Cuando fumar, era un placer
2015-08-15
Cuando fumar, era un placer

 

 

 

Cuando fumar,

era un placer

 

"

 

 

Te confío mi mujer y mi pipa;

te recomiendo mi pipa"

Paul Gavarni

 

 

 

 

 

 

Por Jesús Manuel Hernández

 

 

Muchos recuerdos invadieron la mente del aventurero Zalacaín al ir destapando una a una las cajas y fundas de paño o terciopelo donde se encontraban diversos instrumentos para fumar tabaco, comúnmente llamado "Pipas". Los recuerdos sólo eran superados por los olores a tabaco alojados en la "encostradura" de la "cazoleta" también llamada "Cabeza" o "Tabaquera" pues ahí donde se aloja la picadura del tabaco, se compacta con meticulosidad y fina precisión a fin de ser consumido a bocanadas de humo luego de viajar por el tubo y pasar a la boca a través de la boquilla.

Fumar en pipa requiere no sólo de gusto y arte, también de paciencia, de soledad, de tranquilidad y de respeto a este artefacto tan celoso de sí mismo y de los demás.

Desde muy joven le habían dicho "caminar fumando pipa es incorrecto", para mantener el tabaco ardiendo, para impedir se apague la combustión, es necesario fumar con absoluta tranquilidad, acariciar la cazoleta, sentir su calor, dejarla respirar, permitirle tomar su tiempo de combustión absorbiendo de vez en vez un poco del aromático y sabroso humo desprendido por la mezcla ideal.

Fumar en Pipa no sólo requiere de la calida del artefacto, también de haberlo "curado" o "encalzonado" correctamente, según el material empleado en su fabricación.

La primera Pipa en sus manos fue una inglesa en forma de manzana cuya costra había reducido en más de la mitad el contenido del tabaco. La marca se había borrado por el uso.

Su primera fumada le provocó un mareo y exceso de salivación con un sabor arto amargo e insoportable. Después se enteraría de la razón de ese sabor: la pica estaba sucia y el tabaco tenía más de 20 años encerrado en un bote de lata medio oxidada por fuera, la marca era Raleigh.

Con el tiempo aprendería a fumar en Pipa como todo un profesional. Y con ello a cuidarla, como a una mujer, le decía el maestro, a dejarlas reposar, descansar, enfriar, darle su tiempo e ir descubriendo los sabores propios y los añadidos con el método seleccionado para "curar" la cazoleta.

Hubo en otras épocas marineros y ferrocarrileros expertos en encalzonar pipas, los señores se las daban para llevarlas de viaje e irlas "curando" con diversos métodos, desde el mismo tabaco hasta el someterlas a contacto directo con bebidas alcohólicas como el ron, el brandy o el whisky e incluso el agua salada, de mar, para las pipas blancas fabricadas con "Espuma de Mar" ese material descubierto en Turquía por un señor de apellido Kummer quien aprovechó la elasticidad del Silicato Hidratado de Magnesia para fabricar las cazoletas de las pipas talladas con caras o figuras humanas o de animales cuyo color se va modificando con el uso de la pipa hasta conseguir un amarillo dorado muy apreciado entre los conocedores.

Zalacaín recordó un poema, su autor le era desconocido, donde se describía el proceso de cómo la Pipa de Espuma de Mar cambiaba de color:

"Fumando sin sacudida,

Con lentitud regular,

Pronto la veréis vestida

De su dorado collar;

Y en un cercano futuro

Mostrará en unión brillante,

El calzón, de ébano puro,

y de marfil el turbante"

 

Hablar de Pipas es entrar en un pequeño universo por los materiales usados en su confección, raíz de Brezo, muy apreciado por el aventurero, madera de Cerezo, Maíz, porcelana, vidrio, etcétera. Cada una tiene sus cualidades, el fumador de pipa las escoge no sólo por su formato, influye mucho el momento de su uso, si es cerca de una mesa, si es en torno de una reunión, en el campo, frente a una chimenea, después de consumir alimentos o como acompañante de un buen licor.

Todos los recueros se le iban presentando uno a uno, cada pipa empezó a ser identificada, si la había comprado, se fue un regalo, se había sido donada por algunas personas mayor a manera de herencia -esas eran muy importantes, pues eran pipas maduras, curtidas con una buena encalzonada a la altura necesaria-, otras eran importantes por la marca, por el lugar donde habían sido adquiridas y los personajes con quienes se habían fumado.

En algún lugar, pensaba Zalacaín, estarían los artefactos usados para su limpieza y mantenimiento a la hora de fumar, lo mismo la variedad de soportes y fundas para transportarlas de manera segura.

