De las meneás al rosario de rosas
2010-06-24
De las meneás al rosario de rosas
De las meneás al rosario de rosas "Virgen de Sonsoles, tu que tienes el poder, quita el candado a las nubes para que empiece a llover" Madrid, España.- Releyendo al Arcipreste de Hita, el "Libro del Buen Amor", el aventurero Zalacaín recibió la invitación, cartel en mano, de los festejos y romerías de la primera semana de Julio en Ávila, donde tradicionalmente se celebra a la Virgen de Sonsoles a cuya ermita acuden varias cofradías a ofrecer ofrendas. Se trata de una de las devociones marianas más antiguas de la hoy España, y es común y casi requisito tener en una familia abulense a una mujer con ese nombre. Enfrascado en los versos de Juan Ruiz de Alarcón: "Cualquiera que lo oiga, si hacer versos supiere,/ puede más añadir y enmendar, si quisiere;/ ande de mano en mano, téngalo quien pidiere,/ cual pelota entre niñas, tómelo quien pudiere./ Ya que es de Buen Amor, prestadlo de buen grado/ no desmintáis su nombre, no lo hagáis reservado/ ni lo deis por dinero, vendido o alquilado,/ porque pierde su gracia el Buen Amor comprado", su mente recibió un giro como cuando el viento cambia de dirección, brincó así de Alcalá a Ávila, donde se fusionan la espiritualidad, el carácter, la gastronomía y ese clima frío, demandante de consumos alcohólicos para enfrentarle. Zalacaín recordó por supuesto las migas abulenses, el chuletón de la avileña negra, la más antigua raza de vacunos en Europa, las judías de El Barco, el Pimentón de La Vera por citar algunos manjares, constituían en sí mismos motivo suficiente para visitar la provincia. El aventurero recordó cuando en su infancia, en Puebla, era común el "encarguito" de las señoras a quienes viajaban a España por buscar los rosarios de pétalos de rosa. En aquellas épocas los viajes trasatlánticos constituían toda una aventura y estaban rodeados del protocolo hoy desaparecido. Las familias anunciaban a todo el mundo su decisión de viajar a la "madre patria" para saludar a los parientes dejados, y luego emprender una visita a Roma, donde algún sacerdote había organizado la recepción privada con el Sumo Pontífice en turno, con lo cual se conseguían después la fotografía y la Bendición Papal, ambos documentos pasarían a formar parte del relicario de la sala de estar para presumirlas y demostrar la religiosidad de la familia. Era común por tanto, en los "encargos", pedir algunos rosarios de pétalos de rosa del convento de Santa Teresa de Ávila, los cuales eran transportados después a Roma y recibían en la audiencia la "bendición papal". Ese era, sin duda en aquella época, el mejor recuerdo y el mejor regalo para las amistades, una cajita redonda, con la imagen de la santa y el rosario bendecido. Pues bien, el cartel ofrecido a Zalacaín indicaba las festividades en el santuario, ese montecillo de Serranillos desde donde se podía observar el Valle de Amblés, sitio donde la Virgen y el niño Jesús se habían aparecido a los pastorcillos con un resplandor inexplicable, sólo con dos palabras pudieron describirlos ¬°son soles! de donde, se presume según alguna de las historias, el nombre de la Virgen de Sonsoles. Alguna vez, hacía décadas el aventurero había participado en la ofrenda de la cofradía de La Colilla, la más pequeña, no había olvidado el caimán, colgado del techo, como en la catedral de Sevilla, regalado por un abulense quien se encomendó a la virgen en el momento de ser atacado por el animal en una expedición por África. Una parte del cartel convidaba a una aventura gastronómica, a todos los asistentes el primer domingo de Julio a la Ermita de la Virgen de Sonsoles, les ofrecían "patatas revolconas", sin duda uno de los platos populares con valor gastronómico más notable, o por lo menos así lo había aceptado siempre Zalacaín, quien en ese instante recordó una frase del Arcipreste de Hita: "A los pobres manjares el hambre los mejora", es decir la mejor salsa a veces suele ser el hambre. Pero en el caso de las también llamadas "patatas meneás" la frase no aplicaba. Se necesita arte para cocinar con sencillez y exactitud unas patatas, añadirles ajo, laurel, agua, sazonarlas con pimentón de La Vera, picante para él, y acompañarlas con unos torreznos, ese era sin duda uno de los manjares preferidos en sus visitas a La Venta de La Colilla, un modesto sitio al lado de la N-110, donde las mesas cubiertas con mantel blanco, esperaban a los comensales para ofrecer los productos de la región, pero el preferido, el más demandado sin duda era la patata revolcona. En La Colilla Zalacaín escuchó una coplilla alusiva a la protectora: "Virgen de Sonsoles, tu que tienes el poder, quita el candado a las nubes para que empiece a llover". Ahí en ese sitio Zalacaín acudía con regularidad acompañando a un grupo de amigos mexicanos, radicados en Madrid, quienes habían tomado la costumbre de recorrer cada fin de semana la Provincia de Ávila y tenían siempre a la mano la lista de las fiestas de cada pueblo. En otros sitios, en Piedrahita le habían ofrecido las mismas patatas pero alineadas con panceta y chorizo, nada mal, pero la textura del "puré" era totalmente diferente; alguna vez vio en la televisión a una abulense hacer la receta en vivo y le daba un toque muy especial, freía el pimentón y le agregaba después agua tibia, después vaciaba todo dentro de las patatas y empezaba a mover con cierto ritmo. Los recuerdos le animaron, telefoneó al conductor designado del grupo y se dispuso a planear el viaje, reviviría experiencias inigualables, un buen chuletón, algunas judías con oreja de cerdo y las meneás, harían la tarde, regadas con un tinto fuerte, con cuerpo, con alma diría el maestro, como el alma de los abulenses. jesusmanuelh@mexico.com
 
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