EL SACERDOTE DEL MAL ALIENTO
2010-04-08
EL SACERDOTE DEL MAL ALIENTO
Madrid, España.- Una señora de no mal ver se acercó al estanquillo de la Plaza de los Cubos, cercana al Meliá Princesa, donde suele quedarse mucha gente de México por la cercanía a los almacenes de El Corte Inglés, la Plaza de España y el Madrid de los Austrias, pidió una caja completa de pastillas de Juanola, el dependiente le vio y le aclaró ‚“la Juanola viene en cajas de metal de un sólo tamaño‚Äù, a lo cual la dama respondió en español iberoamericano: ‚“déme una caja completa con todas las cajitas, a mi marido le huele el hocico y las consume mucho‚Äù. Las risas de toda la gente se soltaron y la señora enrojeció un poco, haciendo compañía al color de las juanolas. Las pastillas aludidas por la señora le trajeron a la mente un recuerdo de su adolescencia. En el colegio llevaban a los alumnos a confesarse al menos una vez al mes, la mayoría de los niños buscaba a los sacerdotes jóvenes, los mayores a los viejos, pues no escuchaban bien, a veces ese truco resultaba, pero otras hacía quedar en ridículo al penitente pues sus pecados eran exageradamente repetidos por el cura, y todo mundo acababa enterándose. Alguna vez escuchó la charla de los mayores sobre un cura, decían confesaba en la Catedral, a quien le olía muy mal la boca. Debido a ese defecto el sacerdote vio disminuida su clientela y lo atribuía a las mofas y comentarios negativos en su contra de parte de los otros sacerdotes. Algunos feligreses de buen proceder le llevaron pastillas y pastas dentífricas para cambiarle el aliento, pero resultaba imposible. Algún médico le recomendó cambiar la dieta, pero tampoco resultó. Al padre de referencia se le conocía como el ‚“mal hablado‚Äù, no sólo por el aliento más bien por las malas palabras en contra de sus superiores y hermanos del cabildo. Fue un personaje desconocido quien le regaló alguna vez las famosas pastillas catalanas Juanola, producto de la mezcla de regaliz, mentol y eucalipto, las cuales surtieron un gran efecto en el aliento del sacerdote pero la mala fama le seguía y nadie quería confesarse con él. De joven a Zalacaín le habían recomendado no usar el regaliz, también llamado en México orozuz, pues existía la creencia sobre su consumo de ayudar a disminuir los niveles de testosterona en los hombres, es decir su consuno en exceso produciría esterilidad. Pero para el sacerdote no había problema, sus votos de castidad recibirían una fuerte ayuda, tema por demás actual si penamos en los pederastas, tal vez una buena dosis de regaliz les caería bien. Pasaron los años y alguna vez Zalacaín encontró nuevamente al sacerdote, mantuvo la distancia y le escuchó al tiempo de percibir su mal olor de boca; el padre le comentó sobre una enfermedad en los dientes, le habían tratado de sacar las muelas, pero no soportaba tener la boca abierta mucho tiempo, y seguramente no había encontrado a un dentista con resistencia de olfato para tratarle. Zalacaín recogió en el almacén de videos un pedido, ‚“La Pasión Turca‚Äù, una cinta basada en la novela de Antonio Gala, del mismo nombre, cuya protagonista, Desideria Oliván, interpretada por Ana Belén, se enamora perdidamente del turco Yaman, quien la lleva al éxtasis sexual y a obedecerle para ayudarle en sus negocios ilícitos, la novela le había parecido excitante en su lenguaje, formato y la descripción de los sitios, pero su escasa afición a las salas de cine le había impedido ver la película. Zalacaín recordó sus vivencias con amigos musulmanes con quienes debatía sobre el uso del ‚“hiyab‚Äù ‚Äìpañuelo- de sus mujeres, sobre la relación entre el ‚“chilab‚Äù, o hábito, de las monjas católicas y toda aquella serie de temas provocadores y escondidos y mal interpretados por los occidentales, como el ‚“harem‚Äù y los baños públicos llamados ‚“hammams‚Äù donde se aplicaban los aceites en prolongados masajes con base en almendras, rosas, jazmines y narcisos. El abuelo de un viejo amigo, le había contado de niño a Zalacaín sobre algunas de esas costumbres. El anciano, musulmán por supuesto, le había leído