En sus épocas de fumador, había aprendido a colocar el tabaco como un auto reflejo, presionando el dedo sobre la picadura y con tan sólo succionar un poco por la boquilla previo al encendido calculaba si tenía la presión correcta, de ello dependía, una vez encendida el buen tiro del humo, por tanto la duración de la fumada, si alcanzaba unos 20 a 30 minutos era estupendo, sin tocarla demasiada, tan sólo para retirar la ceniza. Entre lo expertos es duramente criticado cuando un fumador se ve en la necesidad de encenderla varias veces, accidente derivado de una colocación equívoca del tabaco, presión inadecuada, exceso de saliva, etcétera...

Alguna vez Zalacaín intentó fumar en las pipas con tubo o boquilla de aluminio; la tabaquera, casi siempre redonda tenía una rosca en la base, se "atornillaba" a la boquilla, ésta tenía tres tubos, el central por donde pasaba el humo y dos laterales, a cada lado por donde circulaba el aire, le llamaban enfriadores; la parte donde se atornillaba la pieza de madera tenía una especie de "pozo" donde se alojaba la saliva y con ello se evitaba la bocanda de humo con mal sabor.

Entre las curiosidades encontradas por Zalacaín en esa caja de recuerdos de fumador apareció la descripción escrita por Victor Cochinat y Louis Lemercier de Neuville donde se definía la edad y afición del fumador en relación a la mujer, por alguna buena razón Zalacaín la había guardado al lado de tantas "cachimbas".

Y decía así:

"A los quince años no se fuma por sí mismo, sino por los demás; se imagina uno que produce efecto en los bulevares, que todas las señoras os miran dicen: ¡Guapo chico!... ¡Qué bien fuma!

"A los quince años deja uno que el cigarro se apague y se aborda a un tambor mayor delante de una tienda de modistas, para pedirle fuego.

¡Oh! dulce tiempo de las ilusiones.

A los veinte años se fuma cuando se sale a paseo; se ignora aún el valor de los cigarros, se fuma mal, se deja apagar la pipa, se masca el cigarrillo.

A los veinte años se compran pipas de lujo que se fuman una vez. Se compran petacas bordadas y se dice a los amigos que es un regalo de la novia.

¡Veinte años! La edad del amor y de los dorados sueños. En el amor no se ve más que la mujer, en el tabaco no se ve más que el humo...

No se profundiza nada. El horizonte parece tan extenso que sólo se ven los primeros planos, y todo se aprecia con relación a este reducido punto de vista.

¡Veinte años! Es decir, el prisma, el error.

A los treinta años se deja enfriar la pipa cuando se ha fumado, a los treinta años se sabe amar y se sabe fumar. Se fuma con cordura, con moderación, con arte, según el gusto y la necesidad. Se ama con convicción.

La querida, es el cigarro, aroma que se saborea de vez en cuando, pero que no es indispensable. El cigarro apagado no se enciende. La querida que se marcha se olvida.

La mujer amada, es la pipa. Se le acaricia, se la cuida, se la mima, es la compañera. Si la mujer amada muere no se consuela uno nunca. Si la pipa se rompe se experimenta un dolor terrible.

Así como, al envejecer, se ama a la mujer con el corazón y no con los sentidos, así a medida que la pipa se ennegrece se priva uno de fumarla por miedo de echarla a perder; se la tienen mil atenciones, y una vez encalzonada, se guarda, como un tesoro precioso, en un estuche de satín, se contempla con fruición, pero no se toca.

A los sesenta años, edad en la que los sentidos gastados no poseen la sensibilidad de la juventud, así como la vida reside sólo en el recuerdo de lo que fue y se quiere a su mujer por el amor pasado, lo mismo que se dice en verano mirando la chimenea: ¡Qué buena es!... ¡Qué bien me calenté en ella el último invierno!

Así también el tabaco ofrece únicamente una sombra de placer cuya potencia se adapta a los usados sentidos del anciano.

Pero, el recuerdo del amor ¿no viene a ser una especie de amor?".

Tentado estuvo a encender una de las pipas encontradas, aspirar el humo, remontarse al pasado, evocar los poemas y la vida reflexiva y bohemia. Y lo hizo.

Sacó el humo de su boca y observó los contrastes con el reflejo de las ventanas y el atardecer y entonces recordó la frase del ilustrador de las obras de Balzac, Paul Gavarni, dicha a un amigo al emprender un viaje: "Te confío mi mujer y mi pipa; te recomiendo mi pipa".

Eso, cuando fumar era un placer.

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