Barrio de El Alto
2015-07-10
Barrio de El Alto
Lectura e imágenes de barrio

 

 

Barrio de El Alto:

Lectura e imágenes del barrio

 

 

Los invito a leer la realidad…

 

 Por Juan Daniel Flores

 

Si el hombre camina hacia dentro de sí seguro que encontrara a la ciudad.

El mundo hasta entonces eran campanas, calles empedradas y unos cuantos semáforos. Ningún rascacielos le impedía al cielo asomarse a mirar a la tierra. La vena ya contaminada del Rio San Francisco se encargaba de cortar la costura que trazaba cada puente y de partir la ciudad como una sandia.

Ni los grupis modernos, ni el calor de infierno del invierno actual, oscurecían la poética y espiritual imagen que daba entonces la Puebla de los Ángeles.

Los orines aun se guardaban debajo de la cama del obrero, dentro del techo del cuarto con vigas, en el interior del quinto patio de una de tantas vecindades, que a su vez, era uno de los muchos palomares de los barrios más antiguos de la ciudad.

La muerte entonces no tenía mucho que ver con el desenfreno y la prisa de pender de una cuerda a todas edades cada treinta y seis horas en las notas rojas del dos mil once.

El asunto de morir podía ser más ocasional en el barrio: consistía  en electrocutarse por mero accidente en alguna azotea, en el necio intento por desprender aquel papalote estrella rojo de los cables de luz;  con ahogarse en rascatripas a la orilla de alguna banqueta víctima del tiner o de exceso de bacacho blanco; con dormirse en el “Tres Marías” o en el “Chiquito” por exceso de vapor turco; con desangrarse a navajazos o a golpes con la patada entre los ojos por una suerte de violencia silvestre que hordas cercanas del cerro de la cebolla o del barrio de La Luz abrían en la frente de algún “chulo” de El Alto.     

La fiesta en el territorio del barrio originaba su propia localidad. Celebración llena de significados y significantes, liturgia de color morado en semana santa. De rojo en el cuadrilátero donde la sangre en honor a la Santa Cruz era un signo más en el universo de símbolos urbanos: el rito del baile perfumado de cebada, el aire tatuado de sonidos de Rigo, acetatos entre luces espirales pastel azul, rojo y amarillo, socios de la arritmia urbana  El olor de la hierba quebrando toda frustración de estados benefactores sepultados, de años de hacinamiento, de círculos rotos y compadres lamiéndose los bigotes.

En la fiesta del barrio todos los giros y el cuerpo hundiéndose, resbalándose, orillando las curvas, la saliva y el placer. Codicia de tener un nombre es este universo de cantera y piedra. Gula de respeto, morbo de placer. El barrio era dimensionado en todo su esplendor como una apropiación del espacio público: “aquí mi cabrón, no entra la policía”.

Cuadrilátero donde las mascaras de las que hablaba Octavio superaban la globalidad de lo literario con el “chale”, “chido”, el “qué onda ñero”, el “agarra la onda” o simple y sencillamente estar en paz con el “carnal”.

La muerte y la fiesta en el barrio. Imágenes sonideras de un tiempo en la ciudad en blanco y negro. En esa soltería de la ciudad casada ahora y de a fuercita  con el concreto y el internet, con la brújula atípica del clima, con la anarquía del caos institucional, con la indolencia del tele espectador; cruzados de brazos, callados del corazón, militantes etílicos de cada fiesta patria.

El barrio como la arena publica donde los lenguajes, ritos e imaginarios legitiman la estructura porosa de una ciudad moderna donde el mito del progreso del que nos habla Zaid vuelve piedra al instante todo aquello que se atreve a mirar de frente a la medusa que es la ciudad.

La tortillería, la farmacia, la miscelánea, la peluquería tres colores, la carnicería, el carbonero bascula, la verdulera, el zapatero, el masajista de rusa Tehuacán, la molotera, el cura de domingo y bicicleta, el empleado de almacén, la pulquería, el timbre de los vecinos ricos, el ruletero, los altos techos de la textilera acumulando migraciones rurales, el voto duro del hueso corporativo, los meseros royalty, los patios lastimados por los hoyos madrigueras de las lagartijas, ladrillo, gritos, tendederos como líneas fronterizas entre los Pérez y los Chávez.

 Agujas, puntas, carretes, antenas, lavaderos propiedad temporal de unos, territorio de todos; clavados, hundidos, penetrando los pantalones remendados, los intestinos, los mecates frontera, las azoteas.

Espaldas con el cansancio, con la fatiga que significa habitar un espacio común donde también los marchantes de mercancías y beneficios domésticos deambulaban por las calles tatuando los callejones del barrio con sonidos de esquina, afilando el cuchillo, cortando el aire con el chiflido de afilador con un sonido que se pierde todavía entre las ventanas de cantera y piedra. Estos marchantes en el barrio son ya visiones de oasis en autopistas de wi-fi y ruedas mágicas. 

En el barrio como en el alma, hay sonidos, formas, estamentos, personajes, hábitos, rarezas, ritos y discursos que son a su vez códigos, cartografías, laberintos de azoteas y callejones creados por el lenguaje y el imaginario colectivo.

Cada esquina alumbrada por la luz amarilla es testimonio del cruce de zapatos remendados, meseros, obreros, zapateros que respiran apresurados por llegar a edificar la ciudad. Van pronto a tragarse las entrañas del centro. Porque cada nueva imagen de la posmoderna medusa de los angeles lleva dentro de si de un gen de El Alto, de la Santa Maria, de Xonaca, de La Luz o de El Tamborcito. 

Nunca como hoy lo hibrido reina en la ciudad. La fantasía Orweliana pasa desapercibida entre cruceros de boulevard y el tiempo de cámaras bancarias. El espacio urbano se traga sus propias entrañas entre el recuerdo y las promesas de corbata y escritorio.

Oteaba el “Salvaje” desde las “Islas Marías” la posibilidad infinita de penetrar en la única casa que tenia teléfono en la cuadra. Sus posibles víctimas: una mirando el televisor, Julia lavando los trastes y Don Chemo cortándose las uñas en el comedor. Ninguno de ellos después del temascal (altar de hierbas, calor y piedra) podían adivinar que su suerte y la del “Salvaje” se decidiría en las oficinas de la antigua “Marranera” treinta años después borrando el confort y esas cadenas alimenticias que obligan a unos joderse a otros.  

En un barrio puede uno brincar de una azotea a otra entre esas antenas que la hacen de naves tubulares para poder ver las telenovelas. Es solo cosa de ser versado en las artes de conocer los laberintos, de atravesar las puertas. Joder antes de que te jodan. 

Si escuchas detrás de las paredes golpes ó borracheras largas como letanías solo es cosa de usar la imaginación y dejarla correr por la mecha del rumor, hasta donde los protagonistas de esa trama ya no les importe mirarse en el espejo.

 

 Por eso el relato excepcional Ítalo Calvino no pierde vigencia hoy:    

   “… si se explora aún más en el interior de ese nuevo germen de lo justo, se descubre una manchita que se extiende como la creciente inclinación a imponer lo que es justo a través de lo que es injusto, y quizás éste es el germen de una inmensa metrópoli.”

 

 

 

 …porque sólo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.

 
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