndose en una evocación de la muerte (el caso bíblico citado por Savater en su “Ética para Amador” de Esau y las lentejas lo dice todo). Pero en tierras como estas, la muerte-tiempo se “vive” con harto whisky, con música de banda y con harto futbol.

La buena vida como nos dice Savater no se trata de pasar el tiempo, sino de vivirlo bien, donde la linterna voluntad asegure sus pasos frente a la locura de una muerte en serie, a la locura de la depresión y las sonrisas Colgate.

Morir significa separarse de la comunidad, menciona Arendt. Somos en esta ciudad y un país como éste seres aislados que no se reconocen en el espejo, que esperan en su mayoría resignados y mirando el televisor en alguna parada de autobús un viaje que nos arroje fuera de esta ciudad.

 Entonces sin bolita mágica y sin ser Casandra pienso que la apuesta de esta temporalidad puede ser intentada en dos planos: apuesta por la creación. Solo en la reproducción de la vida y de sus significantes, en la natalidad de algo nuevo es como escapamos de la muerte (no solo en el sentido Arentiano) sino en asumirnos creadores activos  (vita activa), creadores de lo nuevo, inventándose razones en colectivo. Dejar de hacer por hacer, darle paso a la imaginación que nos permita salir del círculo vicioso del reloj, de la evocación de la muerte.

En un segundo momento como diría Anthony de Mello, un jesuita expulsado de su iglesia en los años ´70: “Estar despiertos”. Y reitero ese “estar despiertos” es y deberá ser siempre en plural, nunca en singular. No esclavizar la vida al tedio de la muerte. De alguna manera invertir las doxas de esa “vida alegre en singular” por una  vida alegre en plural de ser y hacer en este tiempo.

 

 

Sea.

 

 

 

…porque solo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.

 

 
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