Entre tetas y sombreros
2010-06-17
Entre tetas y sombreros
Entre tetas y sombreros Madrid, España.- Si bien la frase conocida de todos los madrileños ‚Äì‚“antes del 40 de mayo no te quietes el sayo‚Äù- se venía cumpliendo al extremo, las lluvias, el viento y el aire frío se dejaban sentir en La Villa como si de los resabios del invierno se tratara, la gente empezaba a usar la ropa de primavera-verano, cuando algunos minutos aparecía el sol. El aventurero Zalacaín aprovechaba, al igual, ese escaso tiempo para sentarse en alguna terraza acompañado del libro del momento o la novela recomendada por los comentaristas del radio. Así, sentado en una de las esquinas de la Plaza Mayor, observaba con paciencia el paseo de una mujer madura, algo así como 40 años, cuyo físico posiblemente demanda el ingreso al gimnasio, pero en su estructura corpórea se notaba la esbeltez de su primera juventud. Con zapatilla baja, prácticamente el tacón anulado, dejaba en su andar un acento medio andaluz; vestida con chaqueta de cocinera se encaminaba a la Calle Mayor luego de aparecer de pronto por una de las puertas de acceso a la plaza en esos momentos plagada de turistas y personajes traídos de la necesidad, de la aventura, de ganarse la vida por esas peculiares actuaciones de personajes atractivos para el paseante: el hombre invisible, el torero japonés, el hombre de barro, aquél volando como si el viento lo arrastrara, uno más con alas como si de un ángel se tratara, otro subido en un corcel. Todos ellos tenían como común denominador la acción en el momento cuando un espectador se acercaba o arrojaba algunas monedas a la charola, sombrero o bandeja recogedores de las propinas de los viandantes. Esta práctica se había generalizado en las calles de varias ciudades europeas, según había registrado el aventurero Zalacaín, lo mismo se presentaba en Madrid, París, Venecia o Ámsterdam, sus protagonistas habían surgido del arte y la necesidad. Disfrazados de Quijotes, extraterrestres, toreros, hadas y caricaturas de Disney se ganaban la vida diariamente con las propinas y compensaciones del público. Zalacaín caminaba pacientemente por los portales de la Plaza Mayor. Antes había ido a la Calle Toledo en busca de un sombrero de palma, Panamá, originaria de Ecuador, famosa por ser usada para la elaboración de sombreros de verano, menos usados ahora pues los precios podían llegar por encima de los 100 euros según el estilo y la manufactura. En su juventud el sombrero denominado Panamá, llegaba a través de las sombrerería de don Francisco Encinas, un prestigiado fabricante de sombreros cuyos talleres se situaban en los bajos de su domicilio en el Fraccionamiento San Francisco; para conocerlos había de recorrerse una serie de escalones peculiares, adornados con ‚“canicas‚Äù de colores, los olores de los ácidos, los pelos de conejo, el fieltro y la oscuridad daban la bienvenida al visitante. La exposición a la venta estaba en la calle Cinco de Mayo, ahí los aparadores daban cuenta de la calidad y cantidad de los sombreros de charro, confeccionados a la medida, los Stetson 7 X, de los más demandados, los de 100 X de pelo de castor, los australianos, en aquella época de poca demanda pero gran calidad, los de fieltro alisado, lana, fibra, cuero, paja o pelo de liebre de los estilos Temple, Murphy, Corleone, el Bombín inglés o los italianos Borsalino, los Dobbs hasta los hoy famosos Sinatra, Godfather o Harrison, cuyo conocimiento ha sido producto de la cinematografía. En el pasado un caballero debía tener cuando menos unos tres sombreros en su guardarropa, el de vestir, en algunos casos el Bombín, o uno europeo o norteamericanos de fieltro y el de primavera-verano, elaborado con paja, de Panamá, mejor, si se tenía el dinero para adquirirlo. Zalacaín recorrió las sombrererías alrededor de la Plaza Mayor en busca de las mejores ofertas de sombreros elaborados con la ‚“Carludovica Palmata‚Äù, cuya fama se debe a la construcción del canal, cuando los organizadores lo regalaron al Presidente Roosevelt, quien le llamó ‚“panameño‚Äù pese a su rigen, ecuatoriano. Los precios le asombraron. De 80 a 100 euros lo más baratos, los últimos confeccionados en Alemania, con palma de Ecuador, pero algunos establecimientos ofrecían joyas de casi 1000 euros, elaborados en la calidad de superfino, algo así como 24 fibras por pulgada, casi cuatro veces la calidad normal. Zalacaín reconsideró la compra y decidió esperar la llegada de sus amigos italianos quienes le habían prometido llevar algo del Mercado de la Palma. El hambre le llevó a dirigirse a Casa Rúa, un bocata de calamar y un enorme vaso de sidra le calmarían mientras se dirigía a la Gran Vía donde había quedado con los amigos. Pero grande fue sorpresa, al bajar por San Bernardo, se topó con cientos de paseantes en bicicleta, ¬°desnudos!; hombres y mujeres participaban en una manifestación internacional para pedir la mejora en las condiciones de seguridad de los usuarios de la bicicleta. La jornada había recibido la cobertura de los medios de información, uno de cuyos camarógrafos había sorprendido a Zalacaín observando con cierta malicia las tetas y el culo de una cuarentona deportista cuyo color de piel le recordó a ‚“La Paloma‚Äù, aquella mujer de los libros de viejo en la Cuesta de Moyano. jesusmanuelh@mexico.com
 
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