Un auto y un posgrado ¿Y la educación? (II)
2015-08-26
Un auto y un posgrado ¿Y la educación? (II)

Un auto y un posgrado

¿Y la educación?

 

Parte II

 

Los invito a leer la realidad…

 

 

 

Por Juan Daniel Flores

 

De esta manera en la mayor parte de nuestro país como en Puebla nos perdemos en la pedantería, en la presunción académica. En la meritocrácia de intercambios internacionales a China y a la Conchinchina pero de una alta vergüenza local y nacional. Se presumen cifras y estadísticas cuando todos sabemos que los rezagos son históricos y “flexibles” de arreglar.

La ciudad late al ritmo de aquellos que ha formado en sus escuelas. Lo percibimos en las calles, en los antros, en los parques, en el transporte público. Ahí en la convivencia diaria se nota la camaradería, la cortesía, la solidaridad, la ética con la que tratamos al otro, al que no vive bajo las mismas condiciones materiales que aquellos que si se han educado. En la cotidianidad urbana lucen todos los grados en la cosa más simple: el trato con los demás. En la reproducción de la corrupción que criticamos de muy arriba.

 Para desgracia de todos lo que sobre abunda no es el respeto, efecto (se supone) de las interminables cursos de ética y valores, no es la camaradería o el análisis la que sobre sale en los ciudadanos en cosas tan simples como no dejar como un puerquero la avenida 5 mayo del Centro histérico cada fin de semana. Y no me digan que por esa u otras calles no caminan escolares,  universitarios o posgraduados. La realidad es que la educación brilla por sus ausencia en la ciudad porque no hay ciudadanos sino acaso transeúntes cuidándose de otros transeúntes. 

¿Cómo se mide entonces la ética de las habitantes egresados del medio escolar?

 Mientras tanto en las escuelas se aplica este y aquel modelo pedagógico, que si las competencias, que si las habilidades, que si el maestro ya no es maestro sino solo mediador, que si hay que dejar que el alumno construya su propio conocimiento, etc. Es como si la escuela y las universidades fueran ajenas a la dinámica social donde se destruye descaradamente el patrimonio histórico de la ciudad, donde miles de rechazados en las universidades públicas, donde la gente viaja como gallinas de rancho de sur a norte y de poniente a oriente entre otras lindezas de la poblanuche urbe. 

Habitamos la ciudad sin palabras, sin respeto y sin educación, pero con infinidad de estructuras escolares.

¿Cómo deambular por la ciudad sin miedo?

 

 

Quizá si en las escuelas de todos los niveles se perdiera el miedo a las palabras como: aborto, eutanasia, homosexualidad, sexo, suicidio, entre otras.

 Aun vamos por la vida escolar con los ojos vendados, metiendo la cabeza en tierra cada que alguien nos descuadra con alguna de esas palabras o con otras que nos marque el sacrosanto programa.

 El lenguaje no es un sistema cerrado, sino abierto, flexible.

El miedo como obstáculo a la enseñanza aprendizaje, el miedo como modo relacional con el vecino, con el transeúnte y con el otro en la ciudad.

Taparse los oídos y cerrar la boca es la práctica habitual de todo ciudadano que no quiere problemas. Y eso se promueve y legitima en prácticamente todo centro urbano educativo o no. Comenzando desde la familia. Normar a los individuos es tarea primordial en las urbes modernas.

¿Se forman ciudadanos habitantes de una urbe sin piedad, o solo individuos inmersos en  una cadena alimenticia escolar vomitados en la urbe después del toque de salida?

 

Creo que se nos están olvidando las simples cosas como ciudadanos: tener un auto para transportarse, tener un hijo para educarlo y amarlo, tener educación para relacionarnos, para transmitir el conocimiento, para transformar el mundo no para manipularlo; salir a caminar a la ciudad para conocer su historia, no solo para consumirla.   

¿Por qué solo enseñarles conceptos, cuando la acción motora del conocimiento debería ser el arrojo, el ansia, la incertidumbre? No hay que perder la  facultad de relacionarse con el otro, o como decía el subcomandante Marcos en una de sus visitas a Puebla en el Sindicato de los telefonistas: “Hay que privilegiar al oído”. Saber escuchar.

 

 

Es aquí donde no solo “nacen los líderes del mañana” dice la propaganda de esta o aquella escuela. Yo diría que es aquí donde es posible fundamentar otro entendido, el entendido del amor, de la imaginación, de la solidaridad, de la alteridad. Querer no es poder, querer es Ser en su sentido más filosófico y transcendente. Es importante nunca dejar de asombrarse, problematizar, sembrar en los jóvenes alumnos ganas de no quedarse en stand by.  El pensamiento es movimiento y   autonomía. Aunque es claro que existe una especie de “fetichización” de las condecoraciones o metas educativas (titulación), que es una forma de mantener la cohesión y la “paz social” por medio del merito. Sin embargo el desastre no se puede ocultar fácilmente: los sistemas de producción no han correspondido de manera igual en sus demandas de profesionales en el mercado laboral.

Ante la ominosa e indiferente realidad educativa, el joven alumno se presenta asimismo como una biopsia del tiempo que le toca vivir.

Entraran a clases sin duda con mochila, ipod y torta (si bien les va). Posiblemente lleguen en auto y sería perfecto que llegaran a efectuar un estudio de oficio o de posgrado que les haga ciudadanos felices. Pero, ¿Cómo conciliar el discurso del poder-competencia con el desgaste de una ciudad que nos dice todo lo contrario en sus calles, en sus servicios públicos, en el desmadre desorganizado que significan las magnas obras de los gobiernos de ayer hoy y siempre?

Un auto, un posgrado y una ciudad con miles de escuelas pero con pocos ciudadanos es lo que late en las periferias. Un auto, un posgrado y unos ciudadanos que se harán viejos en una ciudad que les tendrá la misma piedad que tienen ahora con sus ancianos en las calles.

Habitantes de pocas palabras, con muchas escuelas, de muchos autos y con una ciudad como esta que reclama lo que alguna vez tuvo: ciudadanos.

 

+ A la memoria del maestro, camarada y jefe Maestro Abel Domínguez.

A los Doctores María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera, Fabián Gerónimo Castillo, y Gustavo López Ángel por su apoyo de humanos y de universitarios.

 

 

 

 

…porque solo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.

 

 
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