DE RABOS, RECORTES Y GALLEOS
2010-04-29
DE RABOS, RECORTES Y GALLEOS
De rabos, recortes y galleos Se ha cumplido un año, gracias Milenio Diario Madrid, España.- Toda las estaciones de radio, los portales de internet, las televisoras y por supuesto los seguidores de Francisco Arjona Herrera, han dedicado tiempo a la gravísima cogida sufrida por el diestro José Tomás en la magnífica plaza de Aguascalientes, donde cada año se celebra la Feria de San Marcos, recientemente hermanada con la Feria de Sevilla. Llamó la atención de Zalacaín un comentario de la radio nocturna de esta ciudad "nadie sabe lo que piensa un toro, decía un torero, pero el torero sí tiene que saber pensar; y no sólo lo que piensa el toro, sino del toreo, y pensar toreando". A lo cual siguió el comentario del interlocutor: "No se torea más que con recortes y galleos. Entre el decir y hacer del toreo, como en cualquier otro lenguaje vivo, del arte que sea, hay mucho o poco trecho, que no es un vacío sin pensamiento. El torero al hacer y decir el toreo, lo está pensando, y el pensamiento y el estilo en el arte de torear son también una misma cosa". Ambos personajes, desconocidos por el aventurero continuaron con la amena y experta charla del arte de Cúchares, el mismísimo Arjona, y leyeron algunas líneas de José Bergamín de su obra "La música callada del toreo", aludida a la capacidad de creación en el ruedo del maestro Rafael de Paula quien toreaba mejor sin música, en silencio total, sólo con el ritmo de su toreo, y las palmas por bulerías para animar la faena. Y así dijeron "los recortes y los galleos, diferenciándolos, el recorte se puede hacer sólo con el cuerpo; el galleo no. Puede haber recorte sin galleo, pero no galleo sin recorte, y no hay torero sin los dos y las suertes que se hacen con ellos que son todas las del arte de torear". Los expertos trataron de explicar así la faena donde resultó herido José Tomás. Haber escuchado el nombre de José Bergamín, quien estuvo exiliado en México por la Guerra Civil Española, le recordó al poeta de Orihuela, Miguel Hernández, nacido hace un siglo y quien recibió de Bergamín la oportunidad de publicar la obra de teatro "El torero más valiente" inspirada en la muerte de Ignacio Sánchez Mejías. En el Acto I, escena VI, el personaje José dice: "Lo que doy yo al toro fiero/ No es lo que al toro le doy/¿ Y sabes, niña, que soy/Antes hombre que torero?/Al toro doy lo que quiero/Dar cuando está en la corrida,/Aunque su egoísmo pida/Toda la arena del ruedo./Y a ti, niña, no puedo/menos que darte la vida". Zalacaín había rechazado el abono de Las Ventas esta feria de San Isidro, ya se colaría con algún amigo. Tantas citas del toro le abrieron el apetito al aventurero, el toro no da sólo satisfacciones en la plaza al matador y al público, después de haber recibido la puntilla el astado es llevado al callejón y ahí empieza a ofrecer otros placeres a los comensales. El estofado de Rabo de Toro es uno de los manjares de muchas tabernas y restaurantes de Madrid. Ahí esta Casa Toribio, a un lado de la plaza, presume de tener para sí todos los rabos de las corridas, lo mismo hace Puerta Grande, donde además se ofrecen las mejores tertulias antes y después de la corrida. A lo largo de sus aventuras gastronómicas Zalacaín había comido el Rabo de Toro en Casa Ricardo, Casa Salvador, El Fogón de Trifón, Viña P en Plaza Santa Ana, muy cerca del viejo hotel Victoria donde se vestían los toreros y se guarda aún la habitación usada por Manolete, El Amparo, cuyo estofado con reducción de vino tinto es de los mejores, Viridiana por supuesto y el inolvidable estofado hecho por Tere la esposa de Miguel de Frutos en La Fuencisla, ambos ausentes ya de este mundo. El toro de lidia, el salvaje y la gastronomía han estado ligados al mundo desde la época de Tarquinio, según da fe Fray Jerónimo Román y Zamora en su "República Gentílica", pues luego de correrse los toros terminaban en sacrificios y después en la cocina. En la dominación árabe cobró fama la corrida de toros y astas y los platillos del rabo preparados por el cocinero Kitab al- Tabij en la corte de Abd al-Rahman III. En Córdoba precisamente Zalacaín había visitado hacía décadas la taberna de Paco Acedo, famoso por el estofado de rabo de toro y donde solía comerlo con sus subalternos y amigos Manolete. En estas fechas un número importante de restaurantes ofrece los rabos de toro. ¿De dónde saldrán tantos rabos, si sólo hay seis toros cada tarde de San Isidro? Esa era una duda salvada hacía tiempo, la mayoría de los rabos son de vaca y no de lidia, a veces de añojo, un año de edad en promedio, y últimamente se han disfrazado los rabos de canguro y se hacen pasar por toro de lidia. En el pasado los rabos se cubrían de sal gorda dos días, luego se embadurnaban de un adobo con aceite de oliva, ajo, pimentón, sal, y se dejaban secar, colgados como estalactitas a un lado de las chimeneas hogareñas, de donde se cortaban para agregarlos a los potajes y pucheros. Zalacaín recordó las tardes en El Torero de Puebla, ese coso, antesala de la Plaza México, en su natal Puebla de los Ángeles; ahí había toreado alguna vez Manolete, ahí se había despedido hacía varias décadas Joselito Huerta. El edificio construido en 1936 era la culminación de una serie de plazas de toros fijas y provisionales desde prácticamente la fundación de la ciudad en 1531, en una superficie envidiable con los mejores adelantos de la época. Por desgracia la especulación de gobierno de Gonzalo Bautista dio una estocada casi mortal a la afición. Problemas políticos y económicos fueron trasladados al tema taurino y la plaza se vendió a los desarrolladores de un centro comercial en 1974. Desde esa fecha Puebla no había vuelto a contar con una plaza de toros digna. La afición por tanto también empezó a perderse, a convertirse en un grupo de villamelones, quienes acudían a dejarse ver y hacerse la foto para las secciones de sociales de los diarios de la ciudad, como lo inventara María Félix, la fiesta fue presa de los promotores de pueblo en pueblo. La feria de toros de Puebla jamás ha vuelto a competir con Texcoco, ni con Aguascalientes o Querétaro, menos con la Plaza México. El único refugio sería cenar el rabo de toro y antes un buen amontillado en La Venencia. jesusmanuelh@mexico.com
 
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