los dichos de ‚“El Veraz‚Äù, el imán Ya‚Äôfar as-Sadiq, quien había vivido en el siglo I musulmán y el VII de la Era Cristiana y a quien se atribuía el ‚“Libro de la vestimenta‚Äù un compendio interesante sobre las costumbres de la época. Pues el tal Sadiq había dicho ‚“Vestirse bien reduce al enemigo y perfumarse atenúa la tensión mental y las preocupaciones‚Äù. El anciano era un hombre con larga barba, siempre bien perfumada recordaba el aventurero y usaba sus propias mezclas para cada época. Alguna vez vio como preparaba los perfumes, usaba el almizcle como base de varios de ellos ‚“al-Misk es el nombre del animal, parecido a la cabra, de donde se extrae una bolsa glandular‚Äù, le habría contado. Lo mezclaba con ‚Äôabir extraído de las vísceras del cachalote, también llamado ‚“ámbar gris‚Äù. Además usaba resina de aloe indio, extraído del árbol de la India, agregaba ‚“lubban‚Äù del árbol del incienso y ‚“sandal‚Äù del sándalo. Una parte importante del cuidado personal, decía el musulmán abuelo de su amigo, era el cuidado del aliento. Había nacido en Madīnat an-Nabī, la Ciudad del Profeta en Arabia Saudí, conocida también como Medina, ahí tenían la costumbre de perfumar el aliento con una especie de palillo, llamado ‚“siwak‚Äù empapado en sándalo maquiasir, otros eran preparados con la reducción de la cocción de la corteza del nogal mezclado con sandaraca ‚Äìresina del enebro-, clavo, cilantro, todo ello machacado. También existían pastillas purificadoras del aliento a base de nuez, madera de naranjo, cilantro y jarabe de cáscara de toronja. Pero la receta más complicada contada por el anciano se llamaba ‚“sukk‚Äù, resultado de la combinación de almizcle, mirobálano, nuez de agalla o emblico, uva pasa, aceites de oliva, alelí y jugo de dátiles, rebajados todos con agua de manzanas. El sukk servía también de base para preparar la Juncia, con cortezas de cidra, nardo, clavo, nuez moscada, agáloco, canela, hinojo, cardamomo, y otras especias cuyos nombres había olvidado. Cuando Zalacaín conoció las pastillas del doctor Manuel Juanola, creadas en su farmacia de Barcelona, buscó la relación con las pastillas llamadas juncia de los musulmanes, pero no encontró nada. Más tarde le dedicó dos horas a la cinta basada en la novela de Antonio Gala, quedó sorprendido de la actuación de Ana Belén, a quien sólo había escuchado al lado de Víctor Manuel y quien se hiciera famosa en México por la canción ‚“La Puerta de Alcalá‚Äù. Vaya interpretación. Le asombró su cuerpo de 43 años, los desnudos tan artísticos y por su puesto su caracterización. Ana, nacida en la calle del Oso, en Lavapiés, muy cerca de Tirso de Molina, plaza famosa en otros años por el Asador Frontón I y su besugo a la plancha, había vivido seis meses exiliada en México junto a su esposo. Para rematar la tarde salió a comprar un dönner kebab turco, lo más parecido a un taco árabe de su entrañable Puebla de los Ángeles. jesusmanuelh@mexico.com
 
Titulo Columnistas
Por Soleares
Jesús Manuel Hernández Periodista #UberPuebla: opacidad
Jesús Manuel Hernández
Por Soleares
Jesús Manuel Hernández Periodista Los privilegios del poder
Jesús Manuel Hernández
Por Soleares
Jesús Manuel Hernández Periodista Violencia machista
Jesús Manuel Hernández
El Rincón de Zalacaín
Jesús Manuel Hernández ¿Exprés o "shot"?
Jesús Manuel Hernández
Opinión
Carlos Figueroa Ibarra doctor en Sociología Sociólogo El Che Guevara y Morena
Carlos Figueroa Ibarra
Por Soleares
Jesús Manuel Hernández Periodista Meade y RMV, ¿el plan?
Jesús Manuel Hernández
Por Soleares
Jesús Manuel Hernández Periodista Las pruebas del amasiato
Jesús Manuel Hernández
Reflexiones
Fidencio Aguilar Víquez Doctor en Filosofía La muerte de Mara Fernanda no queda sin sentido
Fidencio Aguilar Víquez
Sin Límites
Raúl Torres Salmerón Abogado Puebla, con gran rezago social: Godina
Raúl Torres Salmerón
Facebook Los PeriodistasTwitter Los PeriodistsaYoutube Jesus ManuelRss Los Periodistas
Inicio Noticias Columnistas Zalacain Por Soleares Video Columna Contacto  
Logo Los Periodistas
Copyright © 2010
Desarrollado por: Estrategia 